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Irracional Guerra Perdida

Luís Agüero Wagner
Redacción
miércoles, 14 de enero de 2009, 07:44 h (CET)
Es conocido que la guerra contra las drogas sólo se emplea para la defensa de intereses geopoliticos norteamericanos en Latinoamérica, o para la injerencia en los asuntos internos de ciertas naciones, la irrupción en la vida privada de los ciudadanos. Cada día es más notorio que los problemas relacionados con el narcotráfico y el consumo, provienen, en su mayor parte, de la propia prohibición.

A pesar de todo ello, la guerra al Narcotráfico en Paraguay se mantiene con el gobierno del obispo Fernando Lugo, garantizando impunidad para las entregas vigiladas y permite conservar el negocio para quienes lo prohíben a los peces pequeños.

Ya lo dijo Malcom X: "Los pobres y oprimidos no tienen aviones, ni barcos, ni pistas de aterrizaje. El narcotráfico internacional requiere flotas de aviones de carga, pistas de aterrizaje, redes de contactos, grandes cantidades de dinero para realizar inversiones y mecanismos para lavar dinero".

PRESIÓN SICO-SOCIAL DEL IMPERIO
Para ejercer presión psico-social, cada tanto los representantes del imperio desentierran el desteñido tema de las conexiones entre las fuerzas del orden paraguayas y el narcotráfico, guerra que todo el mundo sabe que hace tiempo está perdida entre otras cosas porque los ejércitos que simulan enfrentarse en ella son en realidad grandes cómplices.

La Embajada norteamericana del Paraguay, para no ir lejos, fue la primera en colaborar con el negocio levantando cortinas de humo para encubrirlo ante la misma opinión pública norteamericana. Cuando el 24 de mayo de 1972 el influyente columnista del Washington Post, Jack Anderson publicó su recordado artículo -reproducido en 600 periódicos de todo el mundo- donde implicaba en el tráfico de drogas al número dos de la dictadura paraguaya -y luego narco-presidente- Andrés Rodríguez, el embajador norteamericano en Asunción J. Raymond Ylitalo desmintió airado las acusaciones afirmando que "el ataque sobre los funcionarios del gobierno del Paraguay es irresponsable y de brocha gorda".

EL CANNABIS, DIVISAS AL ALCANCE DE LA MANO

Para obtener divisas del Cannabis, el obispo Fernando Lugo tiene la lapicera en la mano. Sólo debe hacer gala de su cacareado nacionalismo y celo por la soberanía nacional, y enviar a la DEA y a otros organismos de la embajada norteamericana de Asunción con la música a otra parte.

Lugo dice admirar a Evo Morales, pero la dignidad del presidente boliviano brilla por su ausencia en Paraguay, donde el clérigo-presidente vuela en helicóptero con la embajadora Liliana Ayalde supervisando el asalto de tropas norteamericanas a propiedades campesinas, las cuales invaden para destruir humildes viviendas rurales, donde sobreviven labriegos abocados al cultivo de marihuana.

Al mismo tiempo, afirma defender la soberanía energética la "soberanía energética" protegiendo con la milicia paraguaya la invasión de los brasileños que promueven en Paraguay el modelo de la transnacional Monsanto, y leyendo los escritos sobre la controversia paraguayo-brasileña del máximo entregador de soberanía energética de la Historia, el político Liberal Efraim Cardozo, responsable de la pérdida de cincuenta mil kilómetros de territorio petrolífero en las negociaciones para la paz del Chaco

En tanto las divisas de la venta del cannabis se pierden en los esfuerzos del gobierno paraguayo por hacer méritos ante la insaciable embajada norteamericana, la prensa distrae a la opinión pública con el incierto tema de Itaipú.

La posición se explica porque la totalidad de los integrantes del gobierno del obispo pertenecen a las logias vinculadas a las ONGs derechistas, conectadas al flujo de dólares de la ultraderecha de Washington, y se encuentran omprometidos hasta la coronilla con las políticas del imperio.

