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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

¿Un fin de año más?

Mario López
Mario López
miércoles, 31 de diciembre de 2008, 15:24 h (CET)
El sentimiento que me deja este fin de año es muy diferente al que me ha dejado ningún otro. Quizá es porque me estoy haciendo viejo. Siento como si, mucho más que del año, nuestra civilización nos despidiéramos de muchas otras que nos han venido acompañando hasta ahora, desde tiempos inmemoriales.

En el fondo, a pesar de que soy ateo, reconozco que he sentido cierta melancolía al contemplar por televisión el resumen de la eucaristía celebrada por Rouco Varela en la plaza de Colón de Madrid. Ya no se trataba, como en otras ocasiones, de un acto político –aunque se pueda decir sin mentir que lo fue- sino de una misa multitudinaria, protagonizada por el postrero grupo de españoles católicos que aún están dispuestos a mantener en la agonía el último y desvaído resplandor de su fe añeja; una fe que ya es incapaz de aguantar el peso de la evidencia de una sociedad que ha madurado lo suficiente como para necesitar que se le intente explicar con mitos lo que es perfectamente capaz de entender a través de la razón; una razón –todo hay que decirlo- a la que necesariamente tendremos que dotar con alguna otra gracia si no queremos sucumbir a la tristeza. Entre la multitud se distinguían imágenes religiosas y fotos de familia, pero ninguna bandera. Era la imagen de unas gentes que han querido mostrarse en público como para despedirse; para dejar testimonio de lo que hasta hace bien poco fue el credo oficial de nuestro país. Probablemente, el año que viene por estas fechas ya nadie lo recuerde. Por otra parte, este año concluye en el umbral de una nueva era económica y política, en la que el capitalismo y la democracia, tal y como hoy los conocemos, van a tener que ceder su lugar prominente a otro sistema que sea capaz de devolvernos la confianza en nuestra civilización y en nuestras posibilidades de acabar con los horrores que en la actualidad, y desde hace ya demasiado tiempo, se están cebando en la inmensa mayoría de la población mundial. Las fronteras se tendrán que acabar destruyendo, el comercio mundial tendrá que acabar siendo justo y todos los habitantes del planeta acabaremos siendo políglotas. Son corrientes contra las que nadie puede nadar, salvo que prefiramos ahogarnos; y la experiencia nos demuestra que, al final, por mucho que nos disguste, terminamos por querer salir a flote.

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