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Opinión
Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

La tácita cita

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 22 de enero de 2009, 07:06 h (CET)
María del Mar, Marimar, Mar (bis), una fémina de armas tomar y edad inconcreta (entre los treinta y pocos y los cuarenta y muchos años), de faz ensimismada, ensoñadora, y tez morena, tras padecer los rigores de una noche toledana, se levantó aquella mañana de la cama con peores sensaciones a (y de) las que se había acostado y la determinación de no comparecer donde su presencia era esperada como agua de mayo, esto es, incumplir con la palabra dada, endeudada. Había quedado en volver sobre la una del mediodía a la habitación 501 de un hotel de tres estrellas, en la que la víspera, durante dos horas inolvidables, de seis a ocho de la tarde, había disfrutado a tope, de lo lindo, siendo objeto y sujeto, quiero decir, destinataria exclusiva, de una estupenda colección de caricias jamás recibidas y un selecto muestrario o surtido repertorio de requiebros nunca susurrados a su oído derecho, en la deseada, deseante e íngrima compañía de su alma gemela internetera o media naranja virtual, Emilio González, “Metomentodo”.

“—Me gustaría ser la persona más sabia del universo mundo; sobre todo, por esta razón de peso, para favorecer que todos mis congéneres, sin excepción, a quienes, evidentemente, ora por amistad o roce, ora por consanguinidad o afinidad, es lógico y normal que quiera a unos más que a otros, lleguen a ser más felices de lo que lo son en la actualidad.

“—Acaso marres morrocotudamente al opinar de esa guisa. Tal vez convendría a los demás que fueras la persona más feliz del orbe. Dicha condición, o sea, ser el arquetipo de tal propiciaría bien, a las claras, más que ninguna otra, que tus semejantes, a quienes, como afirmas, es obvio que amas de distinta manera, fueran más sabios de lo que en la realidad (lo) son”.

Itero. Después de pasar toda la noche en vela, dándole vueltas y más vueltas al asunto que le llevaba de cabeza y tenía entre manos, entreverado por lo más destacado del sucinto diálogo que, en el camino de vuelta a casa, pudo escuchar y, a la sazón mantenían dos viajeros, sentados en sendos asientos anejos al suyo, durante el breve trayecto de dos estaciones de metro, y al que asistió como oyente privilegiada la susodicha, Mar (bis) decidió no acudir a la tácita cita, en la que, antes de hacer el amor con Emilio, había quedado con él en brindar con brandy por la verdad, el leño que menos interviene en las contemporáneas hogueras sentimentales, en una de las dos reverberantes tacitas de oro que colgaban de la medalla que llevaba al cuello “Metomentodo”.

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