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Etiquetas:   Botella al mar   -   Sección:  

Mercado

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
miércoles, 14 de enero de 2009, 08:12 h (CET)
Estamos en tiempos de rebajas, con el fin de paliar en lo posible eso que vulgarmente se conoce como “cuesta de enero”. Pero es verdad: es esta una época en la que (la mayoría) tenemos cuestas cada mes del año, de modo que algo preparados sí que estamos ya para este tipo de incidencias, no podemos decir que no: es la costumbre. Y en lo que al fútbol respecta, sabido es que este primer mes de cada año sirve para arreglar, en lo posible, esos pequeños (o grandes, porque de todo hay) desperfectos que la competición ha ido dejando por el camino. Desperfectos en forma de lesiones, o bien de malas situaciones clasificatorias.

A lo largo de estos meses, las inmaculadas intenciones con que cada equipo saltaba a la competición han ido tomando cuerpo en algunos casos, pocos, mientras que en el resto, que son mayoría, ese mismo paso del tiempo no ha hecho sino concretar una serie de problemas en el edificio que, de no mediar arreglo (y casi siempre de forma urgente), amenazan con echar abajo toda la estructura, hasta sus mismísimos cimientos. Y es por ello que los directivos se afanan en la búsqueda de soluciones, que unas veces pasan por sacar del banquillo a aquel inquilino a quien en su día estrecharon la mano y abrazaron, como si de un amor para toda la vida se tratara, y a veces pasan por buscar en el mercado a ese jugador-milagro que arregle todos los males; y a precio de saldo, a ser posible. Pero es inevitable establecer comparaciones.

En esta suerte de mercadillo, donde todo se compra y se vende al mejor postor, sucede como en la vida misma. Las mercancías se colocan a la vista de los ávidos compradores, se establece un precio de partida que un buen negociador podrá rebajar hasta cuadrarlo con su previsión, y sucede asimismo que, mientras no lleguemos a casa y no nos las probemos de verdad, no sabremos si dichas gangas resultarán vistosas a la par que prácticas, o si muy al contrario pasarán al fondo de armario, y no precisamente para lucirlo en alguna fiesta, sino más bien para ponérselo cuando de limpiar la casa se trate. Son a veces los riesgos de comprar más con el corazón que con la cabeza.

Nombres ilustres, y otros no tanto, asaltan estos días las páginas de los periódicos y llenan asimismo minutos y más minutos en cualquier emisora de radio o en la televisión. Son aquellos en quienes las masas ponen toda su esperanza, entre otras cosas porque les han hecho creer que su vida debe estar más pendiente del fútbol que de otras cuestiones, a veces demasiado propias como para poder obviarlas: aún así (y curiosamente), lo consiguen. Y es por ello que abrazan con fervor religioso el icono del nuevo salvador, obviando que hay otros problemas mucho más importantes y apremiantes que desde luego jamás podrá solventar su nuevo ídolo.

Y lo peor de todo es que, además, no son conscientes de que unos simples euros han hecho que este haya recalado en su equipo, y no en el rival. A fin de cuentas, fichar por uno o por otro no significa demasiado para estas estrellas del balompié, aunque los aficionados lo vivan de otra manera bien distinta. Pero cojan cualquier ejemplo: tan solo la oferta que se pone encima de la mesa es definitiva a la hora de que se decidan por uno u otro club, lo que implica que la confección de las plantillas responde a una única cuestión: el dinero. Y que en función de él, en gran medida, se alzan finalmente los trofeos. Es cierto que los títulos no siempre los ganan los que más dinero tienen; pero tan cierto como ello es que jamás los ganan, ni los ganarán, los que no lo tienen.

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