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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Propiedades curativas

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 12 de enero de 2009, 09:49 h (CET)
(FUE TRENZARLO Y CONTARLO Y SUPERARLO)


A mi dilecto amigo Jesús Francisco, “Chus”, y a su hermana melliza Marisol, porque hoy, domingo, once de enero de 2009, cumplen años; por lo tanto, con cariño, de corazón, ¡muchas felicidades!

“Rosa, pura contradicción, voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados”. Epitafio de Rainer Maria Rilke

—Por favor; se lo ruego; déjeme aquí. Hágame caso. No quiero dar más guerra. Tras rezar más de diez horas seguidas, durante cada uno de los cinco últimos días, creo que he logrado prepararme a conciencia, para no espantarme cuando llegue la hora de la verdad y tenga que mirarle a la muerte a la cara, y aguantarle, impertérrita, la torva mirada que dicen que gasta. Calculo que, en un par de jornadas, como mucho, todo habrá terminado.

Otra noche más; y ya iban unas cuantas, haciendo acto de presencia la indeseada, la intemerata, o sea, interrumpiéndome el descanso la maldita pesadilla. Me acababa de despertar abruptamente, a las tres de la madrugada, volviendo a escuchar, por enésima vez, cómo la señora Rosa García aducía con apenas un hilillo de voz el mismo discurso.

En los seis años largos que llevaba trabajando de bombero, salvo por el caso de un enjambre, que se había formado en el exterior y en el interior de una persiana de madera (al colarse de rondón, por un hueco de la misma, la abeja reina), ninguna otra actuación (fuera de rescate de personas o no) me había afectado tanto anímicamente.

Como me aconsejó que hiciera, entre burlas y veras, Fermín, un compañero, que está sacándose la carrera de Psicología en la UNED, estando sentado, en este preciso instante, en una silla, con los codos apoyados en la mesa de la cocina y las manos formando una visera sobre la frente, mirando el folio, empuñando mi diestra un bolígrafo, me dispongo, sin más dilación, a escribir, azul sobre blanco, el relato de lo sucedido. A ver si así supero el impacto, el mal trago (y su corolario, el estrago):

“Rosa, una señora viuda, sin hijos, de 94 años, reside, desde hace la tira, en el séptimo, C, del número 46 (bis) de la algasiana avenida de Santa Ana. Como desde el lunes pasado, ni sus más allegados ni sus vecinos de planta sabían nada de ella y no contestaba al teléfono, sospechando que hubiera podido acaecerle algún accidente doméstico (e incluso morir), uno de sus deudos, su sobrina Petra, llamó a la Agencia Trionavara (interautonómica, formada por las Comunidades de La Rioja, Navarra y Aragón) de Emergencia para ponerles en antecedentes. Ésta dispuso al momento lo necesario, que dos dotaciones nuestras con sus correspondientes vehículos y una ambulancia medicalizada nos desplazáramos sin demora al punto indicado, a fin de que entráramos en la vivienda y nos cerciorásemos si la anciana se hallaba o no en su interior.

“Ante las dificultades que encontramos para acceder al domicilio por la puerta, pues la señora había mandado instalar, como medida de seguridad, un complejo mecanismo de cierre, resolvimos entrar al piso por el balcón de la cocina.

“Una vez estuvimos dentro de la vivienda, hallamos a doña Rosa, la nonagenaria, tranquila, tumbada de espaldas en el suelo del baño, con claros síntomas de hipotermia, deshidratación y astenia general.

“Fue trasladada en ambulancia al Hospital Comarcal “Ramón y Cajal”, donde mañana, si todo va según lo previsto, le darán el alta”.

En verdad, la literatura tiene, entre otras propiedades o virtudes, la de cicatrizar heridas y curar obsesiones, porque, desde que urdí, a grandes rasgos, el rescate de la señora Rosa y esa misma noche lo conté en el programa radiofónico de madrugada “No estás solo”, no he vuelto a padecer la renuente pesadilla ni a rememorar el parlamento de marras, que se había instalado en mi pesquis como un “okupa”, sin ninguna intención de salir a (las) buenas de él.

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