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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

No tan extraño el carnaval navideño de Alcázar

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 4 de enero de 2009, 13:20 h (CET)
Teníamos noticia de los extraños carnavales en plena Navidad de Alcázar de San Juan; quisimos conocer algo más de esta fiesta declarada de interés regional en 1991 y allí fuimos. Por el camino nos preguntamos cómo pudieron mezclar la Natividad con la Cuaresma y quedarse tan tranquilos. Cierto que hoy todo el mundo, creyente o no creyente, se apunta a las fiestas. Nadie desperdicia unas vacaciones, ni un día libre, y por supuesto, nadie se para a pensar en el origen de una fiesta determinada, sabiendo como sabemos que la mayoría de ellas, menos dos de ellas, Constitución y de la Comunidad autónoma, tienen su origen en lo religioso.

Pero podemos constatar que pese al disparate original, Alcázar nos demostraría que no, de disparate nada. Llegamos y una gran carpa, de carnaval, instalada en la misma plaza con moqueta roja, por aquello de la Navidad prestaba su calorcillo a los primeros invitados a un baile que antiguamente nos dice J. Ruyz en la página web del Ayuntamiento se celebraba en el casino y donde sólo podían entrar los socios con sus familias; junto a la carpa un puesto de chocolate y churros que dejamos para el final del desfile, por aquello del frío de la Navidad.

Rápidos nos fuimos a coger buen sitio para disfrutar de tan novedoso desfile, un sitio que no estuviera cerca de cruce alguno pues los vientos de diciembre en Alcázar pueden desistir a muchos de salir a la calle, ya sean vestidos de normal o disfrazados. Las comparsas estaban muy bien organizadas, alegres, artísticas, dicharacheras como corresponde a un carnaval de febrero siendo diciembre y casi enero. Se esmeraban porque los premios eran importantes, no quiero pensar si ese fue el motivo principal para desfilar con su banda o su carroza porque daba frío ajeno de ver a las chiquillas con las faldillas cortas bailando, con más ritmo si cabe suponemos que para entrar en calor, al paso de las aceras repletas de público.

En cuanto a ideas, pues hubo de todo, por un lado se vieron novedades creativas muy interesantes, supongo que las peñas utilizarán para el clásico febrero y también se vieron ideas del febrero anterior, es decir del anterior carnaval que aún desfilaba para aprovechar los disfraces guardados.

El frío no nos dejó que pudiéramos continuar disfrutando toda la muestra, y ante la imposibilidad de estar más tiempo quietos a la intemperie, preferimos ir a contracorriente del desfile por la Avenida del Deporte y terminar en una cafetería donde pedimos chocolate, y a falta de tan cálido mejunje nos conformamos con “colacao” que algo haría para devolvernos los dedos sin entumecimiento.

Pero, ¿a quién se le ocurriría montar un desfile de carnaval de dos horas recién estrenado el invierno? Pues dice la Wikipedia que fue cuando el pueblo quiso llevarle la contra a los nobles, y hasta el diccionario de Hervás y Buendía nos habla de que un sacerdote, tan sorprendido como nosotros o más, dejó escrita su sorpresa en libros antiguos conservados en Toledo de cómo se celebraba una fiesta, no demasiado religiosa, dentro de la Iglesia de San Francisco, celebrando la Nochebuena y el día de los Santos Inocentes con mascarada y bastante alegría.

Claro que bien mirado no sé de qué nos sorprendemos, ¿no es un disfraz Papa Noël?, ¿no lo son los Reyes Magos y sus pajes?, ¿y sus súbditos que les acompañan a toda prisa en enero?, ¿no son desfiles también y representaciones?, ¿no estamos disfrazados nosotros mismos en cada Nochevieja con los cotillones que nos convierten en ladrones de guante blanco con antifaces, en hawaianas, en payasos…? ¿No es costumbre que los jóvenes que no se quitan en todo el año el chándal y las deportivas, la última noche del año se disfracen de trajes superelegantes con llamativas corbatas y trajes de fiesta?

Lo dicho, no es tan raro lo de celebrar un carnaval navideño. Lo peor, al menos este año ha sido el frío, pero prometemos visitar el año que viene Alcázar para oír el pregón, ser testigos del elegido “Obispillo” y por supuesto, conocer de primera mano la cuelga de los peleles.

Al final, un muchacho discapacitado me pregunta con toda su inocencia si me gusta el carnaval y los mantecados, tras el desfile se marcha a casa a comer esos dulces de villancico. En Alcázar, las dos cosas me gustan, le respondo. Bueno, sin olvidar las tortas pegadas al papel de las que nos llevamos provisiones. Mientras recuerdo otros viajes a Alcázar pienso que ganarán las de natación sincronizada, tan repintadas y originales ellas.

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