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Raíces para el optimismo

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 2 de enero de 2009, 18:35 h (CET)
Oteando con detenimiento a la intemperie, y bajo la helada propia de esta época, se encuentran razones para el optimismo por entre las esencias y raíces del pueblo español, que, una vez releídas no se sabe bien si corresponden a buenos deseos para Año Nuevo, o peticiones para los Reyes Magos. Son algo que se origina en su tradición, en su reconocida fortaleza para enfrentarse a “las duras” porque no es gente que muestre sus peculiares capacidades en las maduras. Más que pueblo de algazaras, y carnavaladas, se manifiesta en los duros repechos, en las ásperas sequías, y en las cuestas arriba. En España nació la “guerrilla”, que no es una flor de invernadero, sino de dormir desguarnecidos y de sobrevivir con un mendrugo de pan y un poco de vino en el morral.

España logró no hace tanto, y contra muchos pronósticos, que la diversidad política coexistiera en las instituciones estatales a la muerte del General y después de cuatro décadas bajo un monopartidismo fáctico, en el que políticos de un solo color prosperaron, como es lo propio de esta especie -que hace unas columnas se calificaba de “zánganos”-. El pueblo “currante”, transformado en “clase media”, había abandonado la alpargata de los años treinta, y se encontraba en un bienestar con vacaciones pagadas y dos extraordinarias. Y, lo que es de tener en cuenta, cargado de obligaciones en forma de familia -frecuentemente numerosa- y con su particular “plan de desarrollo” consistente en pagar la casa de la playa, cambiar el coche, o dar estudios a los hijos.

Se llevaron a cabo las reformas normativas que permitieron la presencia de un pluralismo político que sintonizó con una sociedad diversa. Comparar el mundo de la política de hoy y el de comienzos de los 70 resulta asombroso. Existe mayor grado de libertad y diversidad, el contrapeso entre las instituciones, aunque minado por intereses, también coexiste; la pluralidad no es teórica ni tampoco perfecta, pero se da. El ejecutivo está recrecido, y las autonomías son un federalismo de “pacotilla” camino de cualquier parte, y sin rendición de cuentas, así que, súmele el lector lo que quiera. La “división de poderes” yace en la arena corneada por un “mihura”. La Ley Electoral, la madre de todos los males, resulta misteriosamente intocable. No se necesita insistir porque se trata de realidades visibles y en acción. Sin embargo, a pesar de sus políticos, de todo eso han sido capaces los ciudadanos de España.

Con todo, el proceso democrático se encuentra erosionado y desgastado. La transición democratizadora ha sido acompañada por una Corona que ha estado más pendiente del desarrollo de la “Fundación Borbón” que de la España que han proclamado servir. El Estado, y sus ciudadanos han resistido las dentelladas del terrorismo sin un mal gesto, tan sólo con puños cerrados y lágrimas contenidas. La cohesión social, inexistente antes de la Guerra civil, no se ha resquebrajado y la “lucha de clases” resulta algo apolillado, que, tan sólo el lujoso vestuario de algunas damas socialistas puede reverdecer.

Nada de lo anterior es una novedad. Para que nuestra democracia no se deteriore más -España no se lo merece- es necesario subrayar que sólo podrá salir adelante haciendo frente a las realidades que la carcomen y le restan el aprecio de franjas importantes de ciudadanos. Lo que fue motivo de esperanza que no se convierta en fórmula de desencanto. De un totalitarismo se pasó a un régimen de libertades. Lo contrario será la marcha atrás. Si el deterioro se ahonda, y en lugar de buscar salidas auténticamente democráticas, el “Gobierno de España” redobla sus esfuerzos en descubrir “caladeros” de votos comprados, como los de los inmigrantes, o los de descendientes de exilados en el extranjero a cambio de la ciudadanía, o los nuevos “temporeros” contratados por los ayuntamientos, la corrupción de la Democracia está servida, la descomposición iniciada, y la gangrena irreversible que ni con nuevas elecciones se arregla. Adiós democracia, adiós...

Por otra parte, no existe otro modelo político de recambio con suficiente apoyo social, pero el desengaño con la democracia (sería mejor decir con sus elementos: partidos, políticos y parlamentos) se extiende hasta el desinterés. La ilusión de haber construido algo entre todos se ve defraudada. No se ofrecen ideologías que entusiasmen, sino palabrerías caducas, y mentiras de vuelo corto. La transición que fue como una estrella de Belén parece haberse ocultado y el país está sin rumbo mirando a ver por donde surge de nuevo. Los que con su laborioso silencio “la hicieron”, aceptando una monarquía democrática y participativa ya están jubilados o enterrados, pero sus descendientes aceptarían con gusto el equivalente. De las crisis se sale, todos saben como se aprieta uno el cinturón. Más para pedir que se “tire del carro” con austeridad hay que dar ejemplo, y de eso, que recuerde este columnista, solo Anthony Quinn, en el papel del Papa Cirilo I, en “Las Sandalias del Pescador” fue capaz de enajenar los bienes materiales de la Iglesia para acabar con el hambre en el mundo. Resulta histriónico escuchar al Rey mentar tal símil, habiendo subido previamente el presupuesto de la Casa Real para 2009

En su momento, la democracia ofreció la convivencia de la diversidad política y regional dentro de poderes constitucionales que potencian los márgenes de la libertad para una sociedad definitivamente bien avenida. El problema de fondo son las realidades existentes. Son la fuente de los malos humores públicos, del coraje contra la política como responsable de la crisis, del desprecio a todo aquello que huela a partidos y órganos de representación. Y, no son buenas noticias por supuesto. Como si los puentes entre representados y representantes estuvieran a punto de ser dinamitados por la indiferencia,

El horizonte político no puede desentenderse de los fenómenos que carcomen la convivencia. Y, por ello, frente a la crisis que ya es presente, la improvisación no puede seguir gobernando. No se trata de que se salve el “Gobierno de España”, es ésta la que está la que cuenta. Si la democracia fue posible, hoy se requiere un esfuerzo similar para edificar una casa común que trascienda al “palo” de la crisis, y la “merienda de negros” regional en que han convertido al país.

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