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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Yo quiero lanzar mi zapato contra EEUU

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 4 de enero de 2009, 13:20 h (CET)
Hubo una época en que me gustó mucho el baloncesto de la NBA. En otra fui seguidor de diversos grupos musicales made in USA. En una tercera, que aún parcialmente sigue, me gustó comer de vez en cuando hamburguesas de las multinacionales norteamericanas. Pero en la madurez descubro que no me gusta EEUU.

Seguramente hay muchas más cosas que me gustan de aquel país y que ahora no recuerdo mencionar. Sí, sé que es el líder mundial en investigaciones varias, sé que lidera el mundo libre, o eso se dice, y sé que sus deportistas, sus ejércitos y sus artistas son los más destacados en sus respectivos ámbitos. También me sé lo de la NASA. Pero no me gusta EEUU.

Un país donde es legal poseer armas en casa, en el que se enseña a los niños a usarlas, en el que está permitida la pena de muerte no me gusta. No me gusta, no puede gustarme un país donde la brutalidad policial está a la orden del día. Que primero disparan y luego preguntan. Y eso no, pregúntenselo a Antonio Canales.

Seguramente tiene mil y un méritos importantes, no lo puedo negar. Algo bueno debe haber por allí cuando de la colonización inglesa salió un solo país fuerte y unido. Bueno, dos países, si tenemos en cuenta a Canadá y despreciamos a otros colonizadores importantes como franceses y holandeses. Eso es saber hacer las cosas para hacerlas como deben ser hechas y no como se hicieron en los países de colonización latina, unos treinta mil, en América del Sur. Pequeños, separados y enfrentados. ¿Por qué las diferencias?

No termino de tragar con tanto liberalismo llevado al extremo, no termino de aceptar que un sistema fuerte de seguridad social que ampare y proteja a los más débiles les parezca socialismo y no justicia. No puede ser bueno un país que acabó con millones de indios de tribus enteras y a los que quedan con vida los mantienen borrachos. Lo digo siempre, eso no pasó igualmente ni en la misma proporción en la América española, basta con mirar fotos actuales de los respectivos ejércitos, se ve dónde hay aborígenes y dónde sólo hay europeos. Y descendientes de sus esclavos.

No se pasen ustedes, amables lectores, y me digan que entonces me vaya a vivir a Cuba, a Corea del Norte o a la antigua Unión Soviética. Tampoco me gusta el calor, huyo de él como de la peste, y no por eso vivo en el polo.

Una familia de estadounidenses musulmanes fue expulsada esta Nochevieja de un avión de la aerolínea AirTran Airways después de que otros pasajeros del vuelo aseguraran haber oído una conversación "sospechosa" entre ellos. Mientras buscaban sus asientos, hablaron sobre los sitios que consideraban "más seguros" de un avión, "si donde están las alas o el motor, si en la parte delantera o en la trasera".

Un agente del FBI pidió a esta familia que abandonara el avión. El resto de los pasajeros, así como la tripulación y los equipajes, tuvieron que volver a pasar todos los controles.

Pese a que los agentes confirmaron enseguida a la aerolínea que no había indicios de actividad criminal, la familia musulmana no pudo volver a subir al avión y tuvo que comprar billetes nuevos, más caros que la indemnización concedida por la compañía, que asegura haber cumplido con la normativa vigente.

No me gusta EEUU. No me gusta un país que no impide lo que está pasando en Gaza.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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