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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La huelga de los jueces

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 17 de enero de 2009, 07:51 h (CET)
Ser ciudadano español y pensar en la Justicia es algo sencillamente incompatible, salvo que a uno no le quede otra porque esté inmerso en algún procedimiento o cosa por el estilo. Con la Historia que tenemos pensar en la cosa ésta que tenemos por Justicia en España y echarse a temblar, todo es la misma cosa. Demasiados casos como “La Mano Negra”, demasiados “Casos Cuenca”, demasiados “Casos Mariluz” y demasiados casos como los de ese juez que decía que en España no son necesarias las pruebas para condenar a alguien (¡cosa que es verdad!) como para mostrar relajo ante una citación judicial. España da mucho de sí.

Si uno ve que su hijo desde su primera leche tiene tendencia a solucionarlo todo a base de patadas, sabe que el chaval va para futbolista; si todo su afán es hacer sonar lo que sea, que va para músico; pero ¿y qué si desde antes que le salgan los dientes de leche va en plan Dios?... Uno tiene dudas razonables acerca de cuáles son las causas por las que un@ joven orienta sus pasos a instituirse como dios del destino de sus semejantes que caigan en su sala. Seguramente es porque que eligen una profesión, a imagen como otros escogen ser otra cosa. Sin embargo, ¿se pude considerar a un juez como un profesional?...

La lógica jura que no, pero las evidencias tararean socarronamente que sí. Desde luego, visto como una profesión, la cosa de la Justicia resulta ser exactamente lo que es, algo que no tiene nada que ver con lo que el ciudadano medio entiende, y es aquí, justamente, donde radica la causa del divorcio existente entre jueces y ciudadanos. Sabido que para los jueces su actuación es nada más que un trabajo, tanto quienes acuden a ellos para pedir protección como los demandados, saben que sólo son una problema de tajo que con una sentencia, la que sea, queda solventado, porque aun en el caso de recurso, otros jueces, que también están en el tajo, solucionarán su problema con otra sentencia, la que sea pero que suele ser coincidente con la primera, quién sabe si para que la brevedad se entienda como eficacia. Nada, que les falta sólo un pañuelo en cabeza con cuatro nudos y llevar una tarterilla con la comida.

Eficacia, productividad y rendimiento, si entendemos la Justicia como un trabajo, son factores a ser tenidos en cuenta. En este sentido, decía una jueza hace unos días, en un programa de la dos que trataba sobre el uso del lenguaje, que a ellos les había ayudado mucho el uso de la negrita y el subrayado en informes, atestados, declaraciones, etcétera, porque así no tenían que leerse los cientos o miles de páginas que conformaban un procedimiento. Pues claro que sí, señoría, como debe ser, y que arree el inocente. Claro que puestos en éstas, más eficaz, rápido y productivo sería que cuando entren en la sala dijeran: ¡Que se ponga en pie el culpable!..., y a renglón seguido dictaran sentencia según el pálpito que les diera el reo.

Una exageración, quizás, pero a lo mejor no tanto. Si el acusado es principal y tiene buenos abogados, vaya; pero si es un don nadie, está listo. A todos nos quedan ecos aún de esa condena a decenas de años de un hombre contra el que no había pruebas ni testigos, sino que fue condenado por convencimiento del juez, o lo del caso Mariluz, que con pruebas y confesiones y todo, por ahí seguía el condenado desplumando angelitos, un poco como podría suceder con otros miles de casos semejantes, según dijo un juez en un debate televisivo. Los criminales sueltos, y los inocentes atiborrando las cárceles y pagando indemnizaciones: esta es la Justicia en España. Una exageración, en fin, que no parece tan exagerada. Y todo esto sin considerar la tan notable como manifiesta afinidad existente entre algunos jueces con los abogados prominentes o los letrados de los bufetes de mucho ringorrango y exagerada minuta, especialmente si ya son talluditos y llevan unos cuantos años compartiendo salas; ande, vaya usted a litigar contra ellos con uno de oficio, a ver qué pasa. Cuestión de cuántos años le caen, nada más. Cosa, por de más, que a los jueces no les importa tanto así, porque son cuestiones profesionales, y en ellas cabe el error, suponiendo que lo sea, porque nadie verifica la justeza de estos profesionales, sino otros profesionales de su misma cuerda. Lo que no tenemos tan seguro es si entra el acierto.

Bueno es hacer hincapié en que los casos que han tenido repercusión mediática son tan graves como escandalosos, pero ni siquiera son una muestra de la realidad. Hay opiniones que sostienen que pocas sentencias no son dignas de un titular por lo descabellado de las mismas, pero no caben todas. Así da el miedo que da pasar cerca de un juzgado. ¿Y de qué otro modo puede ser, si no es infrecuente que el tramposo que ha infringido todos los principios e incluso cometido dolo contra el inocente no sólo le demanda a este y es escuchado por su señoría, sino que su demanda es admitida a trámite (incluso contra la opinión del fiscal) y además declarado imputado el que ha sufrido el daño, a quien se le exige por el artículo 33 una fianza tan descabellada como incoherente?... Un problema sin solución, en fin.

A mí me parece bien que hagan huelga los jueces, porque son trabajadores, y como tales tienen derechos. Pero en esa misma medida, bueno sería que tuvieran también los rigores de los demás trabajadores: salarios mínimos, mileurismo, jornadas ilegales, esclavismo laboral y hasta, si llega el caso, la posibilidad de ser juzgados por un juez que odie o desprecie a los jueces tanto como ellos parecen odiar o despreciar a toda criatura ajena a su círculo inmediato de influencias. Si usted busca Justicia en España, y además lo dice, todo sea que lo que le concedan sea plaza en el Alonso Vega. La asistencia psiquiátrica, en casos tan extremos, es gratuita.

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