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Creencias y certezas

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 5 de enero de 2009, 16:37 h (CET)
Para mí que la presidenta Aguirre va a tener razón y lo más importante de Madrid es el metro, a siglos luz por encima de cualquier otra cosilla que tenga tufillo a cultura. Siempre me pareció una exageración ponerle por encima del Museo de El Prado, por ejemplo y entre otras barbaridades; pero bien mirado no está ese despropósito tan lejos de la realidad. La política de Aznar, aquélla de cargarse las Humanidades, no era, después de todo, nada más que un paso más en la larga andadura hacia el abismo que desde tiempos inmemoriales vienen teniendo nuestros dirigentes. Su razón no les falta, desde luego, porque la industria precisa titulados técnicos a tutiplén, de ésos que han sido degradados por el atropello de Bolonia con el tácito consentimiento de nuestros talentudos líderes, y reducidos a simples especialistas de a mil euros como mucho por mes. Pero, en fin, no es nada nuevo.

No; por bárbaro que parezca, es una constante histórica. Lo del fracaso escolar y la eterna sucesión de planes y más planes de Educación, no es sino la guinda que corona este pastel de despropósitos en que viene a dar la modernidad, la cosecha de lo que se ha ido sembrando tan metódicamente. Para quien tenga alguna duda al respecto, que se dé una vueltecita con sus niños (si los tiene) por el Museo de Ciencias Naturales, por ejemplo, y ya me dirá si no es para que se le caiga el alma a los pies. Con cuatro cartelitos más o menos monos y los bichos que cazó vaya usted a saber qué remoto antepasado, coetáneo de Willy Fog o del doctor Livingston por lo menos, va sobreviviendo tan ricamente década tras década desde que el mundo rueda. Ya estaba decrépito e inspiraba insufrible tristeza cuando yo era un chaval (y de esto ya hace algunas lunas), pero, lejos de remediar su aflicción, ahí sigue en la misma línea de decadencia: justito, justito, la imagen y el reflejo de nuestra querida España real. Así se entiende aquí la Ciencia, qué le vamos a hacer: cartelitos, y los bichos ahorrados desde la remota antigüedad por naturalitas que ya sucumbieron.

Si estos son los museos de un país de la modernidad, ¿a qué más podemos aspirar?... Pues al metro, claro, que al menos tiene tecnología y hasta está limpio, cosa que no sucede con los museos como el de Ciencias Naturales, donde la cosa se estancó para allá el s. XIX o muy precedentes. Patético es un término que se queda escaso, casi ridículo, pero que aproxima al gallinero social la idea de la Cultura y la Ciencia que tienen nuestros gobernantes, ésos que aparentemente se tiran de los pelos por el fracaso escolar pero que no dejan de inventar nuevos planes para multiplicarlo. Si el Museo de Ciencias Naturales inspira por mitades tristeza y pánico, es justamente eso (y aún es poco) lo que me inspiran mis gobernantes.

Después de una visita como ésta, aunque sea rápida, se comprende mucho mejor a España y a los españoles. Una generación tras otra nos hemos esforzado con ahínco en crear un espacio y unas maneras que no son del interés de nuestros gobernantes. A la vista de los resultados, ¿para qué se van a esforzar los más jóvenes o los que aún están en el camino?... Por las pequeñas cosas se toma contacto con las grandes, y así como un símbolo religioso hace referencia a la infinitud divina, una fórmula a una ley universal y un simple párrafo a un memorable autor, un museo como el de Ciencias hace una fidedigna instantánea de la realidad que nos concierne. Visita uno el museo y lo comprende casi todo: por qué los titulados están condenados al mileurismo o la degradación boloñesa, por qué la cultura se limita al consumo y hasta por qué dirige quien lo hace.

Uno de los menudos visitantes del museo, un chicuelo de no más de diez u once años, lo resumió memorablemente: “¿Y esto son las Ciencias Naturales?... ¡Pues qué asco!” Una fotografía verbal, oiga usted. ¡Y además cobran por entrar a deprimirse uno! Y, sí, vaya, daba asquito la cosa, pena, tristeza y hasta rabia si me apuran, que incluso algunos bichitos de ésos no sólo estaba pinchado sobre el tablero con absoluto desmadejamiento, sino que atravesaba también un cartelito con el nombre del neruróptero... ¡escrito a mano... y mal! Claro, que probablemente ni lo haya hecho un entomólogo, sino un atrevido funcionario que creía que sin el nombre del insecto el panel estaba incompleto.

Y así estamos como estamos, invirtiendo en metros y en cosas así, todas ellas punteras en tecnología y modernidad. Cosas que tengan muchas luces que se enciendan y se apaguen, cosas con velocidades astrales como trenes supersónicos, los aviones estelares y las tuneladoras roqueforteras, aunque luego junto a las pistas de aterrizaje de Barajas haya un terraplén tan absurdo como enorme, para que el avión que se salga de la pista caiga por él y reviente, tal y como sucedió no hace tanto. Como todo lo demás, vaya: en el entorno de las vías del tren de alta velocidad (que no es de alta velocidad) salen agujeros por doquier, las tuneladoras derriban barrios enteros y en los planes de educación no deja de latir con eufónica vitalidad el instinto a siniestro colectivo que dejará profundamente mutilada a toda una generación de españolitos. Ya digo que sólo por lo pequeño se puede comprender lo grande: vea el museo de Ciencias Naturales y verá a España al desnudo. La hoja de parra del pudor, lo único que no se ve en el museo es para qué tanta gente se ha esforzado a lo largo de los siglos por construir España, las creencias que tenían y les movían: las certezas, están bien a la vista.

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