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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

Crédulo Montilla

Sergio Brosa
Sergio Brosa
martes, 23 de diciembre de 2008, 13:33 h (CET)
Hay ocasiones en que el deseo se hace más fuerte que la razón. Desear intensamente algo, así sea un amor, la mejoría en la salud de un ser querido o el anhelo por lograr ese deseo vivamente apetecido, hace a las personas que dejen de razonar sobre ello para empezar a fantasear y aferrarse a cualquier asomo de aproximación a lo deseado.

Así, cuando el médico que atiende a ese ser querido habla de un muy mal pronóstico y el celador del turno de noche comenta a su paso por la habitación del enfermo para realizar sus labores de limpieza, que ha visto reponerse a personas en similar condición del paciente que se va, se olvidan los familiares de los oscuros diagnósticos del galeno y se aferran todos al comentario del camillero, porque es eso precisamente lo que desean oír; es lo que coincide con su afán por el restablecimiento del ser querido. Hemos dejado entonces de lado lo racional para asirnos a lo quimérico, en la creencia absurda que es ahí donde está la verdad que tan ansiosamente se desea, aunque la fuente carezca de toda credibilidad en ese ámbito.

José Montilla, Pepe para sus allegados, presidente a lo Barack Obama de la Generalitat de Catalunya por su origen charnego, en su afán de ser el Molt Honorable President se juntó con los partidos perdedores de las elecciones para formar el Govern d’Entesa que viene a ser como un totum revolutum que rige los destinos de la comunidad autónoma de Catalunya desde hace dos años.

Montilla se encontró al ser ungido President con el nuevo estatuto de autonomía aprobado y ratificado en referéndum por el 33% del censo electoral catalán –con un nivel de abstención vergonzoso– pero sobre todo, con un proyecto de financiación autonómico por parte del Estado, al estilo compadre, denominado bilateral entre Catalunya y España en el propio cuerpo del Estatut, dejando de lado al resto de comunidades autónomas, para que así se las apañen ellas.

Este y otros artículos del Estatut, están recurridos ante el Tribunal Constitucional; obvio. Pero Montilla ha de llevar a cabo el anhelo de la sociedad catalana, que si bien nunca mostró clamor alguno por la redacción de un nuevo estatuto, como en flagrante embuste dijeron los partidos catalanes que lo propiciaron, ahora, en estos momentos de crisis, está con la boca pequeña susurrando que si el gobierno de Zapatero suelta la guita para Catalunya en la proporción que desde el Govern se le exige –con la boca pequeña también, dicho sea de paso, pero con gran despliegue local de voceros– pues bienvenido sea el dinero que falta nos hace.

Los partidos catalanes se confabularon antes del verano, para, como un solo hombre, permanecer en pié frente a ZP, amenazando con no apoyar los presupuestos generales del Estado para 2009 si no había acuerdo de financiación antes del 9 de agosto, fecha límite para hacerlo según el propio Estatut. Después de ese día, en el que nada ocurrió por parte de ZP como se preveía, durante el resto del mes de agosto, mientras el país dormía la siesta, Joan Saura, presidente ICV (Iniciativa Catalunya Verds, ex comunistas) y miembro del tripartito catalán, negocia por su cuenta con la vicepresidenta Fernández de la Vega, un nuevo plazo para el acuerdo de financiación. Ese acuerdo caducó también el pasado 17 de noviembre, sin acuerdo, por supuesto.

Y llega el momento de votar la ley de presupuestos generales y los socialistas catalanes, el PSC, franquicia del PSOE en Catalunya, vota a favor –dos veces pues vinieron devueltos del trámite del Senado y se votaron de nuevo– luego de amagar con que votarían “en conciencia”. Debe ser que no la tienen, pues los 25 diputados del PSC ni han pestañeado en darle soporte en ambas ocasiones. Hacían ver que no acatarían la disciplina de voto del grupo parlamentario, pero es demasiado dinero del padrino PSOE el que está en juego para la franquicia PSC.

Y una vez perpetrado el desaguisado de apoyar los presupuestos que se aprueban con una mayoría de tan sólo dos votos y haber roto con la unidad ficticia de los partidos catalanes antes del verano, ahora Montilla, ante semejante ridículo propio y de su partido, se reúne en solitario con ZP, para implorarle un acuerdo de financiación para antes de fin de año. Y no lo logra, por supuesto.

Montilla no es ningún crédulo. Es un hombre hecho a sí mismo que supo aprovechar los entresijos del politiqueo para situarse bien en el partido desde su llegada a Catalunya a los 14 años. Fue un buen alcalde de Cornellà; aunque si bien no convirtió esa población en El Dorado pues tampoco él era el cacique de Guatavita, la hizo crecer y fortalecerse. Pero ahora Montilla se agarra a un clavo ardiendo, el de ZP, para pasar de la razón a la quimera. Necesita que Zapatero se avenga a ese acuerdo bilateral de financiación que anhela para poder seguir sacando pechito en Catalunya. Pero Zapatero no se lo va a dar, aún con haber estado el sábado reunidos el La Moncloa, mano a mano por espacio de seis horas.

En efecto, Zapatero que tiene muchas carencias, tiene también algunas luces y sabe que el acuerdo bilateral está expresamente proscrito por la Constitución. Todas las demás autonomías se le echarían encima y eso iba a ser su final. Y ahora que se está consolidando como un nuevo rey sol, no va a permitir que una franquicia de provincias a la que el PSOE mantiene lustrosamente por las transfusiones económicas que le dan brillante sustento, le estropee el chiringuito.

Zapatero trabaja por el acuerdo multilateral entre todas las comunidades autónomas, salvo País Vasco y Navarra, como está legislado que debe hacerse.

Por lo que Montilla se va a encontrar carbón el día de Reyes, por crédulo y seguir en la creencia de que ZP le va a sacar las castañas del fuego cuando todo apunta a que se lo quiere sacar de encima. Como ya hizo con Maragall.

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