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Opinión
Etiquetas:   La linterna de diógenes  

Los trabajos y los días

Luis del Palacio
Luis del Palacio
miércoles, 24 de diciembre de 2008, 10:19 h (CET)
Una de las cosas más aleccionadoras, y no necesariamente aburridas, que el periodista puede hacer para refrescar la memoria, es acudir a las hemerotecas. Esa práctica, a veces inevitable cuando se trataba de refrescar un dato perdido entre montones y montones de papel impreso, ha quedado muy reducida por el uso, como arma de trabajo, de Internet. Sin embargo, hay datos que, por mucho que busquemos en la “red de redes”, sólo será posible encontrar en el ambiente silencioso del “cementerio de papel”.

Hay escritores que dieron lo mejor de sí en un medio tan efímero como la prensa diaria; un ejemplo cercano es el de Francisco Umbral y otro, añejo aunque vivo, el de Cesar , González Ruano. Ambos escribieron libros, algunos muy buenos, pero probablemente lo mejor de sí mismos, como escritores, quedó en ese papel que al día siguiente sólo sirve para alimentar el fuego de la chimenea. Julio Camba; el casi hoy olvidado “comediógrafo del régimen”, Alfonso Paso; Joaquín Calvo Sotelo; Antonio Iglesias Laguna (otro olvidado), José María Pemán fueron todos ellos grandes articulistas (Y como imagino que a estas alturas más de alguno habrá pensado, erróneamente, “se le ve el plumero a quien firma esta columna”, añadiré que uno de mis preferidos, felizmente vivo y nada mostrenco, es Javier Marías)

Toda esa literatura de campaña, escrita al albur de lo cotidiano, lleva en su esencia lo pasajero, lo fungible de la vida; y quien a ella dedica muchas horas de su tiempo, comparte algo –sólo algo- con los mártires; con los que dan mucho a cambio de nada o de muy poco. La columna está hecha para durar hasta el día siguiente, y ni un día más. Quizá por eso, desde hace ya bastante tiempo, no hay periodista que se precie que no escriba una novela. La dichosa e inevitable novela que no suele aportar nada nuevo ni a la literatura ni a la vida, pero que contribuye a que quien la firma tenga la ilusión de que en “el rio que nos lleva”, existe alguna rama a la que agarrarse; porque lo peor –según nos explicaron lo clásicos- es no perdurar en la memoria.

Cuando acaba el año y se hace inventario de lo que publicaron, apetece decir: “zapatero, a tus zapatos” o “plumilla, a tu crónica” (Hay excepciones, claro, como la de mi querida amiga Nativel Preciado, y algunos otros)

El periodismo y la literatura no son realidades intercambiables, aunque en muchos casos convivan juntos. Probablemente el periodista se lleve la peor parte, porque su trabajo está hecho para no perdurar. Eso hace bueno el final del estribillo de un villancico, con el que despido esta reflexión destinada al olvido:

“…y nosotros nos iremos,
y no volveremos más”.

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