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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El encanto de la palabra manuscrita

Nuria Rubio (Madrid)
Redacción
viernes, 19 de diciembre de 2008, 18:51 h (CET)
Recuerdo con nostalgia aquellas Navidades cuya inminente proximidad venía anunciada por la llegada escalonada de tarjetas a nuestros domicilios, enviadas por familiares, amigos y demás personas unidas a nosotros por los más variados vínculos. Todos ellos recibían, a su vez, la misiva correspondiente.

La recepción de esas tarjetas navideñas manuscritas traía consigo cierto ritual. En primera instancia, tu mirada se deslizaba por las letras que, trazadas en el sobre, daban forma a tus datos personales; si la caligrafía no era reconocible, procedías de inmediato, movido por una curiosidad inquietante, a mirar el dorso con objeto de descubrir la identidad del remitente. Acto seguido, abrías el sobre para encontrarte con el dibujo o reproducción pictórica que cobijaba el texto, ese texto que alguien había redactado pensando en tí. Daba igual que, en algunos casos, sólo contuviera frases hechas del tipo "Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo"; la escritura manual las hacía únicas, inéditas, como si nadie las hubiera escrito jamás para otro que no fueras tú.

No ha transcurrido demasiado tiempo desde ese ayer en el que esas tarjetas manuscritas eran de uso generalizado. Sin embargo, la tecnología ha impuesto de tal manera otros soportes de comunicación que ha hecho de ellas algo casi obsoleto. Recibir hoy en día una felicitación por Navidad escrita manualmente es insólito o cuanto menos sorprendente; sustituída por el e-mail -e incluso por el brevísimo sms- va quedando poco a poco avocada a ocupar un lugar en ese difuso espacio de la memoria colectiva donde habitan las costumbres que en su momento estuvieron vigentes y que empiezan ya a formar parte del pasado.

Sería una sinrazón negar las evidentes ventajas de los avances tecnológicos -léase, por ejemplo, la inmediatez del correo electrónico frente a la posible demora en el correo postal-; con todo, estimo que, en unas fechas a las que se presupone una clara connotación sentimental, sería hermoso recuperar el acto de escribir a mano como un gesto llamado a personalizar el mensaje transmitido. En la época del año en la que afloran por doquier las acciones humanitarias, en la que son exaltados los mejores deseos hacia el prójimo, palabras como "paz", "amor", "felicidad" se revisten en su versión manuscrita de un encanto especial: el encanto de dejar entre sus trazos algo de nosotros mismos.

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