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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La peletería, un lujo inútil y sangriento

Julio Ortega Fraile
Redacción
martes, 13 de enero de 2009, 05:25 h (CET)
Estos días pasados no me ha quedado otro remedio, como a la mayoría, que deambular más de lo habitual por centros comerciales y tiendas viéndome atrapado una y otra vez en atascos automovilísticos y humanos de los que, cartera aparte, conseguí salir indemne.

En mis periplos consumistas de estas jornadas y debido a las temperaturas tan bajas que se están registrando, pude ver a todos los ciudadanos enfundados en sus chaquetones tratando de combatir el frío como mejor podían. Pero en esa marea de zamarras, parkas y anoraks, me llamó la atención la profusión de abrigos de pieles, dentro de los cuales había casi siempre una mujer. No es que yo sea un experto como para distinguir a primera vista los que son de piel natural de los sintéticos, pero puedo asegurar que en una proporción nada desdeñable no eran artificiales. El resto de la vestimenta y complementos de sus portadoras, incluyendo en la mayor parte de los casos la presencia de llamativas - y a veces estrafalarias – alhajas que en modo alguno eran de imitación, contribuían a averiguar el siniestro origen del abrigo.

Y me ocurrió algo inquietante; cada vez que me cruzaba con una de estas señoras que, no sé por qué, suelen mostrar un gesto adusto con un permanente rictus de contrariedad y notables aires de superioridad y suficiencia, yo no podía dejar de imaginar la siguiente escena: me representaba a la pilosa dama embadurnada de arriba abajo en sangre; tanto su piel como la ropa, se me antojaban cubiertos de manchas sanguinolentas y restos de coágulos ennegrecidos, con lo que cobraba el aspecto de un peculiar matarife enjoyado al final de su jornada de trabajo. Y a sus pies mi mente concebía docenas de cuerpos desollados, algunos cadáveres, otros todavía con vida, pertenecientes a los antiguos y legítimos propietarios de la piel que ahora exhibía la mujer, a costa no sólo de una considerable suma de dinero, sino y sobre todo del suplicio y la muerte de los únicos con derecho a llevarla, aquellos que la tenían pegada a su carne hasta que les fue arrancada por el hombre.

Y cuando digo docenas de criaturas agonizantes o sin vida no exagero, porque para que una sola persona se dé el capricho de llevar un abrigo de piel natural, ese es el número de vidas torturadas durante largo tiempo y al fin, sacrificadas para confeccionarlo. Así, al cruzarme con alguno de esos seres humanos cuyo aseo diario no logrará limpiar la sangre que les empapa ni todo su dinero podrá comprar la sensibilidad de la que carecen, en función del tipo de piel me imaginaba ante ellos los cuerpecitos completamente excoriados; unas veces eran 60 visones, otras 20 zorros, 40 corderos, 15 castores, más de 100 chinchillas, 15 gatos salvajes, 25 domésticos o 15 perros – en China se fabrican también con la piel de gatos caseros y de perros no sólo prendas de ropa, sino incluso peluches o partes de juguetes que luego adquirimos en Occidente -, más de 200 ardillas o el mismo número de armiños y así con otras muchas especies: conejos, linces, ocelotes, martas, antílopes, cocodrilos, zarigüeyas, focas, pumas, nutrias, serpientes, canguros, etc. La lista de animales asesinados para la fabricación principalmente de ropa y complementos como guantes, zapatos, cinturones o bolsos entre otros, es tan extensa como cruel y espantoso todo el proceso para su obtención.

