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Los ninios del chiringuito

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 15 de enero de 2009, 06:09 h (CET)
Cuando lo de Franco y todo eso, se llevaba mucho el nepotismo. Quien más, quien menos, si tenía algún poder —el que fuera—, enseguida colocaba a sus ninios donde pudieran tener un porvenir de mucho pecunio y poco o ningún esfuerzo: las empresas se llenaban de los hijos o sobrinos de los jefes, ninios caprichosos y malformados que han conducido al país al desastre y al descrédito; los próceres de la política colocaban a sus ninios en posiciones de ventaja, algunos de los cuales todavía trastean por ahí a destajo, liando la de Dios es Cristo; y en el mundo de los negocios en gordo, los papis se los pasaban a los ninios como si tal cosa, aunque el ninio fuera tonto de remate y tuviera problemas para que las manos se le encontraran cuando intentaban aplaudir. A todo esto, los de entonces le llamábamos el chiringuito, que era en casi todo semejante al bunker de los inmovilistas, pero en plan guante blanco. Un chiringuito abarcaba y subsumía todos los ámbitos, desde el Generalísimo para abajo, y todos los poderosos, sin excepción, hacían lo imposible por dejar colocados a los ninios mientras conservaban algún poder.

Con la llegada de la democracia muchos pensábamos que el chiringuito iba a cerrarse y que, de ahí en más, todo el mundo tendría que demostrar su competencia para ocupar ciertos puestos. Bueno, pues los que pensábamos así, estamos listos, nos hemos quedado con un par de narices... y la cara que se nos ve.

A pesar de que nada hay más peligroso en cualquier organización que un idiota con iniciativa, el chiringuito sigue vivo y bien vivo, y los ninios que ocupaban los puestos de privilegio por imposición paterna, hoy colocan también ellos a sus ninios como si tal cosa, para que la rueda siga dando vueltas. Bueno, en realidad este nepotismo familiero se ha ampliado, y también abarca a consortes, amiguetes del colegio y gentecillas de buena ley por el estilo. Todo sea por las afinidades sanguíneas, consanguíeas o de relación infantil, que es la plaza donde se acopian las taras que luego se arrastrarán en el futuro.

La política, la empresa, los grandes negocios, el funcionariado, la música, la literatura, el cine y el teatro, e incluso me atrevería a decir que la misma Ley, están en manos de antiguos ninios que hoy son papis o mamis que colocan a sus queridísimos ninios en semejantes posiciones de ventaja a las que a ellos les colocaron. Uno se libra de los Flores ni a sol ni a sombra, por ejemplo; o es imposible ir al cine a ver una peli española, porque seguro que hay un ninio de vaya usted a saber quién que está descuajaringando el largometraje; o leer un libro, porque lo ha escrito el ninio de no sé quién, ha ganado el concurso (amañado) la esposa de no sé cuántos, o lo ha garabateado el/la amante de ese autorcillo de mucha moda y poca enjundia. Y si nos metemos en las cosas de la política o los negocios, ya sean en gordo o en plan supervivencia, lo normal es que los ninios ocupen las plazas directivas, aun cuando tienen severas dificultades para hacer la O con el culo de un vaso. Y así nos va, claro. ¡Pues menudo pedigrí tienen las criaturitas!

En fin, el caso es que, lejos de cerrarse el chiringuito aquél, se ha socializado, ampliándose, y ya caben amantes, parejas, amiguetes y un sin fin de variables, pero que exigen como condición sine qua non la proximidad sentimental o emocional con el poderosillo de turno. El talento, como cuando Franco, no cuenta en lo más mínimo: ¿para qué? Es lo que pasa cuando una situación se mantiene demasiado tiempo vigente, que termina por convertirse en moda... o en tradición, y a ver quién puede luchar contra eso. Los ninios están en todas partes, aunque siguen sin poder aplaudir; los ninios amiguetes del colegio, ocupando puestos de primer orden; las ninias esposas, ganando premios multimillonarios y copando jurados a tutiplén; los ninios de los gorgoriteros, dando la tabarra y vendiendo insultos musicales por doquier a golpe de márquetin; y los ninios de los poderosos de los dineros en gordo, volviendo loco al Santo Misterio con sus excentricidades o sus automóviles de muchísima más cilindrada que su cerebro, cuando fueron incapaces de aprender que un quebrado no tiene nada que ver con romperse algún hueso o estar herniado.

En fin, el caso es que España ha cambiado sin cambiar en absoluto, lo que no deja de ser un hecho sin precedentes. Incluso muchas maneras de los ninios en el poder me parecen herencia genética (por simpatía) del denostado y extinto dictador (supongo que a estas alturas alguien habrá demostrado que, efectivamente, está muerto), o, al menos, un plagio de sus maneras, quién sabe si porque también esto se ha convertido en una tradición, y las tradiciones, como de sobra se sabe, es culturalmente recomendable mantenerlas.

Personalmente, me gustaría librarme de los ninios, pero no puedo. No; no porque sean demasiados, sino porque han echado raíces en sus puestos. Si pongo la televisión, por ejemplo, asoman por cualquier programa; si leo el periódico, ahí están plumeando despropósitos; si abro un libro, se me saltan las lágrimas de tristeza al comprobar por mí mismo qué están haciendo los ninios con la literatura; y si pongo la radio en el coche, algún ninio salta desde las ondas con sus gorgoritos (o graznidos). De la política o la empresa, mejor no hablo para evitar depresiones profundas.

¡Ah, los ninios, qué haríamos sin estas preciosidades!... A mí, por lo pronto, se me ocurren tres soluciones: una, que nos invada alguien compasivo y nos libre de ellos (los turmequistanos, por ejemplo); doa, usar los pulmones a toda su potencia y gritar "¡Socorro!", que lo mismo hay alguna alma piadosa por ahí y se los lleva; y tres, nacionalizarlos de Al Qaeda. Se iban a enterar esos de lo que vale un peine: esto sí que es terrorismo.

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