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Etiquetas:   Teatro   -   Sección:   Revista-arte

El teatro de los sentidos

Anna Del Vando Riaza
Redacción
sábado, 3 de enero de 2009, 23:00 h (CET)
A las siete de la tarde encontré la dirección en una estrecha calle del Barrio del Carmen de Valencia. Llegaba a tiempo. Era una casa vieja, la puerta estaba entreabierta y entré sin llamar. Justo al fondo había un anciano sentado en una mesa carcomida. Le entregué mi entrada y me hizo desprenderme de mis pendientes y mi reloj. Los guardó en una caja de cartón donde me pidió que escribiese mi nombre.








Después me señaló un perchero donde habían varios abrigos y un par de sombreros y entendí que también debía deshacerme de mi gabardina. Con un leve alzamiento de su barbilla puntiaguda hizo que girara mi vista hacia una puerta verde. Me adentré en una habitación donde las paredes rezumaban humedad. Seis personas me observaban en silencio. Me senté en la única silla vacía de la estancia y esperé. Con mi llegada se cerraba el círculo. No tardó en hacer aparición un hombre de brillantes ojos que tras hacer un rápido recorrido visual, fijó sus ojos en mi y me extendió su mano. Me condujo hasta la puerta de salida de la casa, me invitó a salir con su brazo izquierdo extendido y cerró la puerta tras de mi quedándose dentro. Comenzaba la función.

Estaba en medio de la calle, aturdida miraba a todas las direcciones sin saber hacia donde dirigirme. Realmente no sabía de que iba todo aquello cuando recogí esa misma mañana una invitación tendida en el suelo donde ponía: “Teatro de los Sentidos: ¿Por qué extraña razón desde tiempos inmemoriales nos han seducido los laberintos? En sus encrucijadas resuena un antiguo rumor. Es el eco de un juego. Arriesgarse es perder un poco. No arriesgarse es perderlo todo”. En la otra cara de la entrada aparecía la dirección y la hora. La curiosidad me venció y fui.

De pronto me sobresaltó una voz susurrante de mujer que me llamaba desde la ventana enrejada contigua a la casa de la que acababa de salir. Me acerqué y comprobé que acababa de abrirse el telón. Era una anciana caracterizada para parecer muy decrépita. Me susurró que pensará en un pensamiento feliz y que de ese recuerdo me quedase sólo con un instante. A través de las rejas me prestó un papel, un lápiz y un sobre. Escribí la sensación, la introduje en el sobre y pausadamente la anciana comenzó a lacrarlo, caían como gotas de sangre que se coagulan para terminar siendo aplastadas por un desgastado anillo que llevaba en su dedo corazón. Cerró las ventanas y volví a quedarme sola y desorientada.
