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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Para él fue demasiado tarde

Helena Trujillo (Málaga)
Redacción
lunes, 19 de enero de 2009, 05:56 h (CET)
Tenía 47 años, pero aparentaba 60. Su cabello canoso, su tez pálida, las ojeras y una sonrisa ausente delataban una vida dura. Cuando llegó pudo apenas mirarme a los ojos, venía acompañado por la que, supuse, era su esposa, una mujer de aspecto amable pero que parecía retener sus gestos. Mientras ella esperaba en la sala de estar, le indiqué por dónde tenía que dirigirse a la consulta, era su primera vez.

Al ver el diván me dirigió una mirada de desconcierto, realicé un ademán con la mano que le mostraba que ese era su lugar. Declinó tumbarse, se mostraba inquieto. Parecía que la que estaba siendo examinada era yo. En esos primeros momentos en los que, para muchos, hay tanto que decir, él describió con pocas palabras el motivo que le había llevado hasta la consulta. Estaba de baja laboral por depresión desde hacía 7 meses, antes había padecido algún que otro episodio similar, aunque se definía como una persona triste e insatisfecha desde muy joven. Venía a consulta por el deseo de sus familiares, estaban muy preocupados por él, no levantaba cabeza y les amargaba la vida a todos. Quería encontrarse mejor y poder volver a su trabajo de toda la vida.

Le comenté que tenía que seguir hablando, comunicar en voz alta aquello que fuera acudiendo a su mente, sin realizar ningún tipo de censura. Afirmaba que no tenía más que decir. Me preguntaba por el tratamiento, qué le iba a mandar. Tomaba pastillas desde hacía 17 años, de forma intermitente. Esa le parecía la única solución, aunque hasta ahora no se habían mostrado muy efectivas. Según él no era una persona habladora, más bien introvertida y seria. Le propuse continuar la próxima sesión. Fuimos al despacho y le indiqué horario, el cual, en un principio declinó. No quería venir tan pronto, pensaba que una vez al mes era suficiente. Parecía tenerlo todo tan claro que me preguntaba a mí misma para qué había venido a consulta.

Una vez acordamos el horario, se fue poco convencido. No hacía falta ningún tipo de convencimiento, simplemente el tratamiento necesitaba continuidad e implicación. Mi duda era si ese paciente estaba dispuesto a implicarse y continuar. Había que darle la oportunidad, aunque él era el que tenía que dársela.
A veces, en este tipo de entrevistas, me queda una sensación extraña, como si tuviera que hacer algo más por el paciente o, tal vez, algo menos. Apenas me dan la oportunidad de ser la profesional, ellos vienen con sus ideas pre-establecidas y si no obtienen lo que creían, se van tal y como estaban, insatisfechos e idénticos a sí mismos. Tal vez exista poca información, tal vez la idea de una pastillita milagrosa resulte muy sugerente, a nadie le gusta mover el culo para conseguir las cosas.

Al día siguiente, a la hora señalada, el paciente no vino. Yo sí estaba allí, puntual a la cita, todo preparado para recibirle. Él no quiso estar, prefirió quedarse con su mundo, su insatisfacción y sus pocas palabras. Yo seguí con mi trabajo, con el resto de pacientes de ese día y de los días sucesivos. Para él fue demasiado tarde, su intolerancia, sus ideas fijas, su enquistamiento en esa vida y en su enfermedad le hacían muy difícil pensar que las cosas pudieran ser de un modo diferente. No creo que sea suficiente con que haya psicoanalista, es necesario también que haya paciente para que las cosas se vivan de otro modo.

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