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La acedia
Luis del Palacio
Luchar contra la acedia de los días se ha convertido en una costumbre –sana, probablemente- que nos impulsa a lo largo del año a no desmayar, a sacar fuelle o energía de la flaqueza, para que lleguemos a coronar en razonable buen estado las trescientas sesenta y pico jornadas, que se extienden como una larga estera tejida de incógnitas, temores y alguna esperanza.
La acedia era una especie de enfermedad del ánima que acometía en los claustros medievales a quienes cumplían con la norma del “ora et labora” y, en esa rutina, perdían la visión del horizonte. Unamuno se refiere a ella llamándola “sequedad” (del espíritu) y nos remite a obras místicas y ascéticas.
Por curiosos vericuetos, ese estado espiritual, antaño encerrado en las paredes de las abadías y los conventos, se ha ido instalando en un mundo tan poco dado a lo ascético y tan alejado del misticismo como el nuestro (y como “nuestro” me refiero al de la sociedad tecnificada, masificada, uniformizada, que conforma el pequeño cosmos en que nos movemos)
Cada cual lucha contra esa acedia, contra esa sensación de desgana del que avanza paso a paso, cansinamente, por el desierto de la vida, como puede. Y es muy común que seamos proclives a crear hitos, altos en el camino, oasis en los que refrescarnos para seguir una ruta cuyo previsible final –no nos engañemos- no resulta en exceso alentador… Las Navidades representan para muchos uno de estos oasis; el “caravanserai” donde se detenían durante días los mercaderes que hacían la ruta de la seda. Esa es una de las razones por las que cada año parece que el anticipo de esos cuatro o cinco días –Nochebuena, Navidad, Año Nuevo, Reyes- comience casi a la vuelta de septiembre: las ciudades se engalanan apenas despunta octubre, la televisión nos machaca con dulzones villancicos que a duras penas enmascaran el mensaje comercial de tantos, insoportables anuncios. Es preciso crear un puente entre una vacación y otra; parece que sólo así –con la perspectiva de alejarnos de la urbe, cuanto más lejos, mejor- es posible tirar del carro. Un carro que es nuestra propia existencia.
(“Amarrado al duro banco /de una galera turquesca/ ambas manos en el remo/ y ambos ojos en la tierra”)
Lejana queda la Semana Santa y más lejano aún el verano, con su tiempo de vino, rosas y playa. De oca a oca. Entre esos grandes oasis existen pequeños pozos de agua donde crecen algunos juncos y hasta es posible encontrar cobijo: los que aman el fútbol esperarán con ilusión que se celebre aquel “derby”; otros, a que un nuevo “Chikilicuatre” les saque del marasmo. O el botellón de los viernes; o los idus de marzo…
Todo antes que la acedia; todo antes que la desgana.
Pero lo malo es que la travesía invernal empieza con una larga, empinada cuesta.
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