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Opinión
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¿Quién maneja los hilos del auge comunista en Europa?

Miguel Massanet
miércoles, 10 de febrero de 2016, 00:30 h (CET)
Cuesta creerlo pero parece ser cierto. En Europa se está gestando un nuevo movimiento proletario semejante al que tuvo lugar en 1935, cuando se convocó el VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista y, en él, se materializó la doctrina impulsada por Stalín, una vez concluyó la “Gran Purga” (en la que se dedicó a eliminar a todos los dirigentes del PCR que consideraba que constituían un obstáculo para sus proyectos totalitarios), de dar impulso a los llamados “Frentes Populares”, que significaron el entierro del Frente Único Obrero que había sido preconizado en el anterior VI Congreso y que concluyó con un pleno fracaso. A ello contribuyó de forma definitiva el auge que estaba experimentando el fascismo (en Alemania e Italia) con grupos importantes de simpatizantes en Inglaterra y en los propios EE.UU de América.

La necesidad, pues, de encontrar un camino para luchar contra los fascistas, fue lo que inspiró al líder ruso a poner en marcha la llamada política de los frentes populares, con una innovación importante respecto al anterior Congreso, consistente en admitir en ellos tanto a obreros como a burgueses, motivados todos ellos por la lucha en contra del fascismo y el liberalismo, convertidos en el enemigo común a batir. En esta lucha se admitió a los socialistas que, hasta entonces, habían sido rechazados por los comunistas, acusados de acatar los dictados de la democracia, hasta el punto de que, peyoritariamente, se los designaba como “socialfascistas”. En España tuvimos ocasión de conocer de cerca uno de estos Frentes Populares, surgido de las elecciones de febrero de 1936, para cubrir el nuevo gobierno de la República.

Lo cierto es que, en Europa, como consecuencia de la grave crisis surgida de las sub-prime americanas y del desplome de la banca, como consecuencia de sus relaciones, en muchos casos especulativas, con el sector de la construcción; se ha creado un descontento entre todos aquellos más afectados por las secuelas. del desplome de las economías, el paro creciente, el cierre de empresas, la inestabilidad del empleo, la rebaja de salarios y la disminución de los ingresos del Tesoro Público, que obligó a los distintos gobiernos a aplicar medidas de austeridad que, no siempre, fueron bien comprendidas por aquellos a los que afectó directamente. Mientras la crisis y la recesión hacían mella en los distintos países europeos o algunos de ellos tuvieron necesidad de buscar apoyo en la UE, para poder superar una situación que los arrastraba a la quiebra; los ciudadanos se mantuvieron callados, aceptaron, de mala gana, los recortes de trabajo y de salarios que se les exigían y rezaban para que la catástrofe no acabara en un derrumbe de la economía mundial.

Los primeros síntomas de rebelión contra el estatu quo, el primer desafío contra las normas de Bruselas y las actuaciones de los bancos europeos y la Comisión Europea, encargados de hacer cumplir la férreas reglas que se les habían impuesto a los países rescatados, entre ellos Grecia; impulsaron a los griegos a cambiar el gobierno del PASOK, que empezaba a conseguir los primeros resultados esperanzadores para su economía, por un gobierno de extremistas comunistas que consiguieron un espectacular resultado en las urnas y que se creyeron que estaban en condiciones de ponerle las peras a cuarto a la señor Merkel y a toda la CE. El señor Varufakis, ministro de Finanzas griego, se presentó ante la Comisión, se expresó con altanería, amenazó con no pagar sus deudas si no les ampliaban los plazos de amortización y exigió que se le concedieran a su país unas condiciones más favorables para poder superar la crisis; eso sí, sin aceptar que se les aplicasen medidas consistentes en recortar el gasto público o reducir las pensiones.

Varufakis se encontró ante un muro de acero que, no sólo no se amilanó ante la amenaza griega de irse de la UE y renunciar a la moneda común, el euro, si no se les complacía en sus peticiones; sino que los amenazaron con no renovar la deuda griega, no abonarles el plazo siguiente para que pudieran renovarla y expulsarlos de la UE, si no aplicaban una serie de medidas, mucho peores que las que, en un principio, se habían convenido con el anterior gobierno griego; que ponían en un brete al reciente gobierno del señor Tsipras. Cedieron y encajaron el castigo que les ha obligado a medidas tan impopulares como la de rebajar en un 30% las pensiones de las clases pasivas.

