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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Tenemos, de verdad, un ejército?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 30 de diciembre de 2008, 13:05 h (CET)
Ocurren cosas, se producen pequeños incidentes, se incurre en omisiones, nada, aparentemente, de mucha importancia pero, si queremos ser realistas, si no queremos quedar deslumbrados por la palabrería de los políticos y pretendemos situarnos en lo que es hoy España, deberemos aprender a enlazar todos estos síntomas y sacar de ellos las conclusiones adecuadas. Por ejemplo, cuando en una intervención oficial la señora ministra de Defensa, en un brindis con las tropas españolas en Afganistán, cita al Rey pero se olvida de hacer mención a España, puede interpretarse como una omisión involuntaria, pero, a otros, se nos puede antojar que, dados sus antecedentes pacifistas y sus orígenes catalanistas, pudiera ser que lo hiciera aposta. Y es que, señores, esto de poner de ministra de Defensa a una mujer que, por añadidura, proviene de un partido de ideología “pacifista” y de clara tendencia antimilitarista, es algo así como poner al señor Ben Laden al frente de la CIA. Y es que suena a algo parecido a uno de aquellos programas del señor Gila y su famoso teléfono, que le pedía al “enemigo” a qué hora iba a empezar el ataque y si le iban a devolver las balas; si no, ya me dirán ustedes como, a estas alturas, se tienen que caer del guindo y ponerse a toda prisa a buscar chalecos antibalas para nuestros pobres soldados, destacados en la guerra de Afganistán. Debemos ser el único cuerpo de ejército destacado en aquel país que carece de una protección tan elemental. Recuerden las consecuencias de enviar vehículos blindados sin las debidas protecciones anti-minas ni los detectores apropiados para evitarlas.

Lo que ocurre es que, el señor Zapatero está atrapado en su propio discurso antibelicista, en su famosa “paz”, que tanto crédito le dio en su campaña contra el PP de Aznar, cuando explotó el atentado del 11–M para soliviantar a los españoles en contra del PP, atribuyéndole la responsabilidad del mismo por haber participado en la guerra de Irak; eso sí, en funciones meramente de retaguardia y asistencia sanitaria. Ahora le resulta difícil explicar aquel “no a la guerra” ante aquellos que contemplan atónitos como aquel eslogan se ha convertido en un “si a la guerra, siempre que la ONU la apruebe” o un “si a la guerra siempre que saque algún provecho de ella para congraciarme con Obama”. De lo que se deduce que, la hipocresía de los socialistas en este tema, es algo verdaderamente infecto. Para Zapatero, el de la paz, el que la guerra esté justificada no se basa en las víctimas que se puedan producir en ella, ni en la inmoralidad del “no matarás” ni, tampoco, en las consecuencias que se puedan producir en la población civil; no, señores, la guerra es legítima siempre que lo apruebe la ONU, la sociedad de naciones que tantas muestras ha dado, a través de los años, de su incapacidad para solucionar los problemas del mundo, de su incompetencia para decidir, siempre supeditada al veto de las grandes naciones y a su cúmulo de comisiones, subcomisiones y pequeñas camarillas encargadas, cada una de ellas, de pergeñar las políticas que más les convienen a aquellas naciones más corruptas del planeta.

Sería muy interesante dejar constancia de sus actitudes, claramente favorables al control de la natalidad, con sus recomendaciones respecto al aborto como un medio legítimo de evitar la superpoblación o sus ideas respecto a que, en todos los países del mundo, se debería equiparar a homosexuales con heterosexuales. ¿Qué clase de moralidad pueden exportar estos señores, para que los aceptemos como garantes de la legalidad o ilegalidad de las guerras? No creen en Dios, ni en la religión, ni en el Derecho Natural y, sin embargo, se sienten legitimados para decidir sobre los medios de defensa de un país contra las ingerencias belicistas de otro u otros; siempre que estas actuaciones vengan avaladas por la ONU, este gallinero integrado por cientos de pequeñas tiranías y docenas de naciones empeñadas en defender sus intereses económicos, antes que enfrascarse en una dialéctica moral sobre qué guerras son justas o cuáles no. Si acuerdan que se vaya a una guerra lo hacen teniendo en cuenta los intereses materiales de quienes cortan el bacalao y manejan los hilos secretos del poder que son los que determinan, en definitiva, los cuerdos mayoritarios.

Sería muy interesante, muy clarificador y de verdadera importancia saber hasta donde el Ejecutivo ha conseguido limpiar al Ejército de mandos, oficiales y suboficiales que no estén de acuerdo con el concepto, que se nos ha pretendido colar, de lo que representa la nación española, de lo que. constitucionalmente. le compete al Ejército como garante de la unidad española y de, cuál es la verdadera misión de las fuerzas armadas. La Constitución lo deja bien claro:

“Artículo 8
1. Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional…”

Nada de fuerzas de paz, nada de ONG’s, nada de ramos de olivo en una mano y la paloma de la paz en la otra porque, entre otras razones, con estos utensilios no se consigue desviar las balas de los enemigos ni evitar que las minas salten debajo de los pies de nuestros soldados. Porque los muchachos destinados al Afganistán no están para propagar la paz, sino para intervenir en acciones militares y defender a una población civil contra los ataques de los talibanes, que no entienden de paz ni de otras monsergas y se dedican, con bastante competencia, a matar soldados y eliminar enemigos, sin que se paren ante los discursos pacifistas de los políticos ni ante el “no a la guerra” de los socialistas. Allí se muere si no estás en condiciones de contraatacar cuando la ocasión lo requiera.

Pero hay un punto, del Artº 8 de la Constitución que parece que a nuestro Gobierno se le ha pasado por alto y, a los mandos del Ejército, también, y es aquel apartado que dice: “… defender su integridad territorial”. España va camino de su desintegración, como se demuestra por los afanes secesionistas de Catalunya y el País Vasco; el cáncer parece que se va extendiendo y ya se detectan metástasis en Baleares y Galicia. Lo peor es que, para el Ejecutivo, no parece que haya peligro y se dedica a dar cuerda para que los independentistas hagan de su capa un sayo. ¿Hasta cuando se podrá sostener esta situación?, ¿hasta qué punto se puede consentir que medren esta políticas disgregadoras?, ¿a quién le corresponde poner coto? O ¿es que se espera a que los hechos consumados impidan toda reacción en contra? ¿Qué papel le corresponde en este apaño a la Monarquía y a la Oposición? Preguntas interesantes que, me temo, nadie quiera contestar.

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