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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Hay palabras que escuecen. Fraga supo decir algunas

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 20 de diciembre de 2008, 01:39 h (CET)
Mientras los hipócritas, y al referirme a esta suerte de fariseos no sólo quiero apuntar a los habituales doble moralistas de la izquierda, a los que sólo se acuerdan de la religión para denigrarla y buscar el modo de luchar contra ella, utilizando para ello todas falacias, argucias, inexactitudes, maldades e insultos, sino que, por triste que pudiera parecer, a muchos de los que se llaman de derechas, de estos meapilas que se escandalizan cuando se habla en contra del señor Rajoy, pero que no tienen inconveniente en mirar hacia otro lado cuando se habla del aborto o del problema de los homosexuales, para evitar tener que pronunciarse en contra de temas tan “inoportunos”, tan “incómodos” y que tanto les cuesta criticar; debido a que en el establishment, dentro del que se mueven, constituyen temas “tabú” a causa de la importancia y reconocimiento que, hoy en día, se les da a los homosexuales y al miedo que sienten por ser considerados “machistas” por no reconocerles, a las feministas, sus pretendidos derechos a deshacerse, por métodos expeditivos, de sus hijos “no deseados”; como si los hijos pudieran distinguirse en las categorías de deseados y no deseados o, dicho de otra forma más brutal: entre hijos con derecho a vivir e hijos condenados a muerte.

Hete aquí que se ha montado el gran escándalo, porque al señor Manuel Fraga, una persona mayor que, seguramente, ya ha entrado en esta fase de la vida en la que cantar claro las verdades es lo que más le pide el cuerpo; tuvo la ocurrencia de contestar a un periodista sobre cómo se debiera considerar el peso de algunos partidos nacionalistas a lo que don Manuel contestó: “colgándolos de algún sitio”. No hay duda de que, cuando queremos saber lo que pesan unas patatas no hay otro medio que ponerlas en una balanza lo que, en otros tiempos, cuando la mecanización y los sistemas digitales sólo eran meras utopías, requería de las famosas romanas de las que, en un extremo, se colgaban las mercancías que había que pesar y, en la otra parte del brazo, al otro extremo del fiel, se equilibraba con un peso que, situado en la muesca oportuna, permitía averiguar con exactitud del peso deseado. Es evidente que hablarles a las nuevas generaciones de “romanas” es como si quisiéramos hacerles entender que hubo un tiempo en el que las mujeres solían ir al matrimonio con el himen entero, es decir, algo que, difícilmente, se lo podrían creer.

Con todo y a pesar de que todos los mojigatos que habitan esta parte del mundo, que es España, se hayan molestado y hayan aprovechado el hecho para atacar de nuevo a las derechas; el señor Fraga dijo una verdad como un templo. Valdría la pena hacer una reflexión profunda sobre los efectos que ha tenido para nuestra nación el hecho de que, los padres de la Constitución, tuvieran que transigir (me imagino que gracias la intervención del nacionalista señor Roca Junyent), y dar paso a esta barbaridad en la que se ha convertido este tema al que se le ha dado por llamar “el Estado de las Autonomías” o sea, erradicar las antiguas regiones y provincias españolas, todas ellas formaban una apacible nación española, sin que se les limitara sus costumbres, sus lenguas ni sus usos; para convertir a cada una de ellas, gracias al cambio de denominación y en la absurda delegación de competencias, en un verdadero avispero donde las distintas clases de avispas que se identifican como los políticos que hoy integran sus respectivos gobiernos ( muchos de ellos simples conversos de antiguas bandas terroristas, a los que no les temblaba la mano cuando se tenía que poner una bomba o torturar y asesinar a sus rivales), han aprendido a asegurarse sus puestos valiéndose del sistema de buscarse el apoyo de la población, inculcándole sentimientos separatistas e independentistas; buscando la confrontación de los ciudadanos de una autonomía contra los de otra; exprimiendo las arcas del Estado y atentando descarada, temeraria y vergonzosamente contra la unidad de España.

Si me he quejado alguna vez del señor Fraga ha sido, precisamente, por una cierta tendencia a favorecer el uso indiscriminado del gallego dentro de su comunidad en perjuicio del castellano, un idioma que, por otra parte, se usaba con toda normalidad en aquella bonita región. Pero vean ustedes, la interpretación que se le ha querido dar a las palabras de Fraga es la que, seguramente, los que las critican han querido interpretar, de modo que, con todo probabilidad, sería la idea que tienen ellos de lo que desearían hacer con todos aquellos que nos sentimos españoles y no pasamos por este hecho diferencial de querer que nos convirtamos en un nuevo Estado, de corte federalista, donde cada autonomía, por medio de su gobierno regional, se erija, a similitud de los antiguos feudos de la Edad Media, en lo que fueron los señores feudales, dueños de haciendas, vidas y bienes de los lugareños, que pasaron directamente a ser dependientes para todo de sus gobernantes. Es probable que las hayan interpretado en su sentido literal o sea, que, donde estarían bien ubicados sería colgados de las ramas de cualquier árbol lo suficientemente sólido para que sus ramas no se quebraran. Y es que los hay que no piensan una a derechas (vaya, ya he vuelto a poner la palabra de marras)

Sin embargo si, como antes e propuesto, echamos un vistazo hacia atrás y queremos hacer un balance de lo que nos ha costado a los españoles este invento de las autonomías; no nos quedará más remedio que reconocer que, aparte de tener que contribuir a pagar con nuestros impuestos a una pléyade de políticos ( la mayoría incompetentes y meras sanguijuelas de la economía nacional) que se han añadido a esta multitud inconmensurable de funcionarios ( más de 500.000 más que antes) y a los que podemos unir todos estos organismos marginales como las GAES, el CAC, la Alianza de Civilizaciones, comisiones, subcomisiones, expertos, informadores y asesores; resulta que, señores, en España, para lo que se dice trabajar, hincar el codo, producir riqueza o hacer sudar la frente dándole al pico ya no queda apenas nadie y, por eso, no nos debe extrañar que, cuando todos estos paniaguados, tiralevitas, enchufados y chupópteros, que viven a costa de los demás, escuchan a alguien que está dudando de la efectividad de las aportaciones nacionalistas; que hace un balance de lo costoso que resulta para la nación y saca la conclusión de que, gran parte de la culpa de la recesión, se debe al excesivo gasto público causado por este despilfarro institucional; se ponen a aullar como lobos, pensando que, si a alguien se le ocurre analizar la situación, sus puestos y gabelas podrían acabar por peligrar y ¡esto, señores, no lo van a consentir!, ¿volver a trabajar en una oficina o sudando el sobaco?¡ Ni hablar!

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