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Los mismos métodos, idénticos procedimientos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 14 de diciembre de 2008, 22:00 h (CET)
Gira, gira gira, la rueda sigue rodando sobre su eje y, a cada vuelta completa, regresa a su cenit; aunque el tiempo siga transcurriendo y la carreta haya avanzado una cierta distancia, en su trayecto hacia su destino. Las revoluciones, los levantamientos de masas los grandes cambios políticos que se han sucedido a través de los tiempos en la humanidad, al contrario de lo que se pudiera pensar, nunca han sido motivados, impulsados ni organizados por el pueblo deprimido, oprimido y explotado que, si bien, sí es susceptible de acumular el rencor contra quien lo explota, siente el peso de la bota que le oprime contra el suelo y se deja llevar por la desesperación, entregándose a la fatalidad que el sino le ha impuesto; no obstante no sabe reaccionar ( en todo caso, sólo llevado por un impulso suicida y fruto de la locura de un momento de dignidad, pudiera levantar la mano, provista del arma homicida, contra quien le esclaviza; sabiendo que, como la abeja, aquella suprema venganza contra su verdugo significa su perdición definitiva), contra la maldición que le tiene encadenado a la miseria y necesita el revulsivo de aquellos que saben como tocarle la fibra sensible, que tienen los medios para organizar a los desfavorecidos de la fortuna y que saben poner orden en ellos e imbuirles las ideas que los hagan actuar, como autómatas, en la dirección en la que desean que lo hagan.

Lo que, tanto Lenín como Trosky, Bakunin y el propio Stalin supieron hacer, fue entender los problemas de los sin tierra y, con habilidad y astucia, utilizar la demagogia para saberlos mover, como peones en un tablero de ajedrez, para alzarlos contra el poder establecido; representado, en aquella Rusia de los zares, por el propio Zar y por toda la nobleza que poseía y ejercía, despóticamente, su poder y autoridad sobre los que cultivaban sus tierras y vivían en la más completa miseria. Esta ha sido siempre el arma política que el régimen soviético, a través de sus Internacionales, supo esgrimir para hacerse con el poder y crear los famosos Frentes Populares, en aquellos países a los que no se atrevían a enfrentarse con las armas. La fuerza que esto les proporcionó durante los años anteriores a la segunda Gran Guerra, la de 1939, queda demostrada por los problemas que lo gobiernos de Francia y Alemania tuvieron que afrontar para evitar la revolución de las izquierdas dentro de sus respectivos países. Alemania lo consiguió dejando paso a la dictadura de Hitler, Francia, no obstante, estuvo condicionada por un partido comunista muy fuerte, que fue el que la lastró durante la guerra española y que, más tarde, por uno de esos raros azares del destino, tuvo una parte importante en la resistencia francesa que, paradójicamente ayudó a los aliados a ganar la guerra.

Por eso, cuando observamos, desde una perspectiva histórica, la evolución de ciertos movimientos de protesta social, tenemos la tendencia a querer averiguar, intentar descifrar y buscar los beneficiarios que, de los mismos, se pudieran deducir. Porque, señores, que en el París de 1968 se produjera el gran movimiento estudiantil que puso la banlieu en efervescencia, no fue algo que surgiera por generación espontánea; detrás existió una verdadera labor de captación de cabecillas, de politización de las universidades, de activistas insertados en las filas estudiantiles y mucho dinero, todo el que hizo falta para convertir a la capital de Francia en un verdadero hervidero que se volcó, incluso, fuera de sus fronteras. No fue la miseria la que movió a diez millones de trabajadores a unirse al movimiento estudiantil, no fueron sus propios sindicatos los que iniciaron la revolución, sólo que fueron, hábilmente, manipulados para seguir un movimiento estudiantil con el que, en principio, nada les unía.

El precedente de la Revolución jacobina de 1789, nos conduce de nuevo ante la paradoja de que, el pueblo llano, el que padecía hambre y miseria, vegetaba por los alrededores de París, robando, buscando comida por las basuras, prostituyéndose; no fue, en realidad el que, de pronto, por una explosión sincronizada se levantara contra Luis XVI y atacara la Bastilla. Fueron los miembros de una oscura organización, que alguien dice que procedía de la masonería y otros de otra sociedad secreta cuajada de personajes, algunos nobles descontentos y los habituales “iluminados” que, las manos ocultas que manejan los hilos de todo movimiento popular, saben hacer aparecer como los caudillos de toda revuelta, para que ejerzan de cabezas de turco. Fueron, en definitiva, el grupo denominado “Los Jacobinos” quienes le dieron forma a la conocida Revolución Francesa, en la que se quiso depurar una nación, como más tarde la han hecho otros sádicos como Stalin, Hitler etc., utilizando la exterminación del enemigo y de sus familias como medio de cauterizar las heridas provocadas por los odios entre clases.

Un ejemplo más cercano lo tuvimos en el 2004 cuando, pocos días antes de las elecciones legislativas, un “oportuno” atentado terrorista le dio el vuelco a la situación política. El beneficiado, a la postre, el PSOE que, utilizando todos sus resortes, poniendo en pie de guerra a los de la farándula y moviendo sus activistas, consiguió, en un tiempo record, contraviniendo todos los acuerdos anteriores respecto a apoyar al gobierno en temas de terrorismo, sacaron a las calles las turbas que supieron dirigirse a los puntos clave, delegaciones del PP, para montar el sabido número de la guerra de Irak. Ahora, la rueda continúa girando, los peones de las izquierdas nostálgicas del bolchevismo, están aprovechando la crisis económica para intentar desacreditar la economía de mercado, que nunca ha sido patrimonio exclusivo del capitalismo, para intentar implantar de nuevo las doctrinas de Keynes, con la presencia masiva del Estado como garante de la economía. Todos sabemos como acabaron estas experiencias en los países de detrás del Telón de acero, pero también sabemos que las izquierdas se valdrán de la gran crisis financiera, recalquémoslo, no del sistema de mercado, para intentar desacreditar toda la riqueza que se ha generado gracias a la libre iniciativa individual. Lo de Grecia, los tumultos de los estudiantes griegos, no son más que parte de la nueva estrategia que las izquierdas han decidido implantar en Europa. ¿Se imaginan una revolución semejante si un huelguista o manifestante se hubiera cargado a un policía? Un par de líneas en una página interior de un periódico y aquí paz y allá gloria. El mundo sigue rodando pero la estupidez de los políticos les impide sacar lecciones de la historia.

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