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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El señor Soria y su empeño en implantar la eutanasia

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 13 de diciembre de 2008, 04:00 h (CET)
Estoy seguro de que muchos de ustedes habrán identificado, mentalmente, el rostro de nuestro ministro de Sanidad, el señor Bernad Soria, con la truculenta imagen del Mephistófeles de la inmortal obra de Goethe, Fausto; también popularizada por la obra cumbre de C. Gounod, la ópera del mismo nombre que tanto éxito ha tenido entre los melómanos a través de los tiempos. Si se toman la molestia de imaginarse dos excrecencias sobre las sienes del señor ministro, a modo de cuernos de bisonte, la imagen que les quedará será lo más parecida posible a la que, la imaginería tipográfica de la época, había atribuido al astuto diablo, que se quiso apoderar del alma del protagonista de la obra. En cualquier caso no hay duda de que, en este caso, el famoso dicho de que “la cara es el espejo del alma” queda sobradamente justificado, si es que queremos intentar atisbar en los sentimientos, las ideas y el especial concepto de la moral y la ética, de este personaje de voz un tanto atiplada y escurridiza, que es capaz de convertirse en algo reptante, melifluo, horrorífico y verdaderamente vomitivo, cuando se articula en el discurso, sádico e inhumano, con el que se expresa, al hablar de la vida de sus semejantes, especialmente, si se trata de intervenir para abreviarla, cuando se trata de personas incapacitadas para resistirse a sus propuestas “terapéuticas”, “sedativas” y “lenitivas”, con las que pretende concederle, al infeliz y aterrado anciano que se ve condenado a muerte, la dudosa “dignidad” de acelerarle la muerte; cosa que, sin duda, ocurrirá si tiene la desgracia de caer en sus manos o en las de aquellos matasanos que comparten, con él, este afán “eutanásico” de aliviar las cuentas de la Seguridad Social y los gastos en medicamentos, por el medio rápido, eficaz y contundente de darles el pasaporte a quienes, estos “justicieros de la bata verde”, estiman que ya han vivido demasiado y que son una carga para la sociedad en la que no vale la pena gastar más recursos, esfuerzo humano o caridad.

Para el señor Soria todos los difuntos que en el Mundo ha habido, por lo visto, han muerto sin dignidad lo que, seguramente, podría dar lugar a una nueva filosofía en la los médicos que se ocupan de decidir el día, la hora y el minuto en el que ha de fallecer el paciente, son, por mandato legal, quienes les concedan a los enfermos terminales la “dignidad de morir” en sus manos. Algo así como la misión de los sacerdotes, que les dan el salvo conducto para la eternidad a los moribundos, mediante el sacramento de la Extremaunción., sólo que, en esta ocasión, revestido de laicismo. Lo que le ocurre al doctor Soria es que parece que, nadie del equipo de gobierno del que forma parte, no sabemos si por desidia, por olvido, por ignorancia o por ganas de hacerle la Pascua, le ha informado de que, hoy por hoy, ayudar a morir, interviniendo activamente para colaborar directamente en la muerte de una persona, por mucho que la víctima lo haya solicitado, en España –esta pobre tierra que tiene que soportar que sobre su suelo se cometan tal suerte de barbaridades –, esta prohibido, castigado y penado como un delito que puede entrañar penas de cárcel. Así pues, señor Soria, será mejor que deje en su archivo de maldades sus opiniones y se abstenga de exponerlas, al menos en su calidad de ministro del Gobierno, porque lo que usted propone se podría interpretar como hacer la apología de un delito castigado en el Código Penal.

Lo que no puede menos que llamarnos la atención de estos socialistas que, para desgracia de España y de los españoles, hace tantos años que se han hecho con el poder en este país, es que tienen una opinión tan pobre de la vida, se sienten tan poco a gusto viviendo y lamentan tanto el haber nacido que, vean ustedes como, en lo que son los dos extremos del periplo humano por la existencia; ellos han poner dos Cancerberos infernales, el uno, el encargado de interrumpir las posibilidades, mediante la práctica del aborto, de que todo ser engendrado en vientre materno, tenga la opción de vivir su propia existencia y, el otro, situado a las puertas del fin natural, por transcurso del periplo por este mundo de injusticias, dolores y maldades, que tendría la misión de cercenar en minutos, días, horas o quizá años, quien sabe, la vida de aquellos que tengan la mala suerte de que, sus familiares (vayan ustedes a averiguar por qué motivos, lícitos o ilícitos, o por qué extrañas pasiones, egoísmos o comodidades), les pongan al alcance de los que decidieron abjurar del juramento Hipocrático para pasarse al bando de los que optan por matar en lugar de curar.

Hay que concederle al señor Soria un atisbo de humanidad, algo parecido a lo que ocurre con los condenados a muerte; a los que el Estado, en un gesto de magnanimidad, les concede que reciban la última visita de sus deudos, para que puedan lamentarse juntos durante unos instantes, antes de que el verdugo acabe con la vida del reo. Lo malo sería que, en tal caso, el verdugo se convertiría, en virtud de la potestad de los médicos para aplicar la “eutanasia”, en juez y parte a la vez y, qué duda cabe, que en un posible trasmisor de la voluntad de aquellos parientes que consideraran, según sus propias conveniencias, que aquel ser ya estaba creando demasiadas molestias, demasiados gastos y, posiblemente, demasiados engorros para justificar su existencia; máxime si el morituri tuviere unos bienes que, con su paso a la eternidad, pudieran llegar a sus manos. Un ejemplo de cómo tratar a los viejos, de civilización, unas costumbres que nos hacen regresar a las prácticas de los pieles rojas americanos, que dejaban a los ancianos, envueltos en una manta, sentaos en una colina o un desierto, para que murieran; mientras ellos continuaban su trashumancia. Puede que todavía debamos dar gracias por que no hayan optado por hacer como las antiguas tribus de cafres africanos, que se comían a los difuntos con la excusa de querer heredar sus fuerza, su sabiduría y, como no, sus calorías y proteínas.

Lo malo de este tipo de moral, de esta filosofía del “ande yo caliente”, del dejar al anciano en el rincón de la cocina con el cuenco del agua, como si fuera un perro; tiene su contrapartida, una cruel e inevitable ley del Talión que afectará a todos aquellos que ven lejos su fin y no quieren pensar en él, confiados en que la vida nunca se acaba. No van a evitar el pagar, en sus propias carnes, el precio de su falta de humanidad, de su insensibilidad ante el dolor ajeno y de su carencia de solidaridad para con su prójimo. Esto es lo malo de los relativistas, de los descreídos, de los egoístas y los que sustentan el epicureismo del “comamos y bebamos que mañana moriremos” y es que, el mañana, siempre llega a reclamar su parte.

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