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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Política   -   Sección:   Opinión

Los de Podemos de etiqueta en los Goyas

“La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos." Ortega y Gasset
Miguel Massanet
martes, 9 de febrero de 2016, 07:52 h (CET)
Este espectáculo endogámico, clientelista y farandulero que, bajo el pomposo título de “Los Goya”, cada año nos presentan esta clase formada por actores y directores de cine españoles ( en esta ocasión los guionistas parece que no han sido bien vistos en ella), un espectáculo en el que nunca faltan los mal educados que critican a las autoridades que, por obligación, deben asistir a él ( parece que la Casa Real ha declinado, por “motivos de agenda”, el acudir a la gala); parece que, en esta ocasión ha servido, aparte de para que las actrices y los actores pretendan epatar a sus rivales con sus sofisticados atuendos, podríamos decir que excesivamente caros modelos para quienes no paran de quejarse de que el IVA que tienen que pagar los espectadores, para ver sus producciones, es excesivamente caro; como si tuviese que tener especiales contemplaciones con un sector, que no deja de ser un negocio como cualquier otro, en el que algunos de los que participan en él cobran sueldos muy sustanciosos aunque, debemos reconocerlo, otros, los secundarios o los menos favorecidos, deben conformarse con las migajas; en una profesión en la que algunos se permiten ser comunistas ( citemos a la familia Bardem) mientras cobran sueldos millonarios y otros, probablemente lo son, por sus pocas posibilidades de medrar en el medio.

Sin embargo, no tenemos intención de hacer un análisis pormenorizado de lo que fue una más de las ocasiones en las que la que, la “casta” de los actores, aprovecha para darse incienso a si misma, pavonearse de cultura y cerrar filas en cuanto a sus reclamaciones para conseguir más ayudas de la Administración, más participaciones de las cadenas de TV – No podemos entender de que un ente como la TV1, de carácter público, que se sostiene con los impuestos de los españoles, tiene que dedicar una parte de su presupuesto, casi siempre deficitario, a subvencionar películas españolas cuando, la parte del pueblo español que parece que asiste a verlas puede que no pase del 16% del total que asiste a ver las películas que nos vienen de fuera, como las americanas, por ejemplo – y reducir el famoso IVA. Preferimos centrarnos en algo que, para muchos, puede parecer insólito, que cuesta de entender en un personaje que se presenta como adalid de las clases inferiores y menos favorecidas; un verdadero boom surgido de la universidad, apadrinado por los dictadores de la América bolivariana y serio aspirante a obtener un poder que, sin duda, le permitiría acabar en poco tiempo con el bienestar y el progreso de la nación española.

Hubo tres presencias llamativas, como si Alejandro Dumas hubiera querido presentar, vestidos de etiqueta y sin sus sombreros de plumas, a sus Tres Mosqueteros. Sin duda fue un hecho relevante el que los líderes de Podemos, del PSOE o de Ciudadanos se presentaran para formar parte de la parafernalia que entrañaba todo el acto. Pero, si hubo alguien que destacó, sorprendió y fue el centro de todas las miradas fue, sin duda alguna, el sonriente y alechuguinado señor Pablo Iglesias, embutido en un típico smoking propio de la “casta” a la que su grupo ha prometido apear del poder. Lástima que su vestimenta, evidentemente alquilada, le viniera grande, como evidentemente deslucía del conjunto su coleta de pirata que, para sí, la hubiera querido para su serie de piratas el entrañable Johnny Deep. Llamativo, por supuesto, y altamente desconcertante para unos españoles que quedamos patidifusos cuando le vimos presentarse, ante SM el Rey, en mangas de camisa y vistiendo vaqueros y ahora, cuando tenía la ocasión de presentarse en traje de baño o disfrazado de José Stalin, para dar a los asistentes a la gala, muchos de ellos fervientes admiradores suyos, motivos para acrecentar su fama de enfant terrible de la política; el imprevisible señor Pablo Iglesias se pone serio, se viste de gala, con pajarita incluida, y aparece convertido en un galán dispuesto a darles envidia a los actores que se presentaron enjaezados para romper los corazones de sus fans.

