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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El Tío Sam reparte Viagra

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 2 de enero de 2009, 18:35 h (CET)
Desde que las famosas pastillas azules aparecieron en el mercado con el fin de animar libidos desinhibidas su nombre suele aparecer puesto negro sobre blanco en diversas ocasiones y con diversos motivos. Unas veces se habla de estas pastillas desde la seriedad de la clase médica mientras en otras ocasiones la rumorología las eleva a la categoría de protagonistas de leyendas urbanas en las que, por exceso de uso, alguien muy conocido ha muerto, aunque la muerte se disfrace en estos casos de infarto de miocardio. Pero nunca se les había dado tratamiento de objeto de valor para sobornar traidores, espías de tres al cuarto y meros correveidiles, en este final del año de la crisis el azul de las pastillas ha sustituido al verde de los dólares en los trueques que espías de la CIA y “señores de la guerra” llevan a cabo en Afganistán. Al fin y al cabo debe resultar más barato comprar información con cuatro píldoras que repartiendo fajos de billetes verdes.

La liebre de esta noticia la levantó el Washington Post al informar de la entrega de píldoras de Viagra a un sexagenario jefe tribal afgano por parte de los funcionarios de la agencia de espionaje del Tío Sam. Sexo y espías siempre han ido de la mano tanto en la vida real como en la ficción. James Bond, el espía por excelencia, siempre aparece rodeado de bellas mujeres, los servicios del espionaje de la desaparecida Republica Popular Alemana utilizaban a señoras de buen ver con el fin de encandilar a los enemigos de enfrente y entre refocile y refocile sacarles toda clase de información, y en la década de los sesenta se hizo famosa una jovencita británica cuyo magnifico cuerpo hizo temblar los cimientos del Gobierno de Isabel II, Christine Keeler compartió cama y también secretos con John Profumo, Ministro inglés de Defensa, y con Yevgeny Ivanov espía de la KGB rusa disfrazado por aquellos días de agregado militar en la embajada de Moscú en Londres. Si algunas camas hablaran cuantos secretos quedarían con el culo al aire.

A pesar de todos los adelantos electrónicos que nos muestran especialmente las películas de espionaje todavía el método más seguro es el “boca-oreja”, el método más directo por excelencia y más todavía en un país como Afganistán que en lugar de estar en los inicios del siglo XXI todavía anda anclado en la Edad Media con sus jefes tribales, sus mujeres encerradas en tristes “burkas” y, lo que es más triste, teniendo que pelear continuamente desde hace siglos por ver a su tierra libre de intrusos. Por las tierras afganas han pasado a lo largo de los tiempos los ejércitos más poderosos de la tierra, pasaron los ingleses, los rusos y ahora los norteamericanos y sus aliados, pero ninguno logró quedarse, un terreno escarpado y la existencia de los jefes tribales han sido siempre el freno afgano a todas las invasiones.

Por ello los cerebros pensantes de la CIA han llegado a la conclusión de que además de los 30.000 nuevos soldados que Obama enviará a Afganistán hace falta un arma secreta que lleve a los afganos con poder a delatar a sus propios vecinos entre los que se encuentran los talibanes y sus socios de Al Queda, y la han encontrado en un producto farmacéutico que servirá para elevar el ego y algo más de los jefes tribales considerados como amigos. La Viagra no deja huella a no ser la cara de felicidad que se le quedará al sexagenario jefe de tribu al ver cómo y con que facilidad puede cumplir el débito conyugal con todas sus esposas, hasta cuatro le permite su ley. Y si no hay huella no hay pecado ni traición, y esto lo saben bien los súbditos del Tío Sam que antes sobornaban al personal con dinero, joyas, costosos coches o intervenciones sanitarias, y todos los vecinos del lugar se enteraban de que su jefe era un vulgar chivato a sueldo de los invasores además de un tonto exhibidor de bienes externos. Ahora, además de no tenerle por un acusica, lo admiran por su potencia sexual a pesar de su edad y le envidian sin ningún disimulo.

El problema surgirá cuando a los señores espías y suministradores del “milagro azul” ya no les interesen las informaciones de su chivato particular y dejen de darle su especial medicina. El pobre jefe verá mermada su credibilidad ante los suyos en el momento en que sus jóvenes esposas comiencen a murmurar sobre su repentina falta de afición a la coyunda marital y se producirá un conflicto familiar en el que la frase “de aquellos polvos vinieron estos lodos” será más real que nunca. Pero para entonces, seguramente, los espías del Tío Sam ya andarán lejos.

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