FANTOCHES EN UNA GUERRA DE MASCARADAS
Como todas las guerras que Estados Unidos emprende ensanchando sus responsabilidades en lugar de retraerlas, de acuerdo a la tríada de John Quincy Adams que fue recogida por W. (intervención preventiva, unilateralismo y hegemonía), la guerra al narcotráfico que invocan los imperialistas de hoy es sólo una reafirmación de la Fe norteamericana en el aforismo que alguna vez plasmara con pluma maestra F. Scott Fitzgerald, en The Crack Up: "la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad de sostener al mismo tiempo dos ideas contrarias en la mente".

NIXON Y LAS DROGAS
Richard Nixon, por mencionar a ídolos de ayer, hoy y siempre, había prometido destruir la amenaza a las drogas allá por junio de 1971. Ese mismo año fueron arrestados un diplomático filipino, el hijo del embajador de Panamá ante Taiwán, un general laosiano y el embajador de Laos ante el gobierno francés por traficar una suma de 220 kilos de heroína. Todos eran activistas anticomunistas financiados por la administración Nixon.

El diplomático Laosiano, el príncipe Sopsaisana, era la cabeza de la LIga anticomunista asiática y asesor político del jefe de la CIA en Laos. La heroína había sido refinada a partir del opio en el cuartel general de la CIA en Long Tieng y transportada desde allí por el general M. Secord, de la United States Air Force. Las tropas laosianas del general Vang Pao pudieron así combatir a los comunistas de Vietnam del norte gracias a los dividendos que obtenían traficando heroína, del mismo modo que los chinos nacionalistas habían podido hacer lo mismo ante las fuerzas maoístas merced a la heroína del ocupado "triángulo dorado" de Birmania.

Esta era sólo la reedición de la estrategia que había funcionado por primera vez en 1946, cuando la inteligencia estadounidense -que ya contaba por entonces con asesores Ex SS Nazis como Reinhard Gehlen, había obtenido el indulto del mafioso Lucky Luciano y lo había enviado a organizar la mafia siciliana, como método alternativo para enfrentar la amenaza comunista en Italia. Luciano aprovechó las franquicias para organizar la ruta del narcotráfico de Medio Oriente a New York, con escala en Marsella.

La célebre "conexión francesa" se construyó sobre las bases que sentó Luciano y se alimentó en gran parte del dinero que generaba su aparato de distribución montado en Sudamérica por el ex-agente de la GESTAPO Auguste Ricord. Este luego caería en desgracia, no por introducir montos siderales de la "nieve blanca de Marsella" en Estados Unidos, sino por una interna en la inteligencia francesa que enfrentó al jerarca de la SDECE, Roger Barberot, con el presidente George Pompidou y la CIA.

Fastidiado, Nixon retiró la protección con que contaban los laboratorios de Marsella, terminando la comedia con el arresto en Paraguay del dueño de "Paris-Nizza", a cuyos protectores la embajada norteamericana había defendido con tanto entusiasmo.

Medianamente aclarados estos puntos, podríamos sugerirle a la procónsul imperial Liliana Ayalde y a sus connacionales que, en honor a la autenticidad, deberían más bien mostrarse agradecidos al narcotráfico por haber permitido pagar la cruzada anticomunista en Asia, haber proveído fondos a Reagan para enfrentar a los sandinistas, a la CIA emprender a través del Crack una solapada limpieza étnica contra los negros en California y financiar a los héroes de Bin Laden contra la Unión Soviética en Afganistán.

Sin correrías como esta última, tal vez los bromistas a sueldo de la CIA hoy deberían estar trabajando en fabricar nuevos enemigos y fraguando montajes como la explosión del Maine, el ataque consentido de Pearl Harbor o la falsa agresión al destructor USS Maddox en el Golfo de Tonkín.

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