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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Alianzas y lapidaciones

Luis del Palacio
Luis del Palacio
miércoles, 14 de enero de 2009, 07:15 h (CET)
Algún tonto solemne (creo que fue Otto von Bismarck, por lo que retiro lo de tonto) dijo aquello de que “la política es el arte de lo posible”. Fuera quien fuere quien acuñó la frase, pretenciosa y bastante huera, hubo después quien se encargó de corearla hasta que cayó en el olvido. Como decía Manuel Machado “hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas son; y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor”.

Sin embargo, algunas de esas coplas sí tienen un autor mucho más cercano, que nos resulta conocido, casi familiar. Es, por ejemplo, el caso de la llamada “alianza de las civilizaciones”, pobre ocurrencia, nula de contenido pero que parece haber sentado cátedra; lo que equivale a decir que la tontería ha calado y que su número de corifeos va en aumento.

Para empezar existe un error de concepto: las civilizaciones nacen, se desarrollan y mueren unívocamente, alimentándose de lo que las diferencia de las otras, por fricción y. en demasiados casos por enfrentamiento e imposición. La única alianza posible es la “Pax romana”, el proceso de aculturación por el que el pueblo dominado va renunciando a su propia cultura, a su propia lengua, convirtiéndose poco a poco en “el otro”. En este sentido es mucho más preciso (aunque no por ello menos lamentable) el término “globalización”. Con él no se pretende engatusar a nadie, sino que simplemente sirve para denominar al ambicioso proyecto de las multinacionales más poderosas del planeta, que aspira a hacernos consumidores globales: cada habitante de la Polinesia, del Tibet, del desierto de Kalahari, de la Amazonia o de la Tundra, es un consumidor en potencia y para que pase, escolásticamente, de la potencia al acto –para que compre software, coches, hamburguesas, bebidas de cola, móviles…- hay que crearle la necesidad del producto que vendemos. Como estrategia de marketing se trata de un sensacional hallazgo, aunque no supere ningún examen de moralidad.

La “alianza de las civilizaciones” es otra historia. Se trata de “algo de aquí”, fruto de la mente preclara de un “maestro ciruela” metido a estadista. Y si no se pasara de convocar de vez en cuando al famoso forum, de editar boletines con ideas más o menos peregrinas sobre cuestiones pseudo antropológicas, el capricho sólo podría tildarse de un poco caro, pero, después de todo, inofensivo por su intrascendencia.

No obstante, los recientes acontecimientos que han recrudecido las relaciones entre palestinos e israelíes, enfrentándolos en una cruenta y desigual guerra, han sido un buen pretexto para comprobar si el juguetito funciona: el adalid de la “alianza de las civilizaciones” invitó al líder de la Autoridad Palestina a venir a Madrid para ofrecerle su apoyo moral (el económico, dada la crisis, se redujo a cinco millones de euros destinados a ayuda humanitaria) y a los pocos día exigió, en nombre del gobierno que representa a todos los españoles, un alto el fuego y el cese de las hostilidades por parte israelí. El Maestro Ciruela, que no se encomienda ni a Dios ni al diablo, hace declaraciones absurdas, demagógicas, y pone de manifiesto el verdadero “talante” de su famoso tenderete: el análisis de la situación que tiene en liza a ambos pueblos desde hace sesenta años no cuenta entre las prioridades de quienes promulgan tan estupenda alianza: esta vez le toca al “pueblo elegido” ser el villano de la historia. Y basta. No existe el terrorismo islamista y los constantes ataques de Hamas contra intereses israelíes, en puntos próximos a la franja de Gaza, son tapados por la cortina de humo de la más rancia progresía, que grita consignas que creíamos periclitadas y exige que Obama se pronuncie.

Pero Obama, calla. Con muy buen acuerdo, el Presidente electo de los EEUU no dirá nada antes del 21 de enero; el día siguiente a la jura de su cargo. El nuevo presidente es una incógnita, y el rumbo que tomará su política exterior pertenece al arcano.

La “cosa de la alianza” terminó esta semana no con una cacerolada –Pilar Bardem tenía una pequeña luxación en la muñeca- sino con una lapidación de la fachada de la embajada de Israel en Madrid. Todo como “muy alianza”.

Entretanto, De Juana (él, que lleva el caos de segundo) paseaba su cara de vinagre por las brumosas calles de Belfast, en una manifestación… ¡por el alto el fuego y la paz en Gaza! (Es evidente: como “Otegui es un hombre de paz”, De Juana también lo es)

En ese desfile de “caras conocidas”, que ya aburre por consabido, me sorprendió una: la de Federico Mayor Zaragoza, antiguo Director de la UNESCO, político ecuánime, científico e intelectual comprometido, a quien jamás habría imaginado jugando a la “alianza de las civilizaciones”, mano a mano con Zerolo.

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