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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ausencias

Nuria Rubio (Madrid)
Redacción
miércoles, 24 de diciembre de 2008, 10:41 h (CET)
La vida del ser humano está entretejida de ausencias, de la huella que dejan aquéllos a los que quisimos y se fueron para siempre. Cada ausencia es una herida en el alma que jamás llega a cicatrizar, que de alguna manera permanece abierta, pronta a sangrar de nuevo. El olor de un perfume, la melodía de una canción, un simple paseo por la ciudad, cualquier detalle -en apariencia insignificante- que nos devuelva con nitidez la imagen del ausente, puede provocar que volvamos a sentir esa punzada seca que en su momento nos hirió. Porque no es cierto que el tiempo lo cure todo; si acaso, adormece la tristeza, la hace menos desgarradora, pero no evita que despierte de su aparente letargo cuando el recuerdo de lo vivido araña nuestra memoria.

Porque el tiempo es complejo y, desde el presente, puede orientarse -sin ser ajeno a ciertos matices subjetivos- hacia un vector prospectivo o retrospectivo. Ese tiempo que, en su transcurrir, parece aminorar el dolor, convirtiendo el paso de los días, de las semanas, de los meses, de los años, en una especie de bálsamo sanador, es el mismo que, a su vez, no sólo contempla esos pequeños detalles del pasado que quedaron prendidos en algún lugar de nuestra mente, sino también el que continúa señalando en el calendario fechas significativas teñidas de melancolía: imposible olvidar un cumpleaños o un último adiós; imposible ignorar la alegría triste/ la tristeza alegre de la Navidad, que cada instante nos invita a volver la mirada hacia lo que fue y ya no será nunca. Y es que hay ocasiones en las que la ausencia de aquéllos que viven en nuestro pensamiento y en nuestro corazón se torna doliente presencia.

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