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La Navidad en un país laicizado (versión PSOE)

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 25 de diciembre de 2008, 07:58 h (CET)
Deberemos reconocer que nos encontramos ante una Navidad atípica. No por las fiestas, naturalmente, ni por la climatología, empeñada en llevarles la contra a todos estos que estarían deseando que, en estos momentos, todos nos estuviéramos friendo en el nuevo desierto en el que, según pronostican, se va a convertir nuestra España ni, seguramente, por la cara de satisfacción de los niños ilusionados con los Reyes Magos o el Papá Noel ( un advenedizo inmigrante que, como tantos otros, ha invadido nuestro país, para intentar arrebatarles su puesto de trabajo a nuestros tradicionales monarcas de Oriente ), todavía ajenos, en su inocencia, al peligro que se cierne sobre ellos de mano de este desmadre que es el sistema educativo español, que ni es educativo, ni enseña nada que valga la pena aprender; eso sí, según los políticos que nos gobiernan, está fundamentado en la doctrina de las izquierdas en la que prima el adoctrinamiento de los alumnos por medio de asignaturas como la Educación para la Ciudadanía, la asignatura estrella del PSOE, por medio de la cual se les va a despertar, prematuramente, esta pubertad que a nosotros, los viejos, nos llegaba a los 14 o 15 años, pero que, ahora, parece ser muy importante que empiecen a la más tierna infancia para que pronto decidan si sus tendencias sexuales se inclinan por ser gay o heterosexual.

En todo caso, los meridionales, los de los países del sur, si bien tienen a gala su laicismo de toda la vida, sus costumbres libertarias, su desprecio por los curas y su izquierdismo endémico; a pesar de todo ello, todavía hay muchos que se agarran, especialmente los sectores más humildes, –los de aquellos que vinieron de Extremadura o de Murcia a las ciudades industrializadas, en los tiempos posteriores a la finalización de la Guerra, para salir de la miseria e intentar labrarse un porvenir trabajando en el cinturón industrial de Barcelona o en Madrid; a la tradición que les viene de sus orígenes y que les induce a agruparse en el seno familiar para celebrar, con bota y pandereta, el nacimiento del niño Jesús. Es un misterio como en las clases más adineradas se ha extendido este big–bang expansivo que ha conseguido dinamitar el núcleo de la familia, convirtiendo las Navidades y la fiesta de Final de año en un motivo para dejar al descubierto el ocaso de la familia tradicional. Los “cotillones”, los “botellones”, las “disco”, los “programa especiales” de las TV’s, carentes de originalidad, paganizados, horteras y aburridos; han invadido a esta parte de la sociedad de los “nuevos ricos”, los que se han refugiado en el relativismo para amordazar sus conciencias; los que, sin dar golpe, a “pelotazos”, se convierten en millonarios, especulando, robando o metiéndose a políticos, que de las tres formas se consigue deshumanizarse, envilecerse y abjurar de los principios morales que recibieron de sus mayores.

