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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Demóstenes y la ministra

Josefina Albert (Tarragona)
Redacción
martes, 20 de enero de 2009, 08:24 h (CET)
Estos días, con motivo del temporal de nieve y el consiguiente colapso en el tráfico que se ha producido en la capital de España, la Ministra de Fomento ha comparecido ante los medios de comunicación y en el Parlamento para informar sobre las medidas que su Ministerio ha adoptado para paliar dicho caos circulatorio. Todo el mundo habla de ella, porque la Ministra es a la lengua lo que el rey Midas al oro: es una mina sobreabundante de material para análisis de lingüistas. Doña Magdalena en la rueda de prensa convocada el pasado día 9 decía cosas como las siguientes: «Una cuestión que me gustaría comentarles, sobre todo a los medios televisivos, a mí me gustaría que vieran el tiempo meteorológico que dieron ayer, lo digo porque no solamente puede haber una falta de precisión en lo que iba a pasar; es que eso pasa y no significa más que bueno que, pues que hay muchas dificultades, lo que pasa es que tenemos la memoria muy frágil». Como se puede comprobar se trata de un discurso profundo, coherente y plagado de sugerencias.

Esta y alguna otra muestra, a la que me referiré más adelante, me ha traído a la memoria el papel que la cultura grecolatina jugó en la configuración del pensamiento occidental. Entre los saberes de los que Grecia y Roma eran depositarias se destaca el cultivo de la Oratoria y la Retórica, como materias fundamentales de la enseñanza superior, que exigía al orador una vasta cultura. Grecia dio al mundo el que fue probablemente el más grande orador que se haya conocido. Me estoy refiriendo a Demóstenes, nacido en el siglo IV antes de Cristo, autor de las famosas Filípicas en defensa de Atenas y de la libertad contra Filipo, rey de Macedonia. Se trata de piezas oratorias de exposición clara, que manifiestan una gran habilidad en la utilización de los argumentos y en el uso del lenguaje. También las escuelas retóricas de Atenas y Rodas, adonde Roma enviaba para su formación a los jóvenes pertenecientes a familias acomodadas y con pretensiones políticas, produjo figuras tan relevantes como Marco Tulio Cicerón, el más grande representante de los oradores romanos. En aquellas escuelas aprendían la técnica oratoria, un complicado sistema de reglas y procedimientos tradicionales, que ya habían puesto en práctica los antiguos sofistas griegos.

Nuestra tradición parlamentaria cuenta también con nombres ilustres parlamentarios que dejaron huella como oradores. Los especialistas en el tema citan a don Emilio Castelar, entre otros, y también al Presidente de la Segunda República, don Manuel Azaña. Hoy, y para vergüenza nuestra, salvo alguna honrosa excepción, la penuria ha tomado posesión de los escaños del Congreso en lo que al ejercicio del parlamentario se refiere. Y no se trata solo de la utilización torticera de las palabra o de las frases inconexas, sino de la ausencia total de rigor mental en el relato y la exposición de los hechos, provocando así el sinsentido de tantos discursos de nuestros políticos. Una muestra más del deterioro de la expresión y lo farragoso de sus intervenciones es la explicación que la mencionada señora Ministra, en su comparecencia en septiembre pasado en la comisión parlamentaria, daba del accidente aéreo del JK5022 de Barajas: «Lo que yo les he tratado de decir, lo que pasa es que en una intervención inicial es muy difícil, que el aeropuerto de Barajas es muy grande y tiene muchas instalaciones y tiene muchas zonas aledañas, ha habido dos millones quinientas mil operaciones, vuelos en Barajas, por lo tanto, está claro que la compañía es la que (me estoy confundiendo, por lo visto no es en Barajas) Hay un tema que ha planteado la señora Usue Barco, que precisamente lo estaba buscando -toda la cronología- es el plan de emergencia (no lo encuentro); otra era en relación al [...]».

Fíjense en la mezcla de cosas inconexas, en el batiburrillo o mejor, según prefiere la Academia, el baturrillo, si se me permite el coloquialismo, que ha organizado la titular de Fomento. Con razón se ha dicho que quien no sabe hablar con claridad tampoco sabe pensar claramente y lo reconocía la misma Ministra. Estas son sus palabras: «Me cuesta mucho trabajo decir las cosas de memoria, aprenderme las cosas de memoria, tengo la cabeza que tengo y las posibilidades que tengo», decía doña Magdalena hace unos días en la entrevista concedida al Programa de Ana Rosa (6-9-2008). Es decir, según el refranero, «No dice más la lengua que lo que piensa la cabeza», y ayer mismo, 13 de enero, ante la pregunta de un periodista, se refería a la causa de sus barullos y equívocos, con las palabras siguientes: «Hablo peor porque pienso más rápido que estoy hablando y entonces se me va el hilo».

Doña Magdalena es sin duda el ejemplo más importante en el mal uso del lenguaje y el dominio de la expresión, pero en la mente de todos aparecen nombres de parlamentarios con comportamientos lingüísticos y discursivos similares. Son discursos banales y vacuos, construidos con una acumulación de palabras -sobre todo adjetivos sin orden ni concierto-, que recuerda -valga la comparación- un baile de disfraces donde nadie sabe quién es quién.

Y yo me pregunto, ¿Tienen nuestros políticos la obligación de hablar bien, como dice nuestra Ministra. y exponer con claridad sus argumentos para que nos enteremos todos los españoles? Parlamentar es hablar o conversar o, como dice el DRAE, «Entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz...». Se trata de un verbo derivado de palabra, que a su vez procede del latín parabola. Ya en 1611 don Sebastián de Covarrubias decía de parlamento que es «el razonamiento que se haze (sic) a una congregación», es decir, razonamiento es la acción de razonar o, lo que es lo mismo, «Discurrir, ordenando ideas en la mente para llegar a una conclusión», como dice la Academia.

Nuestros políticos, y con mayor obligación los miembros del Ejecutivo, deberían aprender a hablar y, ¿por qué no?, someterse a un examen de lengua antes de tomar posesión de sus cargos. Sobre todo deberían tener en cuenta lo que D. Manuel Seco decía en el I Congreso Internacional sobre la Enseñanza del Español: «Es necesario no perder nunca de vista, a la hora de hacer de la lengua objeto de enseñanza, que es ella el astillero en que se construye nuestro pensamiento, y al mismo tiempo el depósito de los materiales con que este se hace».

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