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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Enero 2009: Nueva matanza de zorros en Galicia

Julio Ortega Fraile
Redacción
miércoles, 7 de enero de 2009, 16:50 h (CET)
250 euros. Ese es el precio por tener permiso para matar animales, cuantos más mejor puesto que se trata de un Campeonato y también por disfrutar de la opción a llevarse un premio en el caso de acumular más cadáveres que el resto de los participantes. Con el pago de esa cantidad cualquiera con la licencia de escopetero – perdón, quise decir de cazador – tiene la posibilidad de inscribirse en el XVI Campeonato Provincial de Caza de Raposo (zorro) que tendrá lugar en diferentes puntos de Galicia el próximo 10 de Enero de 2009.

Por supuesto y como suele ocurrir siempre en este tipo de “certámenes deportivos”, no existe otra razón para llevarlos a cabo que el entretenimiento que para algunos individuos constituye rastrear el monte hasta encontrarse con una de estas indefensas criaturas, apuntarle con su arma y apretar el gatillo para con “suerte”, matarla en el acto y si no es así, repetir el disparo una y otra vez hasta acabar definitivamente con su vida; en otras ocasiones el zorro logra huir malherido y terminará muriendo agazapado en algún rincón tras una agonía espantosa.

Desde las 9:00 hasta las 13:30 del día 10 de Enero de 2009, cientos de cazadores se afanarán en sumar cuerpos ensangrentados en una macabra olimpiada que finalizará a las 14:30 con la entrada de los exterminadores autorizados en el puesto de control para al fin, a las 15:00 horas, rematar la negra jornada con una comida de clausura y la entrega de trofeos a los que hayan conseguido matar más ejemplares. Una mañana de estampidos, dolor, sufrimiento y muerte, un mediodía de nervios a la espera de haber logrado reunir más cadáveres que ninguno y una tarde de orgullosos relatos con la peripecias de la matanza matutina adornados por los vapores del alcohol, tras ese almuerzo de confraternización entre los orgullosos monteros. Ese es el Programa anunciado ya en la Página de la Federación Gallega de Caza, donde se da cuenta de las condiciones de participación así como de los detalles del “lúdico” evento, tan valorado y ansiado entre estos conservacionistas de manifestación y matarifes de afición.

En este Certamen, como siempre, los incondicionales de la escopeta y de la presa abatida querrán maquillar las verdaderas razones de su contribución en la progresiva aniquilación de la ya escasa población de zorros en los montes gallegos; para ello emplearán preferentemente dos argumentos, tan manidos como falsos: un pretendido control en el número de animales para evitar su crecimiento desmedido y también, en un intento de presentarse como benefactores sociales, disminuir el peligro de que los raposos merodeen por zonas habitadas. Estas dos falacias han sido rebatidas en abundantes ocasiones por profundos conocedores del asunto sin intereses en la caza, que han emitido sus informes realizados de forma profesional e independiente y a modo de resumen, conviene presentar una vez más y de forma muy escueta parte de sus conclusiones.

La densidad real de zorros en esas zonas es muy inferior a la indicada por estudios partidistas encargados por las asociaciones de caza o por sus partidarios, que una y otra vez inflan las estadísticas con el único objeto de presentar la matanza de estos como una necesidad ineludible. Los raposos, al igual que otras especies, poseen un mecanismo interno para regular el crecimiento de su población; el acabar con ellos ocasiona por el contrario un desajuste en sus hábitos que entre otras consecuencias, origina que los machos deambulen en busca de hembras al haber muerto la suya o suyas a manos de cazadores, con las que de otro modo hubieran permanecido emparejados procurando sustento para ellas y las crías hasta que éstas puedan salir de la madriguera; este hecho provoca un aumento en el número de cachorros. Por otra parte, al destruir el hombre con sus escopetas las estructuras familiares de estos animales, consiguen que los que no han sucumbido al fuego o a las trampas vaguen en busca de congéneres y de alimento, algo que sí puede causar que se alejen de su entorno natural y se acerquen a una zona poblada. Y a esta última circunstancia contribuye en buena medida la caza menor, que está diezmando las especies que conforman parte de la dieta común de los zorros y obligándoles a procurarse el alimento más allá de su hábitat habitual.