Y aquí se nos presenta la ocasión de comprobar como, en la política, hay mucho más teatro, más películas de ficción y más enredos que en el mundo del engaño, la ficción o la comedia. Tres señores que lideran a tres partidos, dos de izquierdas y uno que, si debemos decir la verdad, todavía no se sabe de qué pie cojea, pero que se ha enzarzado en un peligros juego de amagar y retroceder que, quisiéramos equivocarnos, pero que es muy posible que, para el joven Rivera, sea una tarea superior a sus fuerzas y sus posibilidades como mediador. Todos unidos en una fiesta, en aparente sintonía, como si pretendieran escenificar el famoso pacto de izquierdas que, para muchos, se ha convertido en una obsesión y para otros, los que saben lo que nos estamos jugando los españoles, en un grave motivo de preocupación, por las posibilidades de que, una investidura precipitada, con el apoyo de toda la izquierda y la abstención de los separatistas; con toda probabilidad, no duraría el tiempo necesario para que tomaran las primera resoluciones que vienen anunciando y ya recibiríamos las primeras andanadas de los hombres de negro de la UE.

Este neo comunismo que, curiosamente, no apareció en el tiempo de la transición de Adolfo Suárez; quizá por la falta de experiencia en estas lides, de las últimas generaciones de españoles; por los resultados adversos de siete años de crisis y por la realidad de que, en España, tenemos un paro del 21%; sólo ha necesitado que, unos cuantos activistas venidos de la dictadura venezolana, aparecieran en la TV y, desde ella, lanzaran sus mítines subversivos, sus soflamas libertarias y sus promesas irrealizables pero que, a algunos que parecían esperar que viniera un ángel salvador, les han sonado a gloria; quizá cansados de que la realidad de la economía les hubiera venido exigiendo más sacrificios de los que no estaban dispuestos a aguantar. Lo malo es que: el soñar con reinos de ilusión, con países sin diferencias sociales y en los que no existieran diferencias entre unos ciudadanos y otros, no es más que desconocer que estamos en un mundo en el que, la misma naturaleza, ha tratado a unos con diferentes atributos que a otros, a quienes sufren enfermedades terribles y a los que, no necesariamente las mejores personas, les ha dado una salud de hierro.

Ya pueden los de la farándula creerse que, en su mano, tienen la facultad de cambiar la naturaleza de los humanos; ya pueden todos estos fatuos engreídos creerse que, por estar dedicados a trabajos de ficción, están capacitados para dictar el tipo de política de un país o pensar que, eliminando a los empresarios, acabando con los emprendedores y poniendo a gobernar a políticos que ni tienen la experiencia ni son conscientes de lo que sucede cuando, unos ilusos adoctrinados y temerarios, se quieren enfrentar a la CE o a países de tanta solera y potentes como Alemania, Francia, Inglaterra o los EE.UU de América, con doctrinas políticas repescadas de las obsoletas ideas de la Rusia soviética de mediados del pasado sigloXX.

Es evidente que tanto P.Iglesias, como P.Sánchez y el mismo A.Ribera, tienen mucho que decir respecto al porvenir de España, pero todos ellos han venido prometiendo cosas que, ahora, en estos momentos de tensión, van a tener que cumplir o bien, como no es raro entre los políticos, olvidar sus promesas para, engañar y confundir a los que los votaron, desdiciéndose de sus propias palabras. En especial, en esta ocasión, la responsabilidad de lo que le pueda ocurrir a España en lo sucesivo, recae en la figura de Albert Ribera, si es que llegara a entrar en un gobierno de coalición o apoyara directamente un acuerdo entre Podemos y el PSOE; algo que parece que intenta, con gran empeño, el señor Pedro Sánchez, sabedor que ir a unas nuevas elecciones sería muy peligroso para sus intereses.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, contemplamos la fiesta de los faranduleros, no como una gala de reconocimiento de virtudes escénicas sino, más bien, como el anuncio de una época que, a muchos, nos trae viejos recuerdos de acontecimientos que nunca pensamos que tendríamos que volver a vivir.
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