Di unos pasos dejando la atrás la ventana y de nuevo otro sobresalto cuando con un estrepitoso crujido se entreabrió frente a mi una puerta de azul desteñido por donde se asomó tímidamente un rostro que supuse me invitaba a entrar. Con el pulso golpeándome todo el cuerpo me acerqué hasta la puerta y entré. La oscuridad se aclaraba gracias a una pequeña lámpara de aceite que iluminaba solamente el centro de la sala. Dándome la espalda había un ebanista trabajando. Me acerqué a él. Se giró, cogió mis manos y me las colocó con la intención de que las sostuviese en esa posición para darme algo. Recogió las virutas de madera que había sobre la mesa y las vertió en mis manos. Cerré los ojos y las olí. El aroma a madera me recordó cuando mi abuelo pulió y pintó para mi de rojo la pequeña silla de mimbre de su infancia. Abrí los ojos y el carpintero retiró de mis manos las limaduras. Sobre nuestras cabezas colgaba una cuerda deshilachada de la que no se apreciaba ni el principio ni el fin. El hombre comenzó a tirar de ella suavemente. Tras unos segundos apareció un pequeño cesto de mimbre que contenía el sobre con mi recuerdo. Lo cogió, cerró los ojos, esbozó una leve sonrisa, me dejó tocarlo y volvió a depositarlo en el cesto, que desapareció a medida que volvió a tirar de la enroscada cuerda. Tras esto cogió mi mano y puso sobre ella el cabo de una gruesa cuerda, invitándome con gestos a imitarle. Comencé a tirar de la cuerda hasta que se tensó; entendí entonces que debía seguirla. Me adentré cardiaca en la más profunda oscuridad. Sentí en mi piel los lienzos de terciopelo negro que simulaban las paredes del laberinto. Paralizada escuche de nuevo el rechinar de la puerta. Desandando mis pasos volví hacia la luz y asomándome ví entrar a una de las seis personas que estaban sentadas conmigo en la sala. Comprendí que debía continuar o estropearía el espectáculo. Volví a seguir la cuerda hasta que me quedé con el otro extremo entre las manos. De repente noté una mano que me cogía del brazo. Hubiera gritado pero me contuve. Sentí miedo pero a la vez una sensación de tranquilidad y seguridad de que al fin una mano me guiase en las tinieblas. Avanzamos despacio por el laberinto entre el sonido de un mar tranquilo. Cuando fueron pasando los minutos dejé de arrastrar los pies. Aquella mano debería pertenecer a una mujer, pero no lograba percibir ningún perfume que apaciguase mi duda. Cuando había logrado sentirme segura la mano me soltó y se esfumó.
Avisté un hilo de luz a unos diez metros y me dirigí hacia el, con los brazos en cruz intentando aferrarme a unas paredes de tela. Cuando llegué me encontré una banqueta naranja junto a un tocador dividido en dos mitades por pañuelos de seda. Al otro lado del tocador estaba sentada una mujer de mediana edad, iluminada por una vela a punto de perecer, caracterizada en los años veinte y con un sombrero del que caía una redecilla que le cubría los ojos, pero dejaba entrever su brillo vidrioso. Frente a ella tenía una caja de música. Cuando la abrió emergió de ella una pequeña bailarina que giraba al son de “Para Elisa”. Sacó de un joyero fotos en blanco y negro y se quedó mirándolas en silencio. Acarició una que se hallaba pegada con celo por lo que antes rota con odio. De entre los pañuelos surgió de nuevo el cordón deshilachado del ebanista. Comenzó a tirar de el y llegó un pequeño joyero que desenganchó y me acercó sobre la mesa. Lo abrí y allí estaba mi sobre con mi recuerdo. Supongo que me desbordó y mis ojos se llenaron de lágrimas. Lo volví a introducir. Cogió el joyero y me señaló la salida.
Volví a sumergirme en la oscuridad y una mano me encontró para guiarme. Nos detuvimos y una luz me cegó. La mano había abierto una puerta que daba al exterior. De pronto volvía a estar en la calle. Pasaba gente ajena a todo aquello, que se entremezclaba con los actores probablemente sin saberlo y pasaba a formar parte de aquel escenario teatral sin barreras. Comencé a caminar a duras penas mientras se me acostumbraba la vista a la luz, cuando alguien me asaltó por la espalda y me cerró los ojos con sus manos. Cuando me dejó abrirlos tenía un espejo bajo mi barbilla, colocado en horizontal de tal forma que me parecía estar andando sobre los balcones y los hilos de los tendederos; pese a ser consciente del efecto visual si perdía la concentración me costaba guardar el equilibrio. Me volvió a cerrar los ojos. Cuando los abrí volvía a estar sola y helada.
