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Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

Rouco en Colón

Mario López
Mario López
martes, 30 de diciembre de 2008, 13:05 h (CET)
Bajo imponente palio, elevado sobre un escenario con cierto resabio patibulario, tocado de mitra, asido al báculo pontificio, vestido de blanco y oro, como un torero en su tarde de gloria; erigido sobre un obsecuente séquito de níveos guardianes de la fe, en pleno centro de Colón. Antonio María Rouco Varela, el domingo 28 de diciembre, día de los inocentes, ofició a cielo abierto un acto litúrgico con cierto aire levantisco pero contenido, como en él es costumbre. Sin pan ni vino, sin transustanciación en cuerpo y sangre de Cristo, pero con homilía. Habló de “la cultura de la muerte”, haciendo vibrar, trémulo, el amuleto de plata que llevaba colgado al cuello, con la figura desnuda y sangrante de un joven greñoso para siempre clavado en una cruz de madera milenaria. Habló de “la sobrecogedora crueldad del aborto”, sin mencionar que él mismo fue un espermatozoide que en sus primeras correrías, allá por el útero materno, abandonó a una muerte cierta a sus hermanos; cientos de miles de inocentes sacrificados sin que mediara ningún otro pérfido Herodes mas que él mismo.

Habló del modelo ejemplar de familia encarnado en la Sagrada Familia de Nazareth, esto es: un padre casto, una madre virgen y un hijo engendrado por el Espíritu Santo. Un modelo que, habrán de convenir conmigo, está al alcance de muy pocos ciudadanos. Pero me gustaría hacer ver al señor cardenal que, sin ser el modelo fetén de familia que él predica, hoy en día ya podemos conseguir en nuestra sociedad una versión bastante aproximada al mismo, sustituyendo al padre casto por una persona infecunda –para el caso que nos ocupa es lo mismo que sea hembra o varón y resulta irrelevante su orientación sexual-; a la madre virgen, por otra persona infecunda –pues de ella se obtiene el mismo fruto que de la virgen- y al Espiritu Santo, por una probeta. Ya sé que no es exactamente lo mismo, pero esto es lo que está más al alcance de todos nosotros sin salirnos del paradigma nazareno. Porque, según el modelo clásico, en las familias que hasta ahora hemos conocido, a los hijos se les engendra realizando el abominable acto del coito -de todo punto inconcebible en el paradigma nazareno-, en el curso del cual el padre introduce el órgano, con el que la Naturaleza le proveyó para aliviar la próstata, en la cloaca vaginal de la mujer, abierta en surco entre sus dos piernas. Y a base de obstinadas y brutales arremetidas del varón, la hembra queda inundada por el repugnante semen que acaba por constituirse en el primer indicio de una nueva vida; indicio que no hay que abortar porque, según los castos obispos, ello supondría una sobrecogedora crueldad. Habló también, don Antonio María, del amor eterno. Pero semejante galimatías podemos dejárselo a los amantes de la ciencia-ficción, para que llenen sus ocios -que no deben ser muchos, a la luz de los sucesos que de un tiempo a esta parte nos asombran-.

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