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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¡Feliz crisis!

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 9 de enero de 2009, 23:32 h (CET)
Nada, que la crisis sigue y nadie la explica, que no hay culpables o causas comprensibles. Tres millones de tragedias personales, que se extienden a una media de casi nueve millones de compatriotas, es la orla de un año aciago y mentiroso como el 2008 y el primer mimbre con el que iniciamos el cesto del 2009. La cosa no puede estar más peliaguda. El Gobierno dice que pronto terminará la destrucción de empleo y se comenzarán a crear puestos de trabajo a tutiplén, pero ¿cómo creer a quien hasta anteayer negó la crisis o a quien no ha dejado de enmendarse la plana a sí mismo?... O mentían, que no creo, o no sabían de qué iba la cosa, que es bastante más probable. Mal asunto, en cualquier caso, que deban remediar semejante problema quienes no la entienden. Claro que, puesto a eso, no creo que haya nadie que entienda lo que sucede. No es fácil, desde luego, porque es una crisis sin causas aparentes ni responsables directos. Al menos a nadie se ha señalado con el dedo, más allá de esas miserables referencias a los mal llamados “Ninjas”.

Alguna causa ha de tener, sin embargo, esta cosa que nos afecta y que cuesta billones de euros a la sociedad de medio mundo. Es una guerra en toda regla. Una guerra cuesta mucho dolor humano y mucho dinero, como esto que nos atañe; en una guerra (salvo excepciones) no se trata de exterminar al enemigo, sino de causarle daños y agotarle, a menudo convirtiéndole en aliado, según proponía Sun Tzu. Y algo de esto parece ser lo que sucede, si uno tiene ganas de entretenerse con una conspiranoia.

A mí, francamente, me da tanto así que quiebren o no esas empresas españolas que se forraron el hígado a base de bien durante los años de las vacas gordas, y que encima trajeron entretanto a miriadas de inmigrantes para rebajar los haberes y derechos de los nacionales; y también tanto me da que quiebren en buena hora esas empresas que se deradicalizaron, llevándose sus empresas a Marruecos, la India o China, para pagar menos impuestos, menos salarios y dejar en España el desempleo a los nacionales. Si quiebran, mejor, que bueno fue que vinieran empresas de allende nuestras fronteras para que nos dieran un trato más digno, como esas benditas telefónicas que bajaron los humos y la cresta a Telefónica, o esos bancos que te dan los que te niegan los tuyos. Es más, que con los impuestos de los sufridos ciudadanos de a pie se financien a estos pillos, como que me da un poco de retintín. Resumiendo: que quiebren si tienen que hacerlo, que si fueron buenos para inflar su egoísmo, buenos son para merendarse solitos la totalidad del pastel.

Sin embargo, y volviendo al argumento del principio, como que es raro el que de pronto, sin motivo ni razón, toda la estructura de Occidente se resienta, costando su sostenimiento cientos de veces el presupuesto de la Guerra de Iraq y produciendo daños que no sé si podrán repararse. Parece, visto así, un ataque en toda regla de un enemigo al que no se ha identificado o al que no se quiere publicitar. A lo mejor es eso, ha empezado ya la III Guerra Mundial y no nos quieren alarmar porque no hay misiles que sobrevuelen nuestras cabezas. No sé, pero arruga el ombligo un poquitín, porque los efectos son los mismos que si bombardearan nuestras fábricas y ciudades. Más de tres mil cadáveres laborales engrosan cada día las filas de la desesperación y debilitan al Estado al aumentar sus obligaciones.

Es una idea tan descabellada como atemorizante, pero con cierta coherencia. La realidad seguramente será otra cosa, pero es mucho más incoherente, y no sé si me asusta más el que ningún gobierno la entienda o la sepa explicar. Mi Gobierno, desde luego, no parece saber gran cosa: brujulea por datos que se corrige, aplica medidas que se enmienda y cada día dice una cosa diferente, aumentando por horas el descalabro y el desconcierto. Si hace apenas unos meses, cuando las elecciones, vivíamos en Jauja y aspirábamos al pleno empleo y todo eso (tachín-tachán), hoy nos sobrecogemos porque hay nueve millones de vecinos con problemas enormes de supervivencia, otros nueve están en la frontera de la consternación pidiendo plaza de misericordia y no dejan de decir por ahí que son los primeros dolores de un parto que se promete lardo y doloroso.

Puestos en éstas, ya me dirán si da más miedo la conflagración universal o la realidad doméstica. Con aquélla, después de todo, uno podría odiar a alguien, aliviarse por la vía contraria de lo que siente: pero de ésta, sólo apoyándonos en la fe de que sucede lo que sucede porque sí, como que a uno se le multiplican los pánicos, porque no sabe a qué santo rezar para solucionar no sabe qué, o a qué villano culpar de sus sufrimientos. Y eso agota mucho, pero mucho, mucho.

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