Entusiasmada y metida en aquel teatro hasta la médula comencé a andar sin miedo hacia ninguna parte a sabiendas de que alguien me estaría vigilando para guiarme, y que si por desconocimiento me intentaba salir del recorrido no tardarían en aparecer. Llegué a una calle donde no había nadie. De pronto un hombre joven con un perro giró la esquina. Decidida me acerqué hacia él pensando que era el próximo actor. Me quedé parada a su lado en el más profundo silencio, silencio que había sido una máxima durante toda la obra. Su perro me olfateaba los zapatos. El hombre atónito ajeno al teatro debió pensar o que era corta de miras o que quería cortejarle. Mientras esto se sucedía una mujer pelirroja vestida de verde pasaba junto a nosotros sin girar la vista. Tras una sonrisa picaresca de dicho caballero comprendí que me había equivocado, me disculpé y seguí caminando.
Escuché pasos tras de mi, me giré y la mujer pelirroja que había pasado antes junto a mi sin mirarme me cogió del brazo. Al girar la esquina me hizo entrar por un agujero de la pared de bloques de hormigón en un solar lleno de árboles talados. Simulaba un tablero de damas de diferentes tamaños. La mujer se sentó y yo me senté junto a ella. Se quedó mirando un árbol que había frente a nosotras, el único que quedaba en pie. Tenía un tronco de más de dos metros de diámetro. Giré mi vista hacia la mujer y vi que lloraba. Volví a mirar el árbol y descubrí que el muro que cercaba aquel terreno le hacía sangrar la corteza y que sin duda sería el próximo en caer. La mujer se levantó, cogió una piedra y se puso a escarbar en la tierra haciendo un agujero. Me señaló otra piedra que había junto a una margarita en miniatura y la imité. No tuve que ahondar más de dos centímetros sobre la superficie para descubrir el sobre que contenía mi recuerdo semienterrado. Le liberé de la tierra y la mujer me ayudó a levantarme. Me cogió el sobre, lo dobló formando un cilindro y lo introdujo en un globo rojo que se sacó del bolsillo. Me hizo colocarlo en la boquilla de una bombona de helio hasta hincharlo. Luego le hizo un nudo y me condujo a la puerta trasera del solar.
Salí y seguí andando hasta el final de la calle donde se bifurcaba. Había un chico recostado en la esquina en medio de los dos caminos. Se me presentaba un dilema, izquierda hacia un olivo o derecha hacia la iglesia. Seguramente el estaba allí para que escogiera el camino correcto y no me saliese del recorrido. Me miraba en silencio. Supuse que si acertaba el trayecto no me diría nada y si fallaba me avisaría. Así que me lancé y me equivoqué. Escogí el olivo y con sendos chasquidos entre dientes me anunció que me equivocaba. Ruborizada por haber fallado con la mitad de las probabilidades a mi favor, regresé al punto de partida y me dirigí hacia la iglesia. Frente a ella estaba un hombre de unos treinta años mirando por un catalejo que apuntaba al cielo colocado en la uve que formaba el tronco de un árbol. Me puse a su lado. Se retiró y me dejó mirar. Fue increíble avistar en la lejanía mi globo rojo ascendiendo con el instante de mi recuerdo en su interior. Volví a sentirme conmovida.
Junto a la iglesia se abrió una puerta de la que salió una mano. La cogí y me introdujo de nuevo en la oscuridad profunda del laberinto de terciopelo. Sentía como un pelo largo rozaba mi brazo, podría ser una mujer pero por la mano huesuda estaba segura de que era un hombre. Tras de mi escuché una respiración. Unas manos colocaron sobre mis hombros un jersey de punto y se alejaron. La mano que tiraba de mi se paró y cogiéndome por los hombros apoyó mi espalda sobre una superficie blanda. Apretó mi cuerpo contra ella y desapareció. En ese instante la superficie comenzó a inclinarse. No llegaba a entender como estaba siendo el movimiento hasta que me vi tumbada bajo un cielo de estrellas y comenzó a sonar una sintonía que me sonaba a Mendelssohn mientras la superficie giraba, y empecé a recordar el último enlace en el que había estado, y deduje que tal vez lo de casarse por la iglesia no estaba tan mal y podría ser hermoso. También me acordé de cuando mi madre me tumbaba sobre ella en la azotea y me contaba que muchas de las estrellas que estaba viendo en ese preciso instante hacía millones de años que habían muerto…
La superficie sobre la que me hallaba volvió a moverse para recuperar su posición vertical y mis pies se deslizaron hasta el suelo. Me puse el jersey que me habían dejado. Era de manga larga y curiosamente de mi talla.
