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Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

Reflexiones navideñas

Mario López
Mario López
jueves, 8 de enero de 2009, 05:44 h (CET)
A mí las navidades me causan gran desazón, malestar intestinal y un importante roto en el bolsillo donde guardaba la calderilla. A la vuelta de estas cristianas festividades, que para mí no son vacaciones -ya que padezco el mal endémico de la precariedad laboral-, noto que el tiempo ha pasado por mi cuerpo de manera más abrupta y corrosiva que en cualquier otra fecha del año, haciéndome más feo y viejo en un tiempo récord. Detesto el espectáculo que mis vecinos me brindan por las calles y comercios.

Ese modo de transportar cosas en bolsas de todos los tamaños me desasosiega profundamente. Prefiero el caminar distraído y ligero de los pobres. Afortunadamente parece que este año ha remitido el abuso de floripondios ornamentales en calles y viviendas, con lo que se me enciende la esperanza de asistir algún día a la definitiva desaparición de esta injustificada horterada. Lo que es tremendo es que hayamos sido capaces de congraciar estos abusos de hedonismo cateto con las espeluznantes imágenes de niños masacrados por las diabólicas armas de los hijos de David. Quién diría que fue aquel nefando patriarca el mismo valiente que se enfrentó a Goliat. Si tuviéramos que creernos la mitad de los relatos bíblicos… O el sempiterno ultraje al pueblo elegido por Dios o Satán, que si le tenemos que juzgar por sus obras no sabríamos muy bien de cual de los dos mitos es deudo ¡Qué obscenidad! ¡Qué disparate! ¡Qué despropósito!

Carlos Marx afirmaba que la religión es el opio del pueblo. Pobre infeliz. El opio, al menos, procura momentos íntimos de un bienestar inusitado. Sin el concurso del cristianismo, del islamismo, del judaísmo, igual la historia de la humanidad no hubiera sido nunca un cuento de hadas, pero tampoco hubiera sido el rosario de torturas, masacres y aberraciones morales que todos sabemos que ha sido y es. La navidad no hace al ser humano más piadoso. Al contrario. Al ser que vive diariamente en soledad le hace más vulnerable a ella. Al pobre le hace más patente su pobreza, al enfrentarle a la grotesca ostentación del rebaño. Las religiones y sus fiestas son una cruz que nos obliga a vivir un calvario que nadie en su justo cabal puede anhelar ¿Por qué, entonces, nos seguimos aferrando a estas que llamamos nuestras tradiciones? ¿Cómo nos puede contentar el espectáculo que nos ofrecen esos tétricos, peripatéticos, lascivos portavoces de supuestas verdades absolutas que a la luz de la inteligencia no son otra cosa que absolutas canalladas? Se dirá que la navidad es un regalo para los niños ¿No sería mejor regalarles a nuestros retoños un mundo más justo y libre de supercherías en el que vivir fuera, de verdad, una experiencia agradable? ¿El ser humano es un misterio y su exegeta, el demonio.

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