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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los autobuses no creen en Dios

José Alfonso Romero
Redacción
jueves, 22 de enero de 2009, 08:04 h (CET)
Circulan los autobuses voceando la idea de acabar con Dios, consigna que se me antoja estúpida a la par que peligrosa, tanto como la de buscar situarlo fuera de la voluntad del hombre, porque Dios nace de la misma necesidad creativa que ha imaginado todas y cada una de las obras que cimientan hoy: la literatura, la pintura, la escultura o la música. Obras que denuncian la necesidad acuciante del hombre por verse reafirmado en lo intelectual, consolado en lo espiritual y confortado en lo carnal. Bien pudiera ser Dios: El Quijote, el Guernica, El Mesías o El David… Él, como ellas, siendo producto de la inspiración individual se va integrando en una idea común y en una común expresión, es decir, se constituye en un proyecto colectivo con diferentes enfoques en constante representación. Por otra parte, en que se diferencian bibliotecas e iglesias, catedrales y museos, monasterios y auditorios... Matarlo, ignorarlo o negarlo, supone, por tanto, negar al hombre en la más preciada de sus capacidades: la creativa.

Es el hombre quien crea a dios a imagen y semejanza de sus necesidades y carencias, encarna éste la proyección imaginativa de esa necesidad connatural a su esencia.

Cuestión bien distinta es criticar la injerencia de aquellas instituciones que habiéndoselo apropiado sin derecho, sin derecho lo gestionan de acuerdo con sus interés, exigiéndonos un vergonzoso rescate, el de la ciega obediencia, no hacia él, pues él nada exige, sino a sus ilegítimos intereses y anhelos autoritarios. Hoy como ayer no hallamos en esa disputa, en la de gestionarlo, y me refiero tanto a creyentes como a ateos militantes. Porque el ateo para mejor negar a dios imagina su ausencia y sobre ella engendra ella su franquicia.

La representación de dios, su preexistencia, permanencia, preeminencia e interpretación es un acto de creación individual que no soporta injerencias externas, porque no nace para gobernar el conjunto social sino para consolar al individuo en su más íntima y singular condición.

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