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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Todas con chándal, pero ancho

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 19 de enero de 2009, 05:49 h (CET)
Hace unos días les hablaba en una de estas columnas, con motivo de los autobuses ateos que recorren Londres y Barcelona, de la cortedad de miras en materia sexual de la Iglesia Católica, aunque también las otras son miopes en este tema. Desde hace siglos se nos ha venido amenazando con el fuego eterno del infierno en el caso de que nos saliéramos de la manada y no cumpliéramos con las reglas establecidas desde El Vaticano, más de una generación creció con el miedo en el cuerpo por culpa de las amenazas del gremio de los meapilas de turno. No se podía bailar pegados, como cantaba hace algún tiempo Sergio Dalma, el beso tenía que ser furtivo, los primeros tiempos de noviazgo la pareja siempre tenía que cargar con la chaperona de turno vigilante y guardiana del pudor de la moza, algunas películas eran calificadas como gravemente peligrosas y se nos amenazaba con la ceguera si se nos ocurría hacer de alguna parte de nuestro cuerpo objeto del placer sexual. Menos mal que, por aquel entonces todavía éramos católicos y siempre nos quedaba el fácil recurso de acudir al confesionario para contarle a aquel viejo sacerdote, cuya sotana color ala de mosca olía al repollo cotidiano, nuestras cuitas y pecados y como por ensalmo volvíamos a quedar otra vez en la línea de salida de la carrera del pecado una vez olvidados los rezos de la penitencia y el espíritu de enmienda que habíamos declarado tener mientras arrodillados ante aquel cajón de madera íbamos narrando nuestras primeras peripecias en materia de sexo.

Han pasado los años pero todo sigue igual a pesar de que desde El Vaticano se ha dulcificado la imagen del infierno donde al parecer ya no será “el crujido y rechinar de dientes” sino la pena de no estar junto a Dios y todos sus miles de santos. En México se celebra un denominado Encuentro Mundial de la Familia donde, a juzgar por lo que observé hace pocos años en Valencia, las familias se reúnen, hacen turismo por la ciudad y beben agua, mucha agua, mientras comen sentados en el césped de los parques públicos ya que con una prole tan larga como tienen la mayoría- todos los hijos que Dios mande es su lema- para muchos es difícil acudir a un restaurante. Pero ya se sabe que a los creyentes nada les detiene, todos los sufrimientos son ofrecidos a su Dios y éste les premiará, aunque sea tarde y en la otra vida.

Se sabe que para la Iglesia Católica la mujer fue durante muchos años un ser inferior a pesar de que uno de los integrantes de la Santísima Trinidad nació de una mujer, eso sí, virgen, inmaculada y desconocedora de varón en el sentido bíblico, todo un milagro y un misterio. Durante un tiempo incluso los grandes padres de la Iglesia discutieron y dudaron de que la creada desde una costilla de Adán tuviera alma y todavía son muchos los sacerdotes que desde los confesionarios, igual que hicieron sus predecesores durante años, aconsejan a la mujer sumisión y aguantar, si ello es necesario, los malos humores del marido pues el matrimonio es para toda la vida, también a ellas se les promete otra vida mejor en el más allá para compensarlas de los sufrimientos en ésta.

Y todavía hay quien piensa que la mujer es la culpable de todo mal, el padre Sergio G. Román con motivo de este Encuentro de las Familias ha aconsejado a las féminas asistentes comedimiento en el vestir, “no usar ropa provocativa” han sido sus palabras, para evitar agresiones sexuales. Otra vez toda la culpa se lanza sobre la posible víctima, como hizo aquel juez que justificó una violación debido a que la mujer vestía una minifalda a su juicio provocativa. Los sacerdotes son hombres, a no ser que cómo los ángeles no tengan sexo, y es muy preocupante la visión que tienen de la sexualidad, la suya es una sexualidad reprimida y bestial que les hace ver provocaciones allá donde sólo hay libertad en el vestir y que les hace, al menos al padre Román, aconsejar a las damas no quedarse nunca a solas con un hombre “aunque sea conocido” y alejarse de aquellos que cuentas chistes picantes.

Así que ya lo saben, a partir de ahora y siguiendo los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, o al menos los de sus representantes, todas con chándal, contra más ancho mejor, nada de vestir a la moda ni maquillarse o andar oliendo a perfume. Para evitar llevar a los hombres a la depravación, el desenfreno sexual y el pecado, o al menos así lo piensan algunos hombres con sotana o clerygman a los que, al parecer, todavía altera la visión de un bello cuerpo de mujer.

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