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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Jorge se llama mi amor

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 20 de diciembre de 2008, 01:39 h (CET)
(MI ALMA GEMELA ES BEGOÑA)

A mi querida, señera y señora madre, Iluminada, y a mi dilecto sobrino Jorge, porque hoy, jueves, dieciocho de diciembre de 2008, ambos cumplen años; ergo, a los dos, ¡muchas felicidades!

“Lo mejor de la vida es el pasado, el presente y el futuro”. Pier Paolo Pasolini

Nunca olvidaré (si el alzhéimer no acaba haciéndome la jugarreta o puñeta de robarme el cofre donde guardo y atesoro el grueso de mi patrimonio, mis recuerdos) aquella tarde remota, de proverbiales tonos ocres y rojizos, timbres y trinos otoñales, aromas y olores crepusculares. Antes de que el astro rey enviara sus postreros emisarios de luz a la Tierra con el encargo (en una versión anterior decidí que apareciera, por más ajustada al caso, la voz “orden”) para los árboles caducifolios de que se deshicieran al momento, en un santiamén, de sus prendidas de un fino hilo hojas, que iban a alfombrar, durante unas horas al menos, el bulevar (por antonomasia y excelencia) algasiano, me anudé la roja bufanda de lana al cuello y, tras recoger mi guedeja de miel en un moño provisional, cubrí mi testa con el gorro, de iguales color y tejido a los de la mencionada, a juego.

Llegué al Paseo de Invierno, el punto de encuentro de nuestra primera cita, con veinte minutos de antelación y un nerviosismo inusual, que, además de con mariposas en el estómago, cursaba con una indomable taquicardia.

Mareada, pendiente (como estaba) de si los muchos transeúntes, que a esa hora deambulaban por el lugar, eran jóvenes y solitarios y portaban una boina aleonada del Athletic, no me di cuenta de que Jorge, que, a la sazón, vestía traje negro y corbata azul turquesa, y llevaba el susodicho pin en el ojal de la solapa izquierda de su chaqueta, era el adonis que había llegado al sitio a la par que yo y estaba a escasos metros de mí, sentado en el banco de al lado, hasta que él se dignó preguntarme si yo era Begoña.

En el par de segundos que invertí en darle dos besos en sendos carrillos de su cara tuve la sensación profética, nostálgica (le ahorraré al lector de estos renglones torcidos, por pretencioso, el otro adjetivo que había pensado agregar, formando una trena, “milagrosa”), de disfrutar a tope acariciando varios álbumes de fotos, breve resumen de mis cincuenta y dos años de feliz vida en común con él.

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