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Confianza en Obama

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 13 de enero de 2009, 05:17 h (CET)
La cuenta atrás para que “el primer presidente negro” ocupe el sillón del despacho oval de la Casa Blanca en Washington, se acerca con la emoción propia de un lanzamiento espacial al “¡Zero!...” del próximo día 20 en las escalinatas del Capitolio. Y está llegando con la decepción pintada en el rostro y en los comentarios de algunos “listos”, que, sobre todo en España, creían que, por fin, iban a tener en los Estados Unidos de América un “presidente zurdo”, porque ya querrían haber escuchado al todavía “presidente electo”, pronunciarse sobre algunos candentes temas que le aguardan nada más terminen los fastos de su juramento.

En su país muchos braman porque ha elegido un gabinete bipartidista, incluyente, y no divisivo; por otra parte, lo que dijo que iba a hacer. Es decir, incluyendo progresistas, moderados, y conservadores; republicanos y demócratas. Negros, blancos y mestizos como es él mismo; hombres, mujeres, hispanos y hasta un asiático. No se ha inclinado por ninguna línea en especial; con sumo tacto y sentido común se ha movido entre lo que es la compleja realidad del país.

Sin embargo, a pesar de esos pasos dados con pies de plomo, Obama va a ser un chasco para muchos de sus votantes, no sólo de sus utópicos y lejanos admiradores. Se han puesto muchas expectativas en él. Un experto compatriota suyo buen conocedor de la política interna norteamericana afirma que ni 100 años le alcanzarían para cumplirlas. En USA, más bien se piensa en “Súper Obama”.

Descartada entonces la bobalicona fe en un “presidente de izquierdas” de nuestros inefables socialistas, y la ingenuidad de todo el que necesita resolver algo en USA y confía en que el nuevo Presidente se lo arregle, cabe preguntarse: ¿De dónde entonces tener confianza en Barack Obama?... y la respuesta no es difícil. La sudorosa senda que ha seguido hasta estar en las condiciones de adoptar las prudentes decisiones más arriba anotadas ha sido muy difícil demostrando gran inteligencia y sabias maneras políticas. Derrotar a “los Clinton” dentro de su propio partido, no debió ser tarea fácil, y hacerse después con ellos, menos aún. Desbancar a McCain, acusado como estaba de ser socialista y amigo de terroristas, tampoco es moco de pavo frente a un héroe de la guerra de Viet Nam, pero el triunfo fue clamoroso, y se lo llevó de calle. Digamos que derrochó talento, esfuerzo y maneras, “embetunado” y todo, y, eso, en un país que todavía no había roto con el prejuicio racial, y que, ¡por fin!... como en una película de Sydney Poitier, ha podido con esa muralla. Tan sólo en 1964, el novelista Irving Wallace publicó una gruesa novela, “El hombre”, con la fantasía de un negro que por primera vez llega a la Presidencia de los Estados Unidos de América.

El reto que tiene ante sí es descomunal, y lo es para estar todo el mundo de acuerdo en ello. Este columnista cree que el primero en entenderlo así es el propio Obama –ahí reside la primera y abismal diferencia con nuestro enanito ZP, que, en cambio, tomó de modelo a Don Tancredo-, más los prudentes pasos que ha dado en cuanto a su gabinete, y el acierto en las soluciones adoptadas para Guantánamo y la guerra de Irak, inspiran confianza. Los norteamericanos no han elegido a un atolondrado ni a un mentiroso, sino a un hombre que, en plena y pavorosa crisis les ha vendido esperanza. Y todo el mundo sabe que de las crisis se sale con ilusión, con talento, con esfuerzo, y cuando es necesario con “sangre, sudor y lágrimas”. Es tan enorme el entusiasmo que Obama ha producido en su pueblo, que si tal extremo les pidiera, se lo darán con gusto, ejemplos hay en la Historia. Todo menos ofrecer, día tras otro, una sarta de mentiras enristradas unas con otras.

Pobre Barack Obama. Inevitablemente va a defraudar a muchos. Hay tantas expectativas puestas en él, que va a ser imposible que le cumpla a todos.
La gente espera que resuelva la crisis económica mundial, que termine la guerra en Irak, que capture a Osama bin Laden, que acabe con el calentamiento global, que logre un acuerdo entre israelíes y palestinos, que reviva a América Latina, a Africa y a Asia, que le ponga punto final a las dictaduras, y que haga todo lo que los últimos 10 presidentes norteamericanos no pudieron hacer.

Obama tiene una misión imposible. Ni 100 años le alcanzarían para cumplir todas esas expectativas.

Es curioso cómo en todo el mundo esperan grandes cosas de Obama. Hace poco tuve la oportunidad de entrevistar a la ex rehén colombiana, Ingrid Betancourt, y ella me comentó que esperaba que Obama ayudara a la paz en Colombia y a la liberación de cientos de personas secuestradas por las guerrillas de las FARC.

El presidente mexicano, Felipe Calderón, tampoco se quedó muy atrás cuando sugirió que Obama debería ayudar en la creación de empleos ... en México. Y hasta los co-dictadores cubanos, los hermanos Fidel y Raúl Castro, esperan que Obama levante el embargo contra la isla.
Quien lo dude, sólo debe hacer éste experimento. Preguntar a cualquiera sobre el presidente electo de Estados Unidos, y la respuesta, casi siempre, empezará con algo así: "Yo creo que Barack Obama debería..."