Como se puede comprobar, la intervención mortal del hombre, lejos de regular el número de zorros lo que hace es alterarlo de tal modo que consigue el efecto contrario así como su dispersión. Pero claro, nada de eso le importa a los cazadores que el día 10 de Enero se van a gastar muy a gusto 250 euros para matarlos sin que nadie les pueda decir nada, porque como ellos no se cansan de repetir: la caza es consustancial al hombre, tan antigua como él mismo y hay que sentirla y vivirla para comprenderla. Argumentos muy necios por cierto, ya que ni el hombre de hoy es el habitante de las cavernas cuya supervivencia dependía de los animales que lograra capturar, ni la antigüedad de una costumbre es razón suficiente para dotarla de validez. Cuántas prácticas, ritos y tradiciones que en el pasado se consideraban adecuadas hoy las vemos como indeseables, brutales e indignas del ser humano.

Y estos desdichados zorros ni tan siquiera tienen mayor utilidad que el servir de puntuación en el intento de alcanzar un repugnante record. Sus cadáveres, una vez contabilizados, son retirados por una Empresa de gestión de residuos que se hará cargo de ellos. Como mucho, algún ejemplar será entregado a un taxidermista para que, una vez disecado, pueda lucir como siniestro trofeo en el salón de algún escopetero, orgulloso de ese santuario en su casa mezcla de panteón y de armería, todo un monumento a la crueldad y estupidez humana.

En ediciones pasadas de este brutal acto deportivo que también tiene en Galicia su versión a mayor escala, el Campeonato Nacional, asociaciones contra el maltrato a los animales, grupos ecologistas y particulares contrarios a la muerte de seres vivos como forma de diversión, acudieron a los certámenes en un intento de expresar su protesta y con el ánimo de que su presencia contribuyese a que fuese eliminado el menor número posible de zorros. Los amigos del rifle no soportan por supuesto estas “intromisiones” por lo que no han dudado en proferir amenazas en tales ocasiones, en disparar por encima o cerca de los defensores de los animales e incluso en agredirles físicamente. Estas reacciones ante aquellos que nada piden para si mismos, sino que están luchando por el derecho a la vida de unas criaturas incapaces de defenderse ellas solas, son una muestra más de la verdadera naturaleza violenta de estos individuos, que no quieren admitir bajo ningún concepto que se les prive o restrinja la libertad e impunidad de que actualmente gozan para reventarle las entrañas a una criatura. Y si están tan envalentonados y mantienen semejante actitud, es porque la Administración lo permite y lo alienta. Incluso en el caso de Galicia, que se supone que es un Gobierno de corte progresista, preocupado por la defensa de los más débiles y que trabaja por el amparo y la protección de todos los seres, sea cual sea su condición, los cazadores disponen del absoluto respaldo oficial para esta crueldad organizada y los políticos no se atreven a poner fin a tales desmanes. Tal vez no tanto por afición cinegética de los responsables como por miedo a enfrentarse a un colectivo en el que, no lo olvidemos, se mueve mucho dinero y del que forman parte personas muy influyentes.

El 10 de Enero el monte en Galicia quedará una vez más manchado de sangre; suponemos que no demasiada porque el número de raposos existente es muy inferior al que presentan los informes falseados de los adictos a seguir matando animales, pero con un zorro que sea asesinado es suficiente para sentirnos avergonzados y asqueados por consentir tal crimen - y me da lo mismo que términos como “asesinato” o “crimen” sólo sean aplicables a personas, también hace unos siglos los que padecían enfermedades neurológicas eran considerados como endemoniados y tratados como tal – así que las cuestiones formales poco importan porque vienen determinadas por el grado alcanzado en la evolución del hombre y lo que ayer era creído y aceptado, hoy puede ser valorado como una aberración. Lo triste es que mientras algunos seres humanos progresan en cuestiones como justicia, solidaridad y respeto, otros permanecen anclados en el oscurantismo de su egoísmo y supeditan al mismo cualquier interés ajeno, y resulta tan desalentador cuando estos últimos cuentan con el apoyo de la Administración para llevar a cabo tales conductas dañinas y ruines. Da igual que muera un solo zorro o que lo hagan cien – en lo que se refiere a la significación ética y moral del hecho – porque cada forma de vida posee un valor infinito en si misma y acabar con ella no por accidente o en defensa propia, sino como parte de un entretenimiento, de una competición deportiva que disfruta del amparo oficial, es un acto de tal bajeza que mientras lo sigamos consintiendo, continuaremos sumidos en la degradación a pesar de formar parte de la única especie racional sobre el Planeta: la humana, la más feroz y destructiva de todas y la única que tiene conciencia de sus acciones, lo que convierte todavía en más pavorosa y denigrante esta tragedia.

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