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Etiquetas:   ACTUALIDAD   Ciencia   -   Sección:   Opinión

Banalidad peligrosa dela indiferencia

A fuerza de mirar las cosas por encima, aumentamos el desconocimiento de sus entresijos; dicho sea de paso, inalcanzables en su totalidad
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 12 de febrero de 2016, 08:32 h (CET)
Hondas, muy serias repercusiones, derivan de una errónea consideración habitual, la de no hacerle caso a la indiferencia. Somos redundantes. A la falta de posicionamientos ante las requisitorias cotidianas, esa cómoda actitud de no interesarnos por cuanto acontece, ni por sus mecanismos ni sus consecuencias; añadimos una ausencia grave, desaparecen los resortes responsables de los indiferentes. ¿Desaparece realmente esa responsabilidad? Es una NEBULOSA de apariencia intrascendente, que no pocas veces sirve de tapadera a las hipocresías vergonzantes, perversas pasividades teñidas de complicidad y formas curiosas de egoismo. La ligereza incluye derivaciones de mucho peso y poco valoradas.

A fuerza de mirar las cosas por encima, aumentamos el desconocimiento de sus entresijos; dicho sea de paso, inalcanzables en su totalidad. Falseamos así los conceptos utilizados, aunque no parece importarnos; al contrario, alardeamos del logro. Escuchamos afirmaciones categóricas de dudosa consistencia, como eso de ser DUEÑOS de lo que sea, de la opinión vertida, del propio cuerpo, de mis actos, de la elección de una relación. Al menos, resulta chocante tanta contundencia, cuando ni de la propia mente ni del conocimiento de las circunstancias ambientales, agarramos el fondo de sus funcionamientos. Atendemos muy poco, o nada, a las mencionadas carencias.

Como la avidez de contemplación es insaciable, tamaña inquietud nos confunde, evidencia una actitud inclinada al espectáculo, pero privada de nobles actitudes superadoras. Multiplica la potencia de la hidra de muchas cabezas, convertida ahora en el MONSTRUO de infinitos ojos repartidos por todas partes, cámaras, archivos o simples transeúntes. Cualquier realidad es captada de alguna forma, registrada, numerada. Aunque enseguida apreciamos su semejanza con técnicas de almacenamiento residual; la anotación no pasa de ahí, el desinterés transforma los datos en vulgares cotilleos; que no interrumpen la rueda de los infortunios, de triste recuerdo, de infausta realidad y con una evolución previsible.

Como derivación lógica de los aspectos anteriores, sobrevienen variantes curiosas en el comportamiento de la amplia gama de sujetos actuando como indiferentes. Tras el escudo del escepticismo, acuden en gran número con esa pose de incredulidad, teñida de ENGREÍMIENTO, como si estuvieran por encima de los debates mundanos, insuperables desde sus observatorios. Sin el escudo, sus vergüenzas permanecen al descubierto; puesto que, fieles a su falta de pronunciamientos, sus aportaciones brillan como una ausencia llamativa. No tanto por la reserva de sus potenciales recursos; sino, lo que es peor, por la inexistencia de tales recursos argumentativos. El desdén manifiesto de sus expresiones, que no actuaciones, apenas sirve de tapadera.

Hay grados en estas indiferencias, voces maliciosas o simples pasotismos; aunque la desidia implanta sus reales. En épocas electorales encuentran escenarios propicios para su mostración; las VOTACIONES reflejarán buena parte de sus intenciones, cuyas demostraciones siempre estarán subyacentes, fieles a sus protagonistas. Por coherencia debiéramos encontrarlos en el campo de los abstencionistas, si bien, desde fuera apreciaremos las repercusiones de su actitud, con beneficios o perjuicios a terceros. Aunque, la incoherencia también penetra en quienes alardean de indiferencia, con insospechados aterrizajes, reconocidos o disimulados, en hipocresías interesadas; el espectro suele ser amplio.

Sin aparente ruido y abundantes acciones solapadas, el mencionado carácter esquivo en relación con los entornos; extendió sus áreas de influencia con una ligereza impensable, el asombro viene después. Solía hablarse de la “enfermedad relacional”; todos los tratos con los demás nos provocan determinados trastornos, cambios y secuelas. En la banalidad esquiva nos vemos afectados por un proceso de ENAJENACIÓN, dado que pretendemos ignorar las relaciones inevitables y sus condicionamientos. Constituirá una nueva fuente de frustraciones, debido a que dichas influencias, existen.

Son muchas las ARISTAS de esta “enfermedad”, pero citaré las tres que considero cruciales. Sufrimos las actuaciones de gestores poderosos en diferentes áreas (Banca, política, medios informativos, religión, empresas), a quienes no importan lo más mínimo las penurias provocadas al resto de la gente. Así mismo, sobran las demostraciones de un público esquivo, excusado en la colectividad, negado para valorar las repercusiones de su pasividad en sus propias espaldas, es increible. Incluso pululan enajenados buen número de intelectuales incapaces, resentidos, agradecidos o cobardes, que tampoco se pronuncian con sinceridad ante las eventualidades del momento.

Con la verdad tenemos un problema, tan serio, que ya no sabemos como abordarlos con cierta dignidad. Quién se aproxima, quién se aleja, de su núcleo; mucho hablamos, pero poco avanzamos. Algo parece meridianamente manifiesto, la verdad absoluta no está a nuestro alcance, y sus diferentes ramas muestran caminos interminables, ni siquiera atisbamos su culminación. Hasta parece lógico el DESINTERÉS por esa búsqueda siempre insuficiente, a qué insistir tanto en ese concepto.

A no ser que nos interesemos por el proceso en sí como fructífero. Dado que la renuncia, la indiferencia, nos paraliza, nos inutiliza como personas. Si bien, ahondando en el desinterés caemos en el AISLAMIENTO, plegados sobre la opinión propia en exclusiva. Un alarde que no considera los defectos de esta, permanece indiferente a ellos. Y nadie emite sus opiniones al completo, guardamos reservas interesadas en los adentros. Nadie reúne todos los conocimientos, ni los del subconsciente. El desinterés no suple la necesaria colaboración del diálogo.

La PERTENENCIA a una determinada agrupación tiende a liberarnos en exceso la conciencia; abdicamos en esas agrupaciones las preferencias importantes. Hacemos que las directrices del grupo cubran las responsabilidades (Armamentistas occidentales, islamismo radical, dislocaciones ideológicas delirantes), en una dejación sin ninguna justificación, porque el discernimiento personal es el primer paso. No podemos escapar de esa disyuntiva crucial. La ignoramos de una manera estúpida, miramos para otro lado, creemos haberla eludido, cuando no hay escapatoria posible.

De la banalidad saltan astillas, que utilizan para sus fuegos los más espabilados. Nuestra presencia ha de ser impertinente, no hay otra; esas mínimas molestias sobre las andanzas ajenas son ley de vida. Sin embargo, la impertinencia puede ir dirigida contra uno mismo, en una pasmosa colaboración con el masoquismo. Por ello, no extrañará la proliferación de VISIONARIOS, como contrapunto asentado en el sadismo. A estas alturas aún no está demostrado si la virtud reside en alguno de los dos bandos. Parece más evidente el progreso hacia la escasez de posturas intermedias; salvo que sea una falsa imagen.
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