Sí. Cualquier cosa que no nos guste en este mundo y que queramos cambiar, se la podemos enviar a la Casa Blanca a Obama.

Por ahora, antes de pasar su primera hora como presidente, muchos piensan en él como si fuera Súper Obama. Y es que Obama parece que apareció de la nada y está a punto de convertirse en el hombre más poderoso del mundo. No es poca cosa.

Luego de estar sólo cuatro años en el Senado de Estados Unidos, se lanzó como precandidato a la presidencia. Muchos dijeron que era un iluso, que no iba a poder. Y pudo.

Después, los políticos más experimentados y los viejos periodistas, sobrevivientes de mil batallas, dijeron que Obama jamás le podría ganar a la maquinaria de los Clinton. Y pudo arrebatarle la candidatura presidencial del Partido Demócrata a Hillary.

Bueno, Obama llegó a su límite, pensaron los republicanos. Es imposible que un joven afroamericano de sólo 47 años le pueda ganar a un héroe de guerra como John McCain en un país que no ha superado el racismo. No va a sobrevivir los ataques personales ni las falsas acusaciones de que era amigo de terroristas y de que tenía en secreto una filosofía socialista, dijeron. Se equivocaron. Obama barrió con McCain; obtuvo 365 votos electorales contra solo 173 de McCain.

Es decir, todas las veces en que se ha apostado en contra de Obama, él ha ganado. Por eso tiene fama de invencible (aunque no le vaya a durar mucho más).

Lo que pasa es que Obama vendió esperanza durante la campaña presidencial. Y quien siembra esperanza, crea expectativas. Varios grupos no le van a permitir ni un mes de tiempo en la Casa Blanca cuando ya le van a estar exigiendo resultados.

Mi pronóstico es que Obama tendrá una luna de miel muy corta. Va a durar hasta que salga la primera cifra de desempleo durante su gobierno o cuando caiga, una vez más, la bolsa de valores.

Mientras tanto, Obama es como el Santa Claus con un gigantesco saco de regalos. Y ya que todos están pidiéndole algo, esto es lo que yo le diría si me lo encontrara cruzando una calle en Washington.

¿Se acuerda de la entrevista que tuvimos el 28 de mayo del 2008 en una estación de trenes en Denver, Colorado? Seguramente no se acuerda. Esa fue una de miles de entrevistas que dio a la prensa. Pero no se preocupe, ahora le recuerdo.

Cuando le pregunté si usted estaría dispuesto a legalizar a millones de indocumentados durante los primeros 100 días de su gobierno, me dijo que no. Pero luego añadió: "Pero lo que sí puedo garantizar es que en el primer año tendremos una propuesta de reforma migratoria."

Perfecto. Le diría que con esa promesa basta y sobra, que la cumpla y luego me despediría. Otros vendrían detrás de mí a presentar sus deseos al nuevo Aladino de la política mundial.

Esa promesa de Obama significa que antes del 20 de enero del 2010 millones de personas podrían salir de la oscuridad en Estados Unidos. Los países se definen por la manera en que tratan a los más débiles. Y en el caso de Estados Unidos los más débiles y vulnerables son los indocumentados.

Y termino contándoles una anécdota. El 5 de noviembre, un día después de la elección de Obama, estaba escuchando las transmisiones de una estación de radio en español de Los Angeles. El ambiente era eufórico. Ayer, decían los locutores y los radioescuchas, vivíamos sin esperanza de que fueran a legalizar a millones de indocumentados. Y hoy todo ha cambiado. Obama lo va a hacer.

Ojalá no se equivoquen. Obama tiene muchos problemas que resolver. Lo entiendo. Pero no se puede olvidar de los casi 7 millones de hispanos que votaron por él y de los 12 millones de indocumentados que esperan que él les de una oportunidad de vivir sin miedo.

Esto es lo que pasa cuando se elige a un vendedor de esperanza.
Actualidad política
Nadie piensa que Obama no es un político. Yo más bien pienso que es un político extremadamente estratégico e inteligente, y que quienes quieran burlarse de esta forma de operar, llamándola naive (inocente) o peor aún, hipocresía, deben dar por lo menos el beneficio de la duda, porque al fin y al cabo lo que importa más allá de quien sea su equipo, es que resultados obtiene una vez llegue a la presidencia.
La más reciente controversia gorda tuvo que ver con la selección del Pastor evangélico Rick Warren, un opositor del matrimonio gay, a pronunciar la invocación el día de la investidura de Obama en la presidencia. La comunidad gay está indignada porque Warren hizo campaña a favor de la Proposición 8 de California, que invalidó el matrimonio entre parejas del mismo sexo.

Pero Obama, nuevamente, defendió su elección diciendo que es preciso mantener el diálogo y la comunicación con personas que piensan diferente que uno y que representan a un vasto segmento de la población estadounidenses. Obama, hay que decirlo, defiende los derechos constitucionales de los homosexuales pero no es partidario, él mismo, del matrimonio gay. Él lo dijo y se mantiene consistente en ello.

En mi opinión, hay que esperar a ver como gobierna. Si Obama traiciona sus promesas, es ineficiente y permite que las posturas ideológicas de algunos de sus designados predominen por encima del sentido común y del necesario cambio- entonces podremos criticarlo.

Entretanto, yo prefiero pensar que está cubriendo sus bases para gobernar de una manera incluyente y permitirle llevar adelante una ambiciosa plataforma que puede producir un significativo progreso en asuntos sociales. Sospecho que si gobernara como un progresista estridente, no llegará muy lejos.

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