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Opinión
Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

Y, otra vez, la revolución

Mario López
Mario López
domingo, 14 de diciembre de 2008, 03:03 h (CET)
Ayer se escenificó en Madrid y Barcelona la primera jornada de lo que puede llegar a convertirse en el “año de las algaradas juveniles”. Los actores, como en todas las ocasiones precedentes desde los tiempos de la Reconquista, se mueven impulsados por una intuición histórica que no pueden eludir.

Unos, pensando en ir abriéndose paso hacia los puestos de mando de las futuras organizaciones políticas y otros, con la ceguera clásica del místico predestinado a perpetuarse en las colas del INEM. Bueno, se me olvidaba que también están los del otro bando: la policía. Las fuerzas de seguridad del Estado, que están para defender el orden callejero, la seguridad de los establecimientos públicos y privados, la integridad física de los ciudadanos de orden y para sosegar el destemplado ánimo de estos jóvenes que han atendido al llamado de la Historia con encomiable prontitud. Es obvio que por mucho mobiliario urbano que se incinere las cosas se sucederán como decidan el FMI, el BCE y Emilio Botín, que para eso están. Pero de momento, parte de la juventud –la que no está con lo del Erasmus o el máster en Suiza o la beca en Yale- ha decido salir a la calle a demostrarnos lo bien que andan de psicomotricidad y arrestos –la verdad es que, a juzgar por las imágenes, los tienen como el caballo de Espartero-. La cosa viene de Grecia, país incendiado por la cólera provocada por los santos inocentes caídos a manos del brazo armado del capital. El aspecto de estos jóvenes tirios o troyanos –que para el caso viene a ser lo mismo- está copiado de los niños palestinos lanzadores de piedras. La diferencia es que a los niños palestinos nadie les va a salvar de su miserable destino y a nuestros jóvenes estos tumultos les lanzarán a la carrera política que les llevará, más pronto que tarde, a engrosar las filas de algún partido de corte liberal, a la redacción de alguna publicación postinera o, en el peor de los casos, a las colas del INEM.

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