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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Encuestas deprimentes, ¿qué pasa en España?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 5 de enero de 2009, 14:20 h (CET)
Decepcionante. No cabe otra calificación más que esta ante los resultados de dos encuestas que han aparecido en los rotativos El Mundo y La Vanguardia, respecto a la intención de voto de los españoles con relación a los principales partidos políticos implantados en España. Lo más impactante de ambas encuestas es la incomprensible pasividad y conformismo con los que los españoles parece que aceptan la crisis económica y la, casi nula, influencia de ésta en los resultados previsibles sobre unos futuros comicios. No deja de ser chocante que la apreciación que los españoles hacemos de la actuación de los que nos gobiernan en cuanto a su gestión de los medios para hacer frente a la gran recesión que estamos soportando en este país, desde hace más de un año; pueda ser tan simplista y tan acomodaticia. Da la sensación de que, fuere porque prefieren entenderlo de este modo o porque los ciudadanos se han tragado, de pe a pa, las informaciones que el señor Zapatero y el PSOE se han esforzado en trasmitir, a través de una propaganda sesgada, demagógica y palmariamente trucada, propalada a través de radios, televisiones y periódicos afines, por medio de la cual se han esforzado ( al parecer con buenos resultados) en hacer creer al pueblo español que, toda la culpa de la penuria económica en la que estamos sumergidos, se la debemos al señor Bush y, como no, al señor Aznar, chivos expiatorios en los que la izquierda se apoya para desviar cualquier responsabilidad, que se les pudiera achacar a ellos, por la forma deficiente y completamente anárquica, con la que han actuado ante la evidente y pregonada llegada de las vacas flacas.

A pesar de que cerca de un 31 % de los encuestados califica la gestión del Gobierno como mala o muy mala, y que un 41% la estima regular; observen ustedes el contrasentido cuando lo trasladamos a lo que pensarían votar en unas próximas elecciones y nos encontramos con un panorama que nos deja estupefactos de hasta donde puede llegar la incongruencia de los electores que, perdonándoselo todo a los socialistas, les otorgan un 42’6% de los votos ( 2’9 puntos por encima del PP). El PP, por su parte, cosecha el fruto de una política incoherente con la que mantuvo en anteriores ejercicios, que tiene descolocadas a sus bases y que le lleva a no atinar en cuál debe ser su postura como principal partido de la oposición. Es decir, no da pie con bola, y ello le sitía de intención de voto en un 39’7% según El Mundo y un 37’5 % (lo que, conocida la tendencia de La Vanguardia, no nos debería de extrañar) en el rotativo catalán.

Supongo que un sociólogo nos podría dar una explicación más científica sobre este fenómeno, pero para mí, que no lo soy, lo que se me ocurre de pronto es que, entre las pifiadas del señor Rajoy, las intrigas de sus barones en sus respectivas autonomías, su falta de un proyecto claro y definido respecto a materias fundamentales para muchos de los que votaban al PP y, el nuevo equipo de jóvenes directivos, imbuidos de afanes “super-democráticos”, de posturas conciliadoras con el partido del gobierno, de ideales un tanto laicos en cuanto a temas como: el aborto, la eutanasia o los matrimonios gay; unidos a la gran “purga política” que los llevó a prescindir de figuras clave (Zaplana, Acebes, y la legendaria María San Gil); han conseguido ponérselo en bandeja al PSOE, un partido cuajado de mediocridades y peronajes de poca altura intelectual pero verdaderos expertos en vender su producto político y verdaderos ases en poner a la oposición como chupa de dómine en lo que su veteranía en explotar al máximo la credulidad de una parte de la ciudadanía, el izquierdismo revanchista de la otra y el descontento con sus líderes ( me refiero a los del PP) de unos terceros; ha contribuido decisivamente que, a pesar de los errores garrafales del Ejecutivo, la ciudadanía no se decante por el PP y reparta sus votos entre el PSOE y el neófito partido de Rosa Diez, UP y D, por el que nadie daba un maravedí, cuando se fundo, pero que, a fuerza de coherencia, de carisma de su líder Rosa Diez y de su defensa, a ultranza, de la unidad de España, del castellano y de la solidaridad entre las distintas autonomías; se ha metido, debate a debate, a una buena parte del electorado en el bolsillo, consiguiendo que, sólo en unos pocos meses, su techo electoral haya subido al 3’1%, casi triplicando sus resultados electorales del mes de marzo.

El hecho, incomprensible, de que el PP no haya tenido la habilidad de sacar provecho de los continuos errores del PSOE,desde que se anunció la llegada de la crisis, desde el derrumbe de la burbuja inmobiliaria y desde el crecimiento incontenible del paro ( 3.000.000 a fin de año); solo se puede explicar desde una concepción errónea de la táctica a seguir, de la nefasta influencia de los novatos (a todas luces demasiado bisoños para competir con los viejos zorros socialistas), caracterizados por esa temeridad, ese desprecio por los mayores y esa petulancia propia de aquellos que se creen en condiciones de dar lecciones a todos los que se les pongan por delante; pueden justificar un fracaso tan sonado en cuanto a la captación de los desengañados del socialismo que, al parecer, han optado por el partido de Rosa Diez que, ese sí, ha tenido la valentía y la habilidad de ofrecer un discurso político lo suficientemente atractivo para conseguir adictos de ambos partidos mayoritarios.

En todo caso, resulta deprimente la poca madurez política de la mayoría de los ciudadanos españoles, que no han conseguido erradicar de su comportamiento, en materia política, lo que en otros países ya ha dejado de existir. Los reconcomios, el revanchismo y la rémora de los viejos rencores, procedentes de la división producida por la Guerra Civil, no permiten que los electores sean capaces de votar en función de la valía, de la solvencia moral de sus gobernantes, de las conveniencias de cada momento determinado y de las necesidades de un país, donde se ha demostrado que los viejos remedios keynesianos no dan sus resultados y que se precisa de unos directores que tengan nuevas ofertas que lo ayuden a remontar, con el mínimo de castigo económico, una época que demanda menos palabreo, menos engaños, menos demagogia y, por el contrario, más trabajo, más esfuerzo, más eficiencia, más libertad económica y más calidad en quienes deban enfrentarse a una situación socio–política tan complicada como es aquella por la que estamos transitando.

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