En España la mayor parte de animales empleados en la peletería procede de granjas aunque un porcentaje considerable proviene de individuos capturados por medio de trampas en las que, en ocasiones, permanecen prisioneros durante largo tiempo hasta que mueren desangrados; otras veces logran escapar tras amputarse la pata atrapada; en este caso lo normal es acaben pereciendo igualmente a consecuencia de las tremendas heridas. Y esos campos de concentración y exterminio inconcebiblemente legítimos, tienen como víctimas en nuestro País principalmente a zorros y visones. Veamos algunos datos que reflejan la realidad de este sangriento comercio: las granjas suelen estar ubicadas lejos de zonas pobladas para que así no se puedan escuchar los pavorosos gritos de los animales allí confinados. Jamás salen de sus jaulas hasta el día del sacrificio y éstas son tan pequeñas, que el cautiverio y la falta de espacio alteran su conducta, llegando a darse episodios de automutilación. La única premisa es que su piel no resulte dañada, así que el resto de circunstancias que puedan afectar al animal son ignoradas. Cuando han crecido y su pelo es el adecuado para convertirlo en un suntuoso abrigo, se les da muerte – o así es aparentemente – de diversas formas, siendo las más comunes romperles el cuello, asfixiarlos con monóxido de carbono o electrocutarlos. En el último caso se les introduce un electrodo en la boca y otro en el ano; el animal es seguidamente despellejado tanto si está muerto como si ha quedado sólo aturdido porque la “cadena” de trabajo tiene sus tiempos prefijados y no admite alteraciones. Cuando se utiliza el gas pueden tardar hasta media hora en morir. Es habitual, repito, que se les arranque toda la piel aún estando vivos y de ello dan fe tanto los testimonios de trabajadores como imágenes obtenidas. Hay vídeos en los que se puede contemplar al animal con toda su carne a la vista, manchado de sangre y sin un solo centímetro de piel o pelo encima, pero se le percibe todavía moviéndose, en algún caso incluso girando su cabeza para mirar hacia la cámara que está grabando tan terrible escena. Es indescriptible la sensación que produce la visión de su cuerpo enrojecido en carne viva, en el que resaltan los globos oculares observando a su alrededor y así ser testigo de su interminable agonía tirado en el suelo, tras ser desollado y a la espera de ser “tratado” como el “residuo” inservible en el que se ha cometido.

¿Alguien puede imaginarse lo que sentiría si le practicasen un corte longitudinal sobre la piel y limpiamente, comenzaran a despegársela del cuerpo hasta sacársela en una sola pieza?. Pues eso es lo que se está haciendo con determinados animales de modo legal y esa es la realidad que esconden los abrigos de origen animal que vemos en desfiles, revistas, escaparates o puestos en algunas personas. Está claro que no abrigan más y mejor que las prendas sintéticas y que éstas últimas, para quien les parezca hermoso ese tipo de tejido, imitan con gran fidelidad a las de origen animal. Teniendo en cuenta esos datos, sólo puede quedar un motivo para escoger un abrigo de piel natural en vez de uno artificial: la ostentación. Es harto conocido como el exceso de dinero, el mal gusto, el egoísmo y la jactancia son factores que a menudo van unidos. Estas mujeres y hombres, que se sienten muy ufanos llevando un abrigo de lomos de zorro, de visón o de piel de astracán (obtenido de ovejas karakul recién nacidas o todavía en el vientre materno, lo que implica que ambas, madre y feto, sean degollados y el segundo despellejado), no son más que espíritus mezquinos y egocéntricos, cuyo desprecio por el sufrimiento y la vida de otros es sólo comparable a su endiosamiento. Porque sólo puede responder a una perversa degeneración de los valores el arrogarse el derecho de vestirse con la piel de docenas de animales capturados o criados como esclavos y a los que, muertos o todavía alentando, se les ha desollado.

La industria peletera, un afán de lucro basado en el martirio atroz, mueve en nuestro País sumas ingentes de dinero y cuenta entre sus clientes además de con gran cantidad de seres anónimos, con numerosos personajes famosos por diferentes razones; pero si nos paramos a reflexionar sobre este hecho, veremos que en muy pocos casos son personas célebres por cuestiones humanísticas o conocidas por su preocupación por las injusticias sociales. Y es que la sensibilidad, la riqueza de espíritu, una ética adecuada, el compromiso con los desprotegidos y la capacidad para sentir el dolor de los otros, suelen ser aspectos reñidos con la afectación, la vacuidad interior, la petulancia y el desprecio más absoluto por el padecimiento ajeno ante los intereses propios. En este último grupo se encuentran normalmente los adquirentes de abrigos pieles obtenidos a base de separar la piel de animales adherida a su carne.

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