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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

A ambos..., todos..., los dos...

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 22 de enero de 2009, 07:07 h (CET)
La memez, o, lo que es peor, la simpleza, empujan a algunas almas tan sensibles como políticamente correctas a empuñar términos conciliatorios para referirse a una tan simple como cruenta masacre. Así sucede con el genocidio que Israel está llevando desde su fundación como Estado en el sur del Líbano, en Cisjordania, Gaza o allá donde su mano alcanza, que llega muy lejos. Éstos, si estuviéramos en tiempos de la II Guerra Mundial, sin duda dirían que nazis y judíos deberían encontrar puntos de entendimiento.

Fueron los cristianos de Hobeika, pero impulsados, financiados y armados por la mano negra israelí, quienes perpetraron el genocidio nunca perseguido ni juzgado por TPIs ni Garzones de Sabra y Chatilla, donde dieron muerte a sangre fría a miles de palestinos, hombres, mujeres y niños como nuestros hombres, mujeres y niños. Son los israelíes, ya con parches en el ojo o sin ellos, quienes cada tanto someten a una impune carnicería a la población palestina, y, cuando no, convierten sus reductos en remedos de Dachau, Buchenwald, Auschwitz, Mauthausen o simplemente en guetos como el de Varsovia, donde los tienen aislados y sometidos a rigores que más tienen que ver con los sistemas de crueldad y tortura nazi que con ninguna clase de civilidad perteneciente al género humano. Nadie se preocupó entonces por los judíos que morían en los campos de concentración nazis, y nadie parece conmoverse hoy por el holocausto palestino.

Dicen los memos conciliadores que si Hamás esto o los israelíes lo otro, que si ambos deben entenderse y encontrar caminos para hablar, que si el que puede hace tanto daño como puede..., etcétera. Y no; ni mucho menos. No es lo mismo un país encerrado tras un muro de hormigón, acero y ametralladoras que otro país armado hasta los dientes, con armas nucleares ilegales y practicando el genocidio continuamente; ni es lo mismo miles de muertos con la mayor brutalidad que el lanzamiento de unos cuantos petardos que hacen más ruido que daño. No; palestinos e israelíes de ninguna manera están igualados: unos mueren miserablemente asesinados, y los otros matan sin piedad, a menudo como simple entretenimiento. No conviene olvidar a esa niña de diez años que iba al colegio y que fue asesinada impunemente por un militar que se aburría y cuyo acto ni siquiera mereció una amonestación de sus superiores; ni conviene olvidar que no hace tanto quisieron tatuar los brazos de los jóvenes palestinos detenidos, un poco como los nazis hicieron en los campos de concentración; o aquellos sucesos transmitidos en todos los telediarios en los que rudos oficiales hebreos se dedicaban a romper las articulaciones de los jóvenes palestinos de la Intifada con piedras... Y más aún, no conviene olvidar que entre los miles de asesinados de estos días, la mayoría de los muertos son niños de no más de diez años, sin duda peligrosos enemigos del Estado sionista.

Cuando uno ve en la televisión esos campos de concentración o esos guetos palestinos reducidos a escombros y a esas poblaciones condenadas al hambre, la necesidad y una vida tan animal y cruenta como la que vivieron aquellos judíos bajo el imperio nazi, se pregunta que en qué piensan estos señores o señoras que igualan verbalmente a criminales y víctimas, o en qué la comunidad internacional. Por mucho menos, (apenas cuarenta víctimas) Europa destruyó Yugoslavia, se cargó Serbia y la desmembró, robándola Kosovo y entregándosela a quienes llegaron allí como simples invitados o necesitados inmigrantes.

¿Será acaso que interesa sostener la tensión para seguirles vendiendo armas?... Cuando en estos días he visto a las delegaciones internacionales que se han desplazado a Israel para mediar en ese conflicto (genocidio, debería llamarse), he visto, sobre todo, a exportadores de armas. Fabricantes en gordo y poseedores de una próspera industria que sólo se sostiene del dolor de los inocentes, de la muerte de los inocentes, del sufrimiento y la sangre de los inocentes. No; no he visto a nadie que buscara paz o respeto para los débiles —los palestinos—, sino a cinco de los seis primeros fabricantes de armas del mundo. A lo mejor es por eso de que si quieres la paz, prepara la guerra. A lo mejor; o a lo mejor es para que les hagan algunos pedidillos, ahora que la crisis aprieta y el desempleo crece.

El mundo se dio fariseos golpes de pecho después de hacerse pública la atrocidad nazi con los judíos de la diáspora, por más que todos y cada uno de los supuestamente escandalizados poderes, desde al Vaticano a cualquier país del bando aliado, estuvieran más que al corriente de lo que había sucedido. Hoy el mundo no se conmueve tampoco por este otro genocidio; pero tal vez mañana, cuando la sangre llegue al río, dirán que no sabían, que ignoraban, que ni siquiera sospechaban que... Y también se darán golpes de pecho. Pues no; si los aliados sabían hasta que Hitler odiaba los calcetines de lana, tanto más conocían lo que estaba sucediendo en los campos de concentración nazis. Lo sabían como hoy saben qué están haciendo los israelíes con los palestinos, y argüir ignorancia les está vetado: tanto los que hablan igualando a palestinos (árabes) e israelíes como los Estados que miran hacia otro sitio para no ver el genocidio, son cómplices con su memez o con su silencio. Nadie, ni melindrosos conciliadores ni políticos interesados en vender armas debieran olvidar la célebre frase de Bertolt Brecht: “Hombres, ¡no celebréis todavía la derrota de lo que nos dominaba hasta hace poco! Aunque el mundo se alzó y detuvo al bastardo, la perra que lo parió está otra vez en celo". Svásticas o Estrellas de Salomón, a la vista de los resultados, tanto da.

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