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Tags: Opinión · La linterna de diógenes · Luis del Palacio
El arbusto y el caos


Luis del Palacio


Luis del Palacio Luis del Palacio
miércoles, 31 de diciembre de 2008, 16:24
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Alguien dijo alguna vez –y con acierto extremo- que el nacionalismo se cura viajando. Yo añadiría que más que viajando –las maletas también lo hacen- se cura pasando temporadas, cuanto más largas mejor, fuera del terruño. Uno, que es madrileño por nacimiento y montañés –que no cántabro- por vocación y vínculos familiares, ha aprendido que en cualquier país existen cosas buenas y malas en una extraña y exacta proporción, por lo que, por ejemplo, no es mejor vivir en EEUU que en Kenia. Comprendo que dicho esto así, tan tajantemente, pueda extrañar; pero que se lo pregunten a un mendigo keniano y a continuación cotejen su respuesta con la de otro, proveniente del Gran Imperio de Occidente: al segundo le resultará mucho más fácil morirse de hambre tratando de pescar una perca en las riveras del rio Hudson, que al primero haciendo lo propio a orillas del lago Victoria; entre otras cosas porque en el rio Hudson no es probable que haya percas, y si las hay estarán engordadas con los detritus de la Gran Manazana. La Madre África, con ser cruel y devorar con frecuencia a sus hijos, no es tan despiadada como la Madre América, que ha separado a su prole en “winners” y “losers” (a estos últimos –los perdedores- sólo les queda el recurso honroso del suicidio, porque a nadie importan; son irremisibles)

Es curioso cómo esos conceptos maniqueos de “perdedor” y “triunfador” se refieren casi exclusivamente a la posición económica. En política esto se ve al instante: George W. Bush sería un “loser”, alguien claramente inepto para haber regido durante casi una década los destinos de la primera potencia mundial (y, por lo tanto, del mundo), encaramado al poder tras una cuestionable victoria en las elecciones frente a su rival, Al Gore. Y sin embargo, en la sociedad norteamericana quedará –si no, al tiempo- como una suerte de héroe incomprendido, que se enfrentó al terrorismo islamista tras los atentados de 11-S, y completó la labor de su augusto padre George Bush I, el caudillo de la Guerra del Golfo, que no había logrado liberar al mundo del tirano Sadam Hussein.

Esa figura débil, patética, que parece regodearse en su maestría para esquivar los objetos que le lanzan, a falta de otros motivos por los que sentirse orgulloso, se salvará por los pelos, porque la historia y, sobre todo, quienes la escriben, tienen esos caprichos (Y además, ¡qué demonios!, que se sepa la familia Bush no ha parado de enriquecerse con los provechosos negocios que durante todos estos años ha mantenido con los oligarcas árabes. Todos “winners”)

Bush y familia han representado lo más parroquiano, pacato, paleto y nacionalista de la sociedad WASP del “tío Sam”. El hecho de que en vez de txapela llevaran sombrero tejano y que se embutieran en un “tuxedo” en vez de en una faja con acomodo para la navaja cachicuerna –en su caso, la Smith & Wesson- no los hizo, en verdad, muy distintos del paisano de Patrañas de Arriba que se considera muy diferente del de Patrañas de Abajo, exhibiendo su RH- y su dolicocefalia como prueba concluyente de su idiosincrasia (y de su idiocia)

“¡Eh! Que somos muy diferentes; que los del pueblo de abajo son todos positivos y además braquicéfalos” (Sólo Clarín habló de “macrocéfalo en su célebre cuento, pero era su protagonista una especie de ratón de biblioteca; culto, pues. Nada parecido a lo que aquí se alude. Y las lecturas –no me refiero al Libro Rojo de Mao o a Mein Kampf- pueden ser asimismo una buena terapia contra el nacionalismo)

No es muy probable que en las mansiones de los Bush abunden los libros, como no sean las “obras maestras” compendiadas por el Reader´s Digest, o esos libros muy bien encuadernados, que contenían las botellas de whisky que el joven Bush trasegaba a escondidas de su austero progenitor, antes de hacerse de la liga antialcohólica.

Y en esta ya demasiada larga divagación, me pregunto: ¿Cuántos libros formarán la biblioteca de Arnaldo Otegui y de De Juana Chaos? Aparte de las obras del preclaro Sabino Arana, de los opúsculos del obispo Setién y de la guía de teléfonos, ¿tendrán algo escrito sobre la “teoría del caos”?, ¿habrán comprendido que no es tic sino risa contenida lo que hace que al juez irlandés se le mueva extrañamente el bigote cada vez que pronuncia el segundo apellido del avinagrado personajillo?

Decía Unamuno que “ser es llamarse”; así que vayamos comprendiendo porque uno se llama Bush (arbusto) y el otro Chaos (o caos, a secas). ¡Feliz 2009 en Antofagasta!

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