Ahora, en España, de una forma insospechada, se está reproduciendo el caso griego, en unos momentos en que el panorama electoral ha creado una de las situaciones más rocambolescas imaginables. Los “colegas” de la Syriza griega, los señores de Podemos, se han hecho los amos de una parte de los votantes y, sin hacer caso de lo que sucedió en Grecia, convencidos de que son más listos, más inteligentes y más convincentes que los populistas griegos; tienen la intención de repetir la jugada que intentaron y obtuvieron un sonoro fracaso los griegos. Si lo consiguieran, si el PSOE cae en la trampa mortal que le ha preparado Podemos y, el señor P.Sánchez, se deja seducir por las voces de sirena de los que lo quieren hacer presidente; entonces, señores, España estará acabada.

Pero no pierdan de vista al señor Varufakis uno de los más empecinados miembros de Syriza, que parece dispuesto a crear una nueva alianza; no un partido semejante a aquel en el que militó de tipo local; no, no señores, lo que tiene en mente el anterior negociador griego con Bruselas, es crear una asociación de partidos comunistas europeos para fundar un gran partido supranacional, con el que parece quiere intentar destruir el actual sistema vigente en la UE, para imponer, como ocurrió en Rusia en 1917, una nueva revolución proletaria con la que cargarse el capitalismo y, con él, si Dios no lo remedia, toda la economía de la zona europea y, de paso, de todos los países con los que mantiene relaciones comerciales.

Para Varufakis lo que necesita Europa es un acuerdo entre una coalición en la que participaran “personas de izquierdas, liberales, verdes y radicales” centrada en la idea de que “la democracia tiene que estar en el centro de los procesos europeos”. Parece que, como sucede en España, para Varufakis el capitalismo y los partidos de derechas no cuentan aunque, en la actualidad, son los que están al frente de las instituciones de la CE. En todo caso choca esta idea de “una constitución para toda Europa” y su proyecto “de un estado federal europeo”, con las ideas contrarias que parecen querer implantar los de Podemos, que ya han anunciado que van a favorecer la celebración de un “referéndum por el derecho a decidir en Cataluña” y el establecimiento de un “ministerio de plurinacionalidades”, que en nada tiene que ver con el proyecto unificador del señor Varufakis, consistente en crear una federación Europea.

No sabemos si nuestros políticos, tan ocupados en resolver sus intereses partidistas e individuales, siguen de cerca lo que está sucediendo fuera de nuestras fronteras; se han enterado de la catástrofe de las bolsas y de los anuncios, nada tranquilizadores, de amenaza de una recesión a nivel mundial, que pudiera dar al traste con todo el sistema económico,.si naciones como China, Brasil u otros países emergentes, siguen en su deriva hacia un colapso de sus economías; afectadas, como anteriormente tuvo lugar con la burbuja inmobiliaria, por una sobre valoración de sus activos no suficientemente sustentada por la realidad de lo que subyace bajo ella.

A poco que nos descuidemos podemos encontrarnos en una situación verdaderamente abracadabrante en la que, un gobierno de izquierdas formado por varios partidos, sin poder para modificar la Constitución; con una deuda de cerca del 100% del PIB; con la prima de riesgo disparada ( algo que ya empieza a suceder gracias a la inestabilidad de Europa y la incertidumbre de lo que pueda ocurrir en España), la inversión extranjera paralizada y el aumento anunciado, por PSOE y PODEMOS ( la incógnita reside en Ciudadanos un partido que parece navegar entre dos aguas) del gasto público, calculado en más de 25.000 millones de euros; a lo que podríamos añadir, si se cumplen los pesimistas pronósticos que azotan estos días las bolsas de todos los países, la posibilidad de que las economías mundiales sufran un colapso, que afecte a todas las naciones.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos la sensación de que nos queda por delante, un camino todavía peor que el que acabamos de recorrer en estos siete años de crisis.
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