No tardó en aparecer otra mano que me llevó hasta una habitación ambientada en una casa de muñecas.
Una chica joven vestida de niña jugaba con sus dedos sobre una lámpara con cascarón de tela; simulaba que su índice y corazón eran piernas, y tenía en ambos incrustados sendos zapatitos de plástico. Caminaba por el borde de la lámpara ejecutando una especie de baile. Cuando hubo dado una vuelta completa se deslizó sobre el lienzo que cubría la bombilla, hasta caer en su rodilla. Con la otra mano saco un cesto de mimbre del tamaño de una nuez y descalzó sus dedos depositando los zapatos en la canasta.
Después sacó un cesto mayor y señaló mis zapatos. Asentí con la cabeza y cuidadosamente cogió mis pies y los descalzó colocando mi calzado en el cesto. Me sonrió y me invitó a seguir el recorrido de una alfombra roja que se perdía en la oscuridad. Sentía bajo mis pies una textura áspera, como si anduviese a contrapelo; de pronto sentí como el tejido cambiaba, era suave y cálido, como algodón. No tardó en volver a cambiar para convertirse en una especie de gelatina helada que daba la sensación de estar mojando mis pies.
De nuevo otra mano me rescató, y volví a aferrarme a ella como si fuera la mano de mi mejor aliado. Me condujo hacia una habitación con luz. Por primera vez iba a ver a la persona que me acompañaba, pero antes de salir de la penumbra me susurro que cerrase los ojos. Obedecí y sentí como la luz penetraba a través de mis párpados. Sin soltarme la mano comenzó a posarla sobre diferentes superficies. Una muy rugosa, como el tronco de un árbol, otra era tan suave como si acariciase un espejo; siguió acompañando mi brazo hasta tocar una especie de tela de algodón a la vez que acercaba a mi nariz un olor a jabón, a ropa recién lavada, que me recordó a mi madre, a mis sábanas limpias, a mi ropa de invierno… Condujo mi mano sobre un manto de legumbres, parecían lentejas y me la sumergió hasta la muñeca. De repente su pelo, largo, suave y ondulado. Después nada. Seguimos avanzando hasta que se detuvo tras de mi y me dijo que ya podía abrir los ojos. Estaba frente a una habitación que simulaba un pajar. Todo lleno de fajos de paja, con algunas lámparas de aceite y una tetera con una taza. Me senté y llené la taza. Probé el té. Estaba dulce y templado. A la izquierda describí un cuaderno y un lápiz muy afilado. Todas sus páginas estaban en blanco. Comprendí que debería escribir todas las sensaciones que me habían asaltado hasta el momento. Tras unas veinte frases cerré el cuaderno, terminé mi te y me dirigí a una puerta vetusta con un tirador dorado. Salí y me encontré en una playa. Mis pies descalzos se embadurnaron de la fría arena. Estaba cubierta por sombrillas de hojas de palmera secas. Sobre una piedra había un reloj de arena; le di la vuelta. Seguí observando, y tras una sombrilla había algo y me acerqué. Eran mis zapatos a la espera de ser hallados. Me los puse y me quedé sentada hasta que se acabó la arena del reloj. Estaba siendo una de las experiencias más mágicas de mi vida. Decidida a continuar salí por una pesada puerta de metal. De nuevo la calle abierta. Frente a mi el anciano de la barbilla puntiaguda con mi gabardina y una cajita de cartón entre las manos. Entonces comprendí. Se acababa de cerrar el telón.

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