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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Carta de unso antisistema

Pilar Izquierdo y Julio Ortega
Redacción
lunes, 19 de enero de 2009, 05:56 h (CET)
Vale, vale, somos unos inadaptados, o como dicen ahora, unos “antisistema”; un término que trata de satanizar a los que en vez de asentir y aceptar, o al menos, de callar y otorgar, se dedican a denunciar y a exigir; una osadía imperdonable para los gestores y grandes beneficiarios de ese Sistema y una actitud de grave rebeldía para los domesticados del mismo. Y todo porque tendemos a protestar por lo que no nos gusta, pero no en función de nuestras apetencias o valores según agraden más o menos a nuestros sentidos, sino por aquello que consideramos injusto, abusivo, ultrajante, innecesario o dañino. Y así nos ocurre, que son tantas las cuestiones que merecen nuestra repulsa que dedicamos más tiempo a la crítica que a la alabanza y más esfuerzos a la lucha que a la complacencia.

Pero como indicábamos, nuestra actitud nos ha convertido en una especie de apestados sumándonos con ello a todos esos otros a los que apuntan con el dedo acusador, a los “agitadores” de los telediarios, a los “perturbadores” de la paz desde los escaños, a los “rebeldes” de las tertulias de peluquería y bar, a la “canalla” tan temida como odiada por los estamentos acomodados y por los substratos mansos, serviles y domados.

Y es que es muy fácil poner el pie fuera del Sistema y con ello llevar en la frente el prefijo “anti”, que viene a ser lo mismo que las campanillas que en la Edad Media avisaban de la presencia “infamante” de un leproso. Basta con decir “no” a un “sí” impuesto para entrar en la categoría de los molestos, los que gritan, los que corren, los que rompen, los inconformistas que alteran el orden y que deben ser reprimidos con firmeza. Es suficiente incluso con pedir un cambio en alguna norma establecida para tal vez recibir un pelotazo de goma, con la aquiescencia de los escandalizados espectadores, muy formalitos ellos, presenciando la ejecución de la sentencia después de juzgar y emitir veredicto, de culpabilidad, cómo no.

Son muchas las cuestiones que laceran nuestro espíritu y a la gran mayoría, asistimos como testigo en la distancia sin poder hacer más por falta de medios que el esbozar una mueca de disgusto y pronunciar alguna frase de repulsión hacia los autores y de conmiseración por las víctimas. Otros asuntos, más cercanos o para los que disponemos a nuestro alcance de mayores recursos para expresar nuestra condena, nos permiten participar de diferentes modos: acudiendo a una manifestación, redactando un artículo, involucrándonos en determinada asociación o plataforma o estampando nuestra firma, como acciones más comunes. Los motivos... pues una lista inacabable, y eso no quiere decir que no haya realidades que me agraden y reconforten, por supuesto que las hay, pero como pensamos que el conformismo y la indiferencia son el mejor abono para la comisión de desmanes, no podemos ni queremos detenernos en el camino admirando la belleza mientras a nuestro alrededor se oyen gritos de angustia y se perciben las pisadas de los verdugos. Por citar algunas razones: niños mutilados por las bombas; activistas contra la guerra aplastadas por excavadoras; las favelas frente a los rascacielos; los yates llegando a puerto y las pateras a la deriva; una cuadrilla siniestra quemando a un indigente en un cajero; un negro al que escupen; una mujer denunciando hoy una agresión y siendo enterrada una semana después; políticos que perdieron la vergüenza cuando ganaron el escaño; aceites, petróleo, plásticos y basura navegando por los mares; pastos para alimentar futuras hamburguesas donde antes había bosques; un toro descabellado, un galgo ahorcado o un zorro atrapado en un lazo; los expedientes de regulación de empleo; el Plan hipoteca universitaria – perdón, queríamos decir Bolonia –; la conversión de derechos inalienables en artículos pagables (léase privatizaciones); la negación de la memoria histórica y la afirmación de la amnesia por decreto; la inclusión de una monarquía en el lote constitucional con categoría de casta intocable; el capitalismo feroz con sus feroces consecuencias; la “mafia” consentida de las telefónicas con sus laberínticas e infructuosas reclamaciones; los salarios decimonónicos con los precios del tercer milenio; las míseras prestaciones para los más miserables acrecentadoras de su miseria; la ceguera ante la agresión a un desconocido en la calle; la sordera ante el vecino que grita pidiendo ayuda; el mutismo en lugar de la denuncia jamás presentada por cobardía; la soberbia de Rouco Varela; el castigo a la Parroquia San Carlos Borromeo en Vallecas; la Iglesia beneficiada por un Estado aconfesional, la misma que calla ante las injusticias cuando no las alienta; un misionero asesinado a machetazos; la asombrosa capacidad de movimiento de masas del fútbol y la casi nula reacción ante despidos colectivos o recortes sociales; la preocupación por la vida de los famosos y la indiferencia ante el sufrimiento de los anónimos... Y sobre todo, por encima de todo, el inmenso egoísmo que caracteriza al ser humano.

¿Hay o no hay motivos más que suficientes para ser unos “anti” y no unos “a favor”?. No nos arrepentimos de nuestra actitud ni pensamos pedir perdón por ella, ni por sentirnos asqueados tan a menudo de un Sistema cuyo baño dorado en el exterior no puede ocultar la podredumbre que en su interior encierra. Nos negamos a tener callo en el cerebro y en el corazón, no queremos que ambos permanezcan adormecidos mientras contemplamos un Telediario que comienza con una familia muerta en un bombardeo, sigue con un cayuco con diez deshidratados, tres cadáveres y cinco plazas vacías, continúa con una mujer tapada por una sábana blanca tras recibir una docena de cuchilladas, pasa después a contar que otra fábrica ha cerrado y que el INEM es la oficina más visitada del País para despertarnos tan solo, cuando al final del informativo, se nos habla del nuevo fichaje multimillonario de un equipo de fútbol o de las fotos que nos muestran al último novio de Ana Obregón. No queremos vivir la vida de los de Gran Hermano ni ser unos Grandes Idiotas felices en su imbecilidad, encerrados en una burbuja egocéntrica, con la voluntad abotargada, la existencia hipotecada, el compromiso embargado y la mente alienada.

Nos seguirán acusando de inadaptados, entre utópicos e insurrectos; nuestra falta de docilidad será diagnosticada según alguna patología por el psicólogo oficialista, como quebrantamiento de la Norma por el leguleyo conservadurista, de desobediencia civil por el político arribista y al fin, como amenaza social por la ciudadanía con alma de esclavo, con la ambición bien alimentada y con su vida vendida al más cicatero prestamista: el Sistema. Pero no nos importa, no estamos solos, somos muchos los “lunáticos irredentos”, cada vez más porque también es mayor cada día el número de sometidos, sojuzgados, oprimidos y olvidados. Sólo es necesario que seamos conscientes de nuestra condición, que nos sacudamos el miedo que nos inculcaron, que sintamos la solidaridad que nos devoró el individualismo y que de una vez por todas, millones de hombres dejen de ser los siervos agradecidos de un puñado de hombres.

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