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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Política   -   Sección:   Opinión

¿Cómo puede afectar a la Monarquía un gobierno con Podemos?

“En los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las panaderías” José Ortega y Gasset
Miguel Massanet
viernes, 5 de febrero de 2016, 08:05 h (CET)
Podemos afirmar que, a nuestro criterio, el rey Felipe VI ha estado manejando con habilidad y oficio este difícil trance de ir recibiendo a los representantes de las distintas formaciones políticas, con representación parlamentaria, para consultarles sobre sus preferencias y apoyos a la hora de escoger a uno de ellos para someterse, en el Parlamento, al debate de Investidura. No ha sido tarea fácil porque, en esta ocasión, las circunstancia políticas del momento difieren de las que estuvieron presentes en las anteriores elecciones legislativas.

En todo caso no podemos menos de sentir que el cansancio de la ciudadanía debido al alargamiento del proceso de crear un nuevo gobierno, la avidez de los medios informativos de intentar adelantarse a los acontecimientos y el efecto enervante de las opiniones de los diversos tertulianos, reunidos en los platós de las distintas cadenas de TV o en las sedes de las emisoras de radio; todos ellos doctos, enterados, bien informados, que han recibido “soplos” de “personas de categoría y prestigio” y que se esfuerzan en dar la sensación de ser ellos los que tienen la solución adecuada, para solicitar este maldito embrollo derivado de las elecciones del 20D, aunque el tiempo se encarga, quizá demasiado rápidamente, de dejarlos colgados de la brocha porque, seamos honestos, tenemos la desalentadora sensación de que ni el Rey ni los propios dirigentes de los partidos tienen la pajolera idea de cuál va a ser el resultado de este diabólico rompecabezas donde se suman las ambiciones personales, los rencores, el amor propio de los dirigentes, los proyectos rupturistas de los comunistas y el intento de sumar adeptos para las distintas opciones, cuidando de no pasarse y dar al traste por un error, con el proyecto.

El señor Sánchez se esfuerza en mostrarse optimista, quizá demasiado, cuando apenas ha empezado las consultas con los partidos de menos representación parlamentaria y, aún así, uno de ellos, la delegada por Canarias, ya fue la primera en darle calabazas. Sin embargo, es evidente que, la prensa, especialmente la de izquierdas y la separatista, como es el caso de La Vanguardia, lo mismo que las cadenas televisivas, la mayoría dominadas por comunistas y socialistas; se esfuerzan al máximo en simular que un gobierno en el que el PP ( no olvidemos que fue el partido más votado) cediera y se abstuviera, en bien de un gobierno en minoría formado por el PSOE y Ciudadanos (una formación que tenemos la impresión que se ha comprometido en una tarea que está por encima de sus capacidades y, por supuesto, del número de parlamentarios que la apoya). Nos preocupa que ello pudiera ocurrir debido a que, un gobierno de estas características, carecería de la estabilidad necesaria para poder tomar decisiones de importancia, no dispondría de la agilidad precisa para actuar en casos de temas urgentes y estaría sometido a la tenaza, de izquierdas o derechas, que podría dificultar, en momentos determinados, el afrontar con solvencia y rapidez temas de carácter internacional y de nuestras relaciones como socios de la CE.

El único punto que puede dar confianza a los españoles que, no pertenecemos a los grupos de izquierdas, es el hecho incontestable de que el PP tiene los escaños necesarios, tanto en el Parlamento como en el Senado, donde tiene mayoría absoluta, para evitar que la Constitución pueda ser reformada si ellos no quieren. Y esto nos lleva a un punto muy importante, una situación muy complicada que pudiera presentarse a la monarquía española y, en consecuencia, a la actual familia real si, como tenemos el peligro de que pudiera suceder, se formara un gobierno en el que Podemos pudiera tener la fuerza necesaria ( no precisaría demasiada dada la poca solidez, como estadista, del señor Sánchez) para intentar reformar o anular la actual Carta Magna y, en consecuencia, se decidiera que el actual sistema político de Monarquía Parlamentaria se substituyera por uno de corte republicano.

