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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¡Doña Magdalena, qué pena, qué pena!

Miguel Masssanet
Miguel Massanet
martes, 13 de enero de 2009, 05:17 h (CET)
Debo confesarles que me da pena. Hubo un tiempo en que me pareció un mal sueño, algo así como una de estas pesadillas que te amargan la noche, en la que cada paso que das, cada escena onírica que cruza por tu mente está cuajada de desvaríos, peligros y situaciones comprometidas de las que uno se ve incapaz de librarse. Así me sucedía a mí con la señora Magdalena Álvarez. Quizá contribuyó a ello el tono desafiante de la ministra, su actitud chulesca de manola de Lavapiés nacida en Andalucía o su postura despectiva hacia aquellos que le reprochaban su incompetencia al frente del ministerio de Fomento. Pero aquello ya lo tengo superado. Es cierto que su mentor, el señor Zapatero, debido a su especial mentalidad de resentido-revanchista-cabezón, no se podía permitir que, a una señora a la que había auspiciado él, a la que había defendido y a la que tanto en Barcelona como en el Parlamento de la nación, se la había puesto de chupa de domine por parte de la Oposición política; ahora se la obligara a dimitir, admitiendo de esa forma su fracaso como ministra. En consecuencia, nuestro Presidente, tuvo la desfachatez de mantenerla en su cargo hasta el fin de la legislatura y, aún más, y para mayor muestra de lo que significa “mantenella y no enmendalla”, ha tenido la humorada, la sádica idea y la despendolada bribonada de nombrarla, otra vez, como titular del mismo ministerio, el de Fomento, el escenario donde representó el espectáculo más deprimente y costoso para las Arcas del Estado, de todos los que pudieran haber protagonizado los que le precedieron en el cargo.

Pero ahora no, no puedo dejar de compadecerme de ella porque, señores, debemos reconocer que la pobre es gafe. Le crecen los enanos como setas por allí donde se extiende su omnímodo poder. Verla dando explicaciones, en el Parlamento, a sus señorías, era algo realmente penoso, desconcertante y, debemos reconocerlo, difícil de comprender; porque la señora ministra habla sincopada, parece que cada frase que elabora es como si fuera un parto, solo que en el aspecto verbal, en el que contracción a contracción van surgiendo, esto si inconexas y deslavazadas, palabras que, sin duda alguna, quieren ser explicaciones pero que cuesta enlazarlas para darles sentido y entender lo que quiere decir, si es que, en realidad, quiere decir algo.

Encogida, humillada y hasta un poco perdida, la señora ministra tuvo que justificar algo que es imposible que se justifique. El tema de Barajas ha conseguido aglutinar en un solo aeropuerto todos los fallos que se pueden cometer en la gestión del mismo. Si malo es que los pilotos están haciendo huelga de celo, peor es que se tenga a los viajeros sin explicaciones, se les mantenga 14 o 15 horas esperando, durmiendo por las salas de espera, desesperados por perder sus enlaces y aburridos de sentirse impotentes, desinformados y relegados a la categoría de bestias por las compañías aéreas culpables del desaguisado pero, en mayor medida, y esto ya no tiene calificativo posible, por un organismo gestor dependiente del ministerio de Fomento, conocido como AENA. Que la ley de huelga necesita revisarse, es algo que todos los que hemos tocado el tema laboral lo sabemos desde hace muchos años; que el obligar a la fuerza, por medio de piquetes, a participar en ella a los trabajadores que no quieren hacerlo, hace años que está prohibido por Ley, pero se consiente. De hecho, nunca he visto que la autoridad laboral sancionara a ninguno de los que formaron dichos piquetes. Pero que una huelga pretenda presionar a una empresa causando perjuicios a personas que nada tienen que ver en el conflicto es una flagrante dejación del Estado de hacer cumplir las leyes que protegen los derechos de los ciudadanos.

Es imposible justificar el cierre durante 6 horas de Barajas con la simple excusa de que las pistas tenían dos centímetros de nieve. Un aeropuerto moderno, si es que no tiene sistemas de calefacción para evitar el hielo en las pistas, no dispone de los líquidos especiales con los que se cubren las pistas para hacerlas operativas o se arbitra un sistema de máquinas quieta nieves que pongan remedio en un corto espacio de tiempo; es que se ha planificado con los pies y no con el cerebro. Nada de eso se tuvo en cuenta y, la señora ministra de Fomento está para algo más que para sentarse en una poltrona que, a todas luces, le viene tan ancha que apenas se la puede distinguir cuando está sentada en ella. Lo de Barajas ya es endémico y, sin duda, una vergüenza para un país que se las da de abanderado del turismo y, por ello, obligado a recibir como se debe a todos los viajeros que nos visitan.

Pero a la pobre doña Magdalena (se enfada si la nombran de otra manera) no le bastó lo de Adena y tuvo que sufrir las críticas de sus señorías por el estado de las carreteras nacionales (no, como ha querido hacer ver, las autonómicas) que, al primer atisbo de nieve ya quedan inutilizables y colapsadas por los automóviles que, inevitablemente, sufren las consecuencias de una mal estado, un mal acondicionamiento y una deficiente organización de los medios de que se disponen para evitar tales atascos. Debemos reconocer que los servicios meteorológicos tampoco estuvieron muy diligentes y que, en Madrid, por ejemplo, la noche anterior ya se tenía noticia de que se acercaba una tormenta de nieve y nadie pareció tomárselo en serio. Lo que ocurre es que la desidia municipal en cuanto a prever problemas de circulación en la ciudad, alcanza cotas insospechadas y así, en lugar de adelantarse a echar la sal cuando las calles todavía están secas para evitar que la nieve cuaje, se hizo muchas horas después en el momento en que la nevada ya era un hecho consumado. Lo peor es que, al parecer, los altos cargos del municipio, con el señor Gallardón al frente (según se dice en los mentideros), no se reunieron para planificar la operación contra la nieve, hasta las 13’30 del día de autos. En fin, que, como tantas veces hemos comentado, “los unos por los otros la casa sin barrer” y cundo se trata de sacudirse las culpas de encima todos los políticos son extraordinariamente diligentes en eso de sacarse las pulgas de encima y pasárselas al vecino más próximo.

Pero, si hay algo que clame al cielo es que se mantenga a la señora Magdalena Álvarez al frente de un ministerio de tanta responsabilidad, que tanto dinero maneja y que es garante de la seguridad vial nacional y de las grandes infraestructuras. Esta señora, puede resultar graciosa, puede ser hasta ocurrente, pero lo que si está diáfano es que es una rémora para el correcto funcionamiento del ministerio de Fomento. Es preciso que Zapatero rectifique y la devuelva, cuanto antes, al puesto del que la sacó, para que pueda continuar su vida sin tanto ajetreo político y sin incordiar más a los ciudadanos españoles.

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