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Hacer diana
Octavi Pereña
Ramón Camats cita esta frase extraída de la novela “Ve donde te lleve el corazón”, escrita por la italiana Susana Tamero, que pone en labios de la abuela protagonista y que dirige a su nieta ausente: “La vida no es una carrera, sino un tiro al blanco: no es el ahorro de tiempo lo que importa, sino la capacidad de encontrar un centro”. El comentarista se dirige a sus lectores al final de su escrito y les dice: “Ustedes se pueden preguntar ahora, con el adecuado espíritu deportivo, si han acertado el tiro: en el estudio o aprendizajes realizados, en el trabajo escogido, en el amor – aquí afina el sentido la imagen de la flecha, recordemos que los romanos representaban Cupido-, en la elección de los amigos, en el lugar de residencia... Algunas veces es posible hacer un segundo y aún un tercer disparo, pero en otras la saeta es única y se necesita la sabiduría, el sentido común y también el valor de acertarla a la primera”.
La palabra pecado procede del nombre latino «peccator», que significa culpable, punible. El Nuevo Testamento no se escribió en latín, sino en griego y la palabra empleada que se traduce «pecado» es «amartia», que significa «no hacer diana». Es cierto que no hacemos diana en las diversas áreas de la vida: estudios, trabajo, matrimonio… Intentamos afinar la puntería. A pesar del propósito no hacemos diana. Tensamos el arco, cerramos el ojo para apuntar una segunda, tercera, cuarta… vez, y la saeta sale desviada perdiéndose en la lejanía. La razón del persistente fracaso se debe a que nos hemos equivocado de blanco.
En el momento de escribir el borrador de este comentario, la prensa de Lleida aporta la noticia de un muchacho de 14 años «cazado disparando flechas a la calle» desde el balcón de su casa. Este adolescente no apuntaba bien ya que el arco y las flechas, entre nosotros, son para ser utilizados en espacios destinados para ejercitarse en el tiro con arco. Este adolescente es un ejemplo de nuestro fracaso. Para aprender a afinar la puntería para hacer diana en los asuntos de la vida es preciso que volvamos a la «amartia» del Nuevo Testamento. Cuando pecamos no hacemos diana en lo más esencial: Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. No hacemos diana cuando no lo amamos sobre todas las cosas. De ahí que no apuntemos bien y no sea nada extraño que 7 de cada 10 matrimonios fracasen, que no nos encontremos a gusto en el trabajo, que estudiar sea un fastidio y, lo insólito: los traumas postvacacionales , entre otros. Reconocer ante Dios nuestro error hará que en lo sucesivo mejoremos la puntería.
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