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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La clavícula de Salomón

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 13 de enero de 2009, 05:17 h (CET)
Caín asesinó a Abel con la quijada de un asno; los israelitas a los palestinos, con la clavícula de Salomón. El pueblo israelita y el pueblo árabe son semitas, hermanos de sangre, ramas del mismo árbol. En su remoto descenso desde las tierras altas de las montañas afganas, o incluso puede que procedentes del Indostán, hacia el valle del Nilo, en los días de la protohistoria el pueblo semita absorbió los mitos sobre la creación y la teogonía del universo de los pueblos que les hospedaron. De los sumerios, los acadios y los babilonios, los semitas aprendieron quién fue Ut.Napistim, y le llamaron Noe; o cómo se configuró el hombre como especie a partir del barro y la sangre de En.Lil, y ellos a esa criatura la llamaron Adán. Un Adán que, inventado o no, parió a dos hijos que se odiarían lo bastante como para que el resto dela Historia Caín esté matando a Abel con la quijada que sea.

Abrahán, uno de los padres semitas, era iraquí: tan iraquí como Sadam Hussein, porque nació en Ur, no muy lejos de Uruk, la ciudad en la que nació y reinó el inmortal Gilgamesh, quien había nacido de la unión de una diosa nibirú y un sumo sacerdote. Así, los semitas llevaban en su sangre todas estas historias cuando descendieron hacia el Nilo; pero entre ellos siempre hubo un Caín y un Abel para perpetuar la eterna maldición del hombre contra el hombre, o quién sabe si de los dioses contra los hombres. No; no todos los semitas se creían especiales, elegidos de los dioses o de Dios y enemigos del género. Por eso se dividieron y hoy son árabes e israelíes, que es la forma moderna de decir tolerantes o intolerantes, modestos o soberbios, hospitalarios o egoístas, víctimas o verdugos.

Los semitas pacíficos, enseguida se enraizaban, y fundaban hogar allá donde encontraban condiciones favorables, fuera con otros semitas o no: sin embargo, los semitas violentos continuaron su andadura y, ya en el valle del Nilo, se conformaron en tribus abirúes, especializándose en técnicas de muerte y amenazando con adueñarse del mismo país que les recibía. Por temor de ellos, los faraones les expulsaron de Egipto y, tras de conformarse durante 40 años en el ejército más temible de su época, bajo el mando de Josué salieron del Sinaí para conquistar lo que consideraban su Tierra Prometida, aunque era de otros. Entraron a sangre y fuego en Jericó, en Aí y en otras cien ciudades, no dejando ninguna criatura viva, ya fuera hombre o mujer, niño o niña, anciano o bestia. Todo debía morir, porque esa guerra de exterminio no era sino la recreación del mito de Caín y Abel, aunque ahora no ya con una quijada de asno, sino con la espada de hoz. Así se fundó Israel, sobre la sangre inocente de los semitas, hermanos de los semitas que los asesinaron. Sobre su rezumo Jacob engañó a su hermano Esaú y a su padre Isaac, y, andando el tiempo, se convirtió en Israel (“el que lucha con Dios”), quien dio forma al sueño nacional de Caín. Los demás semitas, desde hacía ya muchos años, eran sus enemigos, eran los abeles de su Historia. Abeles como Jesús de Nazaret, palestino de nacimiento, a quien lo crucificó su sanedrín. Desde que comenzaron su andadura, en realidad, no habían hecho otra cosa.

Los romanos y la propia soberbia de estos fanáticos fueron la causa de la destrucción de Israel, y comenzó la diáspora de una parte del pueblo semita, a imagen como un día su Caín tuvo que abandonar los arrabales del Paraíso por imposición del ángel que poseía la espada flamígera. Sin embargo, exiliados o no, su naturaleza seguía siendo la que era. Allá donde eran acogidos, enseguida hacían lo necesario para dominar su ámbito no sólo no mezclándose con los naturales por considerarles gentiles, inferiores, sino metiendo sus dedos en la economía y sometiendo a su arbitrio a los Estados que les acogían. Así, muchos reyes, viendo que si les consentían seguir en su país terminarían por ser sus servidores, hicieron como los faraones y les expulsaron también de sus dominios, reiterando el cuento de la diáspora. Pronto, en ninguna parte les quisieron. Sufrió mucho el pueblo hebreo, pero no aprendió de su propia historia a pesar del dolor enorme que acumulaba. Un dolor que, lejos de hacerle considerar su error, volvía a caer una y otra vez en el mismo, transformando en odio lo que no eran sino lecciones de la Historia y prefiriendo nombrar como racismo lo que no era sino miedo de los demás a su fanatismo. De su misma raza y origen eran los árabes, los palestinos y todos los demás semitas que abandonaron su radicalidad y se mezclaron con los pueblos huéspedes, y a éstos no se les temía o discriminaba.

No mucho antes de la II Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones quiso darles un país propio en la Patagonia Argentina, en el propio Israel que dominaba el Imperio Británico o en Madagascar, porque ningún país los quería ya en sus ámbitos; pero la precipitación del conflicto mundial derivó en la brutal atrocidad hitleriana, y el mundo se hizo el ciego mientras fueron exterminados cruelmente seis millones de hebreos por ser hebreos. Eso sí fue racismo. Terminado el conflicto, la conciencia del mundo acusó al mundo de su ceguera voluntaria, y éste quiso redimirse a sí mismo concediéndoles a los supervivientes hebreos aquello que durante siglos les habían negado, su Tierra Prometida, el arrabal del Paraíso que conquistaron con una quijada.

Hoy los israelitas vuelven a ser temidos y odiados por sus vecinos, y se preguntan por qué; hoy muchos terroristas se consagran a la extinción de Isarael, y los israelitas se preguntan por qué. Tal vez sea pronto para comprender o Caín sea muy duro de mollera y no entienda por qué le teme quien está a su lado, o que son sus actos crueles y desmedidos los que crean terroristas. Cuando uno mira a su alrededor y ve lo que los israelitas hacen a sus hermanos semitas árabes o palestinos, cuando uno ve tanta destrucción a su alrededor y tantos niños asesinados, entretanto la clavícula de Salomón, que es su ejército, sobrevuela el cráneo de los abeles que le rodean, se plantea si el hombre está condenado a repetir su propia Historia eternamente o si es capaz de variar su naturaleza. Caín y Abel parece que no, y siguen con su manía histórica de ser verdugos o víctimas. Nosotros, Set, seguimos presenciando inanes el espectáculo.

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