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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Los voceros profesionales

Mario López
Mario López
jueves, 18 de diciembre de 2008, 01:18 h (CET)
El silencio es un tesoro cuando es tuyo y un martirio cuando te lo imponen. Con la soledad ocurre lo mismo. Pero si te invaden tu silencio o tu soledad, eso es peor que la muerte. Porque, en realidad, es vivir en estado letal. Cuando no puedes escucharte a ti mismo entre el ruido de los otros, ni sentirte vivo en un espacio íntimo, te conviertes en un pelele. Pues esto es lo que nos hacen a diario. Nos invaden nuestros silencios y nuestras soledades para devastarnos.

En este país hay infinitas más voces que las que se escuchan a diario pero, lamentablemente, nos moriremos sin conocerlas porque yacen bajo la torrencial palabrería de los voceros profesionales. Los voceros profesionales carecen de la mínima inteligencia de quiénes somos. Nos arrasan sin pudor y luego nos miran con curiosidad, expectantes, a ver cuál es nuestra reacción; como si ellos fueran un Pavlov elevado al infinito y nosotros, simples ratones de laboratorio. Si no fuera porque su conducta es devastadora, resultaría cómico. Pero es patético. Dentro de todos los voceros existen grados. Hay voceros tenues, comedidos, que hablan con bastante prudencia, como intuyendo que en verdad somos personas. Dentro de esta categoría podrían estar Iñaki Gabilondo, Rodríguez Zapatero o José María Brunet. Luego, subiendo un peldaño en la escala de la insolencia, estarían los voceros que ríen sus propias gracias, que ya han perdido prácticamente el contacto con nuestra condición humana. Entre ellos podemos encontrarnos con toda la nómina de parlanchines monologantes de cuyos nombres podemos prescindir. Finalmente, están los voceros incendiarios, las acémilas de la palabra, las lenguas flamígeras, esos seres infernales que nos llenan de inquina en cuanto abrimos los ojos. Jiménez Losantos, Carlos Dávila, Esperanza Aguirre, Aznar. Esos seres son la peor peste. Se me podrá decir que en mi mano está no escucharlos. Cierto es. Puedo evitar escucharlos y, por lo general, lo consigo. Pero lo que no puedo evitar es que mis amigos los escuchen y luego tenga yo que sufrir la cólera inducida de mis amigos.

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