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Etiquetas:   Crítica de cómic   -   Sección:   Libros

‘Spaghetti Bros’, vol. IV: un generoso homenaje al género negro

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 23 de febrero de 2009, 09:58 h (CET)
La cuarta y última entrega de ‘Spaghetti Bros’ mantiene idéntico tono de interés y calidad que las tres que le precedieron, utilizando la misma estructura de capítulos independientes y, sin embargo dependientes, unos de otros. Cada historieta de ocho páginas tiene relación con la siguiente y la anterior, aunque encierra su propio argumento, su propio desarrollo y su propio mundo. De ahí ese vínculo de dependencia/independencia del que les hablaba. Pero lo mejor de todo es que los bloques, al ser autónomos, podríamos leerlos y comprenderlos perfectamente de modo aislado, al tiempo que si hilvanamos varios de ellos seguidos, descubrimos que tenemos entre manos una especie de serie por entregas. Algo parecido a una novela, pero que yo no me atrevería a definir como tal.




Portada del cómic.


Sin embargo, en algunos episodios de este último álbum la voz cambia y James, el hijo de Carmela, toma la palabra para erigirse en protagonista a la vez que narrador. Y el ambiente familiar que James plasma en su diario es terrorífico, hasta tal punto que se ve a sí mismo como una especie de Frankenstein. Lo enrevesado de los acontecimientos que describe llevan al célebre guionista cinematográfico, Barton Fink, otro habitual de la serie, a quien el muchacho enseña su diario para que le corrija el estilo, a preguntarle si su imaginación brutal es el resultado de su afición "a ver películas de terror". A lo que el jovenzuelo con ingenuidad, no sé si fingida o no, responderá: "No, mi mamá no me deja".

Ahora que está de moda que los escritores "rindan homenaje" a los grandes géneros (policiaco, de aventuras, etcétera) y a los grandes autores, ‘Spaghetti Bros’, probablemente de modo involuntario, también se apunta a esta tendencia. Lo único que ocurre, y aquí reside su gran riqueza, es que en este caso el homenaje seria múltiple, abierto y generoso.

Comenzaríamos por el cine. Las grandes películas de temática negra fueron rodadas precisamente en eso, en blanco y negro. Probablemente de ahí nazca la idea de Trillo y Mandrafina de dibujar la serie en esos dos tonos. Esta ausencia del color no hace más que corroborar la gran importancia que tuvo el celuloide en la difusión de los míticos títulos del género policiaco: ‘El halcón maltés’, ‘El sueño eterno’, ‘Regreso al pasado’, ‘Cara de ángel’, ‘Atraco perfecto’... De hecho, en alguna entrevista, el dibujante Domingo "Cacho" Mandrafina reconoce que le "gusta utilizar los buenos recursos del cine".

Seguiríamos por la época en la que se desarrollan las historietas. La cosa ronda los años 30 y los enfrentamientos entre las bandas de italianos e irlandeses y la policía, a causa de la Ley Seca, son constantes. Esos momentos, en los que precisamente surgió el género negro, están llenos de matices, de luces y sombras, de blancos y negros ... y de grises. Desde entonces, por ejemplo, un gángster quedará estereotipado para siempre con trajes de colores oscuros, lisos o rayados, y chaquetas cruzadas o, al menos, con pantalones y americanas a juego, rematada la indumentaria con el típico sombrerito que tanto Bogart como Mitchum exhibirían en todas las películas del género, cuando interpretaban a Sam Spade o Philip Marlowe. Precisamente, uno de los retratos fotográficos más famosos del fundador de la llamada novela negra, Dashiell Hammet, lo muestra con un sombrero de tipo "Fedora" - de pistolero, vaya, para entendernos -, chaqueta oscura, camisa blanca y corbata a rayas. Todo un modelo. Todo un símbolo. Toda una escuela.

Pero hay mucho más. Los años treinta son los años de los teléfonos negros, alargados, con auriculares unidos al micrófono por un hilo grueso; de las máquinas de escribir Underwood, también negras, con sus teclas de bordes metalizados y sus desgastadas cintas, con su tipografía tan característica conocida por tantos y tantos primeros planos del celuloide; de los coches antiguos, con la rueda de recambio en un lateral y un ambicioso maletero de portón panzudo, desde los que se ametrallaban enemigos o barrían las cristaleras de la "competencia"; de las cajas registradoras barrocas, doradas o cobrizas, y de manivela, las del característico ‘¡clinck!’ al abrir o cerrar el cajón de la morralla; de callejones únicamente decorados con huérfanos cubos de basura o transitados por gatos despistados a la luz de la Luna; de los cigarrillos eternamente humeantes o de ... Son tantos y tantos detalles que podría llenar varias páginas con ellos. Y es que Trillo y Mandrafina los han calcado a la perfección, en el mejor sentido del término calcar.

Extraña familia la de los cinco "fratelli" Centobucchi: una artista de cine mudo, una asesina a sueldo y sangre fría, un sacerdote colérico, un capo mafioso y un policía de calles olvidadas. En fin, que ahora que termina la serie los echaré de menos a los cinco y tendré que revisarlos de vez en cuando. Imposible olvidar los rasgos contorsionados y tortuosos del padre Franck, en su eterna encrucijada entre Dios y la familia; la sonrisa cínica, despiadada, intranquila, de Amérigo; los devaneos de la "starlette" Caterina; los asesinatos almibarados con el señuelo del sexo de Carmela y los polvos furtivos de Anthony, tío Tony, con su cuñada Filomena; y como remate la memoria de su madre, planeando como una sombra sobre toda la familia, especialmente sobre el capo Amérigo. Me ocurrirá como le pasa a Domingo Mandrafina, el dibujante, quien en la entrevista que cierra este último ‘Spaghetti Bros’, afirma que "cuando realizo personajes por mucho tiempo me cansan, pero, cuando dejo de hacerlos, los extraño". Y es que las historietas de este álbum y de los tres precedentes entran sin sentir. Sin sentir, ya lo creo que sí. Con sumo gusto, toda una delicia.

Delicia negra, obviamente.

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‘Spaghetti Bros’. Vol. 4. Carlos Trillo y Domingo Mandrafina. Ed. Planeta, 2008. Blanco y negro, tapa dura, 210 páginas y 11,95 euros.

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