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¿Saldrán de rositas los colocadores de valores basura?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 19 de diciembre de 2008, 03:48 h (CET)
Si alguno de ustedes va a unos almacenes a comparar cualquier electrodoméstico, seguramente se interesará por la marca, por sus prestaciones, su fiabilidad, duración y las garantías que se le ofrecen para, en caso de fallo del artefacto, poder reclamar su arreglo y, si no fuera posible, sus sustitución por otro nuevo o la devolución de lo que ha pagado por él. Pues bien, vean ustedes la gran contradicción que se producen en el caso de que usted, huyendo de la volatilidad bursátil, pretendiendo sacar algún rendimiento de sus ahorros y buscando un valor, unos bonos, un fondo o cualquier otro producto financiero que le proporcione un interés fijo, se deja aconsejar por estos supuestos técnicos de los bancos, estos pretendidos expertos, que deberían conocer todos los intríngulis de las sociedades de inversión, sus contabilidades, sus garantías, su solvencia, en fin, todos aquellos requisitos para garantizarle a usted que, aquel capital que va a decidido invertir en aquel producto financiero, esté a salvo de cualquier riesgo; que es sólido y que goza de la garantía precisa para que su inversión no corra riesgo.

Pero, hete aquí, que todas las facilidades que se le dan para invertir el dinero, todos los placebos que le ponen delante de sus narices para que huela el olor de una buena inversión y todos los aspavientos con los que se le asegura que está haciendo un buen negocio adquiriendo aquel valor, aquel fondo o aquellos bonos; cuando se producen casos como el de Lehman Brothers o la supuesta ( habrá que ver el porqué, todavía, se habla de supuesta cuando ya todo el mundo se lleva las manos a la cabeza observando como sus inversiones se esfuman como el humo) de Madoff Investment Securities –que, al parecer asciende a la escalofriante cifra de 37.400 millones de euros –, todos aquellos intermediarios financieros, llámense bancos, cajas o sociedades de inversión, se vuelven de espaldas y empiezan a silbar como si la cosa no tuviera nada que ver con ellos ni hubieran cobrado su correspondiente comisión por la colocación de aquellos valores basura ni hubieran tenido la obligación de vigilar de cerca la marcha de los mismos y los síntomas que se han ido produciendo, forzosamente, cuando aquella sociedad ha iniciado el viejo truco de ofrecer grandes intereses ( hasta un 1% mensual) para atraer así a la clientela, para que con la captación de nuevas inversiones se vayan pagando los intereses de los primeros que cayeron en el cepo. La célebre pirámide, que para un inversor, y en el caso de los particulares con mayor motivo, le es muy difícil llegar a desentrañar pero que, no obstante, parecería lógico que, cuando se trate de personas especializadas y organismos financieros de solvencia, debería ser el pan nuestro de cada día. No ha sido así.

Y, como en el caso de Lehman Brothers, en el caso de Madoff, los intermediarios, los que deberían haber vigilado el producto que vendieron como bueno a sus clientes, los que no se han enterado de nada hasta que el mal ya es irremediable; todos estos señores que cobran fabulosos sueldos, que visten a lo yuppy y que organizan simposios, conferencias con diapositivas y que la hablan en una jerga técnica capaz de enredar al más pintado; que le endosaron, como buenos, productos que no valen ni el papel en el que están impresos; toda esta pandilla de vividores y los que se forran con tales ocupaciones, sin preocuparse lo más mínimo de lo que les pueda ocurrir a los ahorradores que se fiaron de ellos; toda esta ralea, en fin, de banqueros, corredores de bolsa, sociedades de inversión mobiliaria y toda la parafernalia que las rodea, resulta, por extraño, inverosímil, inmoral y absurdo que pueda parecer, que se lavan las manos como Pilatos, aparentando no tener nada que ver en la ruina a la que, de una manera tan personal y activa, han contribuido. Porque señores, estos sujetos, estos bancos que se han enriquecido colocando productos que, luego, han resultado ser una basura, sin ningún valor; se están limitando a condolerse de la mala suerte del inversor, se muestran muy solícitos diciéndoles que ¡no le van a cobrar por la custodia de los valores desvalorizados! Y, como máxima expresión del interés de la entidad en la ruina de los inversores, le dicen que los gastos y honorarios de los abogados que intervendrán en el procedimiento judicial que se ha incoado contra los culpables, correrán por su cuenta.

Y uno, estupefacto, se pregunta: ¿y, a todo esto, que han hecho todos estos organismos oficiales, repletos de funcionarios para evitar que, en España, fuéramos víctimas de semejantes engaños?, ¿dónde ha estado el Banco de España que no se ha enterado de que se estaban ofreciendo valores carentes de garantía?, ¿dónde la CNMV, que tanto ha tenido que ver con temas ajenos a su competencia, entrometiéndose en OPAS de empresas privadas y, sin embargo, no ha sido capaz de investigar debidamente la solvencia de estas sociedades emisoras que se han montado sobre un “bluff” y que, a la postre, no son más que aire, humo y nada más? O es que ahora resulta que nadie va a tener la culpa de lo que viene sucediendo, que toda la defensa que tenemos los inversores por parte del Estado se limita a que éste se dedique a darle el dinero de nuestros impuestos a estos bancos que, cuando han de responder ante sus clientes, escurren el bulto. ¿Por qué, el Ministerio de Economía y Finanzas no toma cartas en el asunto? Si es verdad que, a pesar de la crisis, los bancos han tenido o, al menos así ha salido en la prensa, unos beneficios de 114.000 millones de pesetas, ¿por qué no se les obliga a responder ante sus clientes, haciéndose cargo de las pérdidas que les han causado por endosarles productos financieros carentes de la debida solvencia económica?

Aquí no se trata de renta variable, donde el que invierte ya sabe a lo que se arriesga, no, señores, estamos hablando de renta fija, de fondos o cestas de fondos, ofrecidas por las entidades bancarias como refugio para aquellos que no quieren correr los riesgos de la Bolsa. Lehman Brothers emitían su producto a cambio de un interés semestral o anual y, se suponía, que detrás de esta operación había una empresa sólida y solvente que respaldaba el capital que recibía de sus inversores. Los únicos que han sufrido la pérdida han sido los inversionistas, la mayoría de ellos modestos ahorradores, cuya única responsabilidad ha consistido en haber confiado en aquellos que les impulsaron a invertir su dinero en algo que, a la postre, no ha quedado en otra cosa que en agua de borrajas. Pero nuestro Gobierno, este gobierno socialista que tanta propaganda se hace y que tanto presume de velar por las clases trabajadoras; no se ha preocupado, ni poco ni mucho, de todos estos ahorradores, muchos de ellos jubilados, que contaban con sus inversiones para complementar sus exiguas pensiones. Es evidente que, en lo único, en lo que están metidos en estos momentos en los que les supera la crisis, es en favorecer a los grandes banqueros, en salvar las grandes empresas y en salvarse, de paso, a ellos mismos; no fuera que pudieran quedar descabalgados de las poltronas que ocupan gracias a que, una gran parte de la ciudadanía, lo quiso así. Estoy seguro de que muchos de los damnificados por las quiebras de Lehman y Madoff, pertenecen al partido del Gobierno. Lo siento, pero no puede sentirme apenado por ellos.

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