Sin embargo, uno, en su modestia, en su condición de abuelete o “carca”, abreviatura piadosa de “carcamal”, debe confesar que todavía se emociona con las Navidades; es capaz de sentirse nostálgico cuando se refugia en su intimidad y deja correr el recuerdo que le acerca de nuevo a aquellas personas queridas que pasaron por su vida y que, en una inagotable procesión de lutos, se alejaron para siempre de nosotros, dejando que, poco a poco, sin apenas tener conciencia de ello, los que ocupábamos el lugar de los benjamines en nuestras familias, hayamos pasado a la primera fila; lo que significa que tenemos todos los boletos para ser las próximas víctimas de eso que, el señor Soria, con su habitual tacto y delicadeza, califica como “ayudar a morir” como si, para diñarla, se necesitara ayuda, ¡ te llega la hora y la palmas! Pero, para los que todavía ven lejos a la Parca, en definitiva, no es más que sacarse los estorbos de delante. He mencionado la palabra “luto” y es muy posible que, para muchos de las últimas generaciones les suene como algo anacrónico e, incluso, puedan pensar que tiene que ver con los llantos de las famosas “plañideras”, a las que se las contrataba para que gimieran y ayearan (puede que el famoso canto andaluz, el cante jondo, el del profundo sentimiento, se incubara en estas ceremonias mortuorias) Nada más lejos de la realidad. La muerte de un deudo, en virtud del materialismo que nos ha sorbido el seso, ( el que está depositado en el cráneo, no aquel al que alguno ha convertido en el objeto y fin de sus vida), ha pasado de constituir un trauma familiar, de hundir a los seres más llegados en una crisis, de la que se tardaba en sobreponerse; a ser poco menos que una reunión social, donde se habla de lo que se va hacer al día siguiente; del viaje proyectado para las vacaciones del verano y de lo bien que les irá el dinerito del difunto pata pagar los plazos de la hipoteca y, todo ello, en presencia del difunto convenientemente maquillado y depositado en una caja de roble, como si sólo se tratase de un “convidado de piedra” al que, sólo unas horas o días antes todos rivalizaban en demostrarle su cariño. No es broma, es tan real como el sol que nos alumbra cada día. Por eso si fuera cierto que los que “se van” tuvieran el don de contemplar lo que hacen los que se quedan, es probable que más de un extinto, a la vista de tales comportamientos, optara por despedirse de sus familiares y amigos con un potente, bien ejecutado y definitivo corte de manga.

Quisiera pensar que no todo esté perdido. Me figuro que, entre tanta gente, siempre habrá un grupo que, excepcionalmente, confirme la regla (aunque vean lo que sucedió con Abrahán, que suplicó a Yahvé que se compadeciera de la ciudad de Sodoma si encontraba en ella a 10 justos y el pobre hombre fue incapaz de encontrarlos por lo que, Sodoma, perecío arrasada por el fuego). La campaña de descalificación que, la izquierda progresista, está llevando a cabo en contra de la religión; el escarnio que algunos hacen de los cristianos; la apología del laicismo y el intento de convertir la moral y la ética en un patrimonio sujetivo, de forma que sea el mismo individuo quien decida lo que es bueno o malo y actúe en consecuencia, con entera libertad para escoger lo que mejor le convenga, aunque ello perjudique a su prójimo; no permite ser optimista respecto a las posibilidades de una recuperación de los viejos valores, aquellos que le otorgaron a nuestro país la calificación de “la católica España”.

En fin, voy a limitarme a dirigirme a aquellas personas de buena voluntad, que sean defensores del derecho a la vida, como un bien supremo extensivo, como no, a aquellos seres que, en el vientre de sus madres, aspiran a tener los mismos derechos que tuvieron sus padres a vivir, crecer y multiplicarse; para desearles de todo corazón que se cumplan sus deseos, que tengan trabajo, que vivan ejerciendo sus derechos como ciudadanos y como personas libres, bajo un Gobierno democrático y respetuoso con la Constitución. España tiene derecho a que se la respete, a que se la mantenga unida y a la solidaridad entre todos sus pueblos y ciudadanos. Esto es lo que nos obliga a los que amamos nuestro país a luchar hasta conseguir que vuelva ser la nación que nunca debió de caer en las manos de estos que nos gobiernan, cuyo único objetivo es acabar con todos los valores que hemos sabido mantener durante siglos. Y termino este artículo deseándoles a los que han tenido la paciencia de leer alguno de mis escritos y a quienes los han publicado, que gocen de unas pacíficas, descansadas y entrañables fiestas navideñas y de un 2009 lo más soportable posible. A aquellos que ni saben que existo, ¿para qué molestarme en felicitarlos si, tampoco, se van a enterar? Hay un refrán que dice: “Amigo que no da y cuchillo que no corta, aunque se pierda no importa”. Pues eso.

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