Vean ustedes que el que les escribe este comentario tiene simpatías por un sistema republicano del estilo de los vigentes en Alemania, Francia o los mismos EE.UU de América, en los que los parlamentos dan cabida a toda clase de representaciones de las distintas sensibilidades políticas. Sin embargo, en España existe la impresión equivocada, fomentada tanto por izquierdistas como por comunistas o separatistas, que los únicos que reivindican la república son ellos, de modo que en una hipotética república española quedaría ( como ahora pretenden hacer con el centroderecha del PP) limitada a un sanedrín de partidos de izquierdas lo que, como es fácil colegir, significaría lo mismo que entregarse a una dictadura al estilo de la de Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua, para no mencionar a la de la Cuba de los inextinguibles Castros. República sí, pero para caer en sistemas seudo-comunistas como los enumerados, preferimos al actual monarca que, al fin y al cabo, parece que sabe cumplir con su deber como monarca y como español.

En esta situación no es raro que, el PP, con o sin el señor Rajoy, insista en hacer valer su mayoría en las urnas y rechazar de plano cualquier combinación que pudiera ser un simple parche y que condenara al gobierno que saliera de ella a una interinidad y debilidad que sólo contribuyeran a crear aún un mayor caos del que actualmente se está perfilando. No olvidemos que lo que, en realidad, pretenden los de Podemos (los únicos que saben a ciencia cierta lo que desean) es crear una situación tal que permitiera en un momento dado dar un golpe de Estado que les dejara hacerse con el poder, como lo hizo Chávez en Venezuela. Esta sería la situación clave para que, dejando aparte lo que para Europa significaría tener otro frente comunista al sur de sus fronteras; las izquierdas, que han venido soportando a regañadientes la monarquía constitucional, aprovecharían para derrocarla y sustituirla, no precisamente por una república comme il faut, sino para intentar crear una franquicia en España del régimen chavista.

Nadie puede ser ajeno a lo que nos estamos jugando que es el porvenir de nuestra nación, el futuro de nuestros hijos y la paz y tranquilidad de la que hemos venido gozando desde que terminó la Guerra Civil y, especialmente, desde que la democracia, a la muerte del general Franco, se instauró en España, mediante una transición ejemplar. El pretender hacer experimentos políticos cuando estamos a las puertas de una recuperación económica, que nuestros esfuerzos ha costado, jugando a practicar políticas que, presuntamente, llevarían a un régimen igualitario; hablar de derechas e izquierdas; resucitar viejos problemas de castas; tomar decisiones insensatas, como las de Carmena retirando nombres de calles que, para algunos, representan a aquellos que libraron de las hordas comunistas a nuestro país o intentar crear barreras que limiten las libertades de comercio, de la industria, del turismo o de las personas, es una decisión temeraria que, en un momento determinado, pudiera tener un efecto contraproducente para la paz.

Nadie, en España, está en condiciones de tirar de la cuerda de los recuerdos que sujeta, en el arcano del pasado, la caja de la memoria íntima de los que cayeron en uno y otro bando que, los españoles, en un ejercicio de sentido común y generosidad, decidieron enterrar en las nieblas del pasado; no tiene otro efecto que resucitar los demonios de un acaecido pretérito que debiera de haber sido olvidado, en bien de la reconciliación nacional, desde hace muchos años. Desgraciadamente, los que impulsaron la ley de Memoria Histórica (es imperdonable que el PP, en cuatro años de legislatura, no haya sido capaz de derogarla), una de las “hazañas” de las izquierdas, lo que se proponían en realidad, como demostró con toda la evidencia posible, el juez expedientado y sancionado, Baltasar Garzón, no era más que mancillar la realidad histórica, buscar la revancha contra aquellos que los derrotaron por las armas y hacer pagar a los descendientes de los vencedores, por algo que tuvo lugar cuando la mayoría de ellos no había nacido, por haber salido vencedores de aquella contienda.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, resulta difícil de entender el que, un puñado de resentidos, todos ellos beneficiados de los esfuerzos de sus padres para que recibieran educación, se erijan, de pronto, en presuntos salvadores de la patria, cuando ésta sólo necesita que la dejen en paz para continuar por el camino de la recuperación y la esperanza.
Comentarios
ricardo magaro 05/feb/16